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Agosto 19, 2026

Los Salieris de Bonvallet

Dice el refrán que “la necesidad tiene cara de hereje”. No sería raro pensar entonces que Eduardo Bonvallet es la confirmación de la regla. Su figura encarna los dos polos de fútbol chileno. Optimistas y agoreros, soñadores y realistas según el cristal con que se mire. Lo cierto es que el ex comentarista no pasa inadvertido en un ámbito donde los centellantes faltan.

Por ello es entendible la reacción de la comunidad temuquense al volcarse a llenar un estadio, justo hoy que su representativo es lo más funesto del fútbol profesional chileno. Eso, al menos en números, que marcan al equipo como último en su serie, con cero puntos y una diferenta de gol paupérrima. Y aún así llevó más público que la gran mayoría de los clubes del país con rendimientos tan superiores como su arrastre y estirpe. Innegablemente entonces, hay un juego entre la expectativa y el morbo que explica lo peculiar del fenómeno.

Históricamente, nuestra semblanza deportiva nos remonta al fracaso. La memoria es frágil y cualquier atisbo de “luz al final del túnel” genera perspectivas a modo de cebo. A Bonvallet debiese recordársele reticentemente como parte de un equipo nacional que abortó la esperanza de un pueblo en España ’82. Nada de eso. Como tal relación implica protagonismo, el karma lo lleva Carlos Caszely, quien comparativamente fue mucho más importante en una cancha que su comparación. Todo por un condenado penal. Paradójicamente, hoy es menor imán en los medios, a pesar de su infructuoso caminar frente al micrófono. Cosas del hincha quisquilloso y frustrado.

El actual entrenador del Deportivo Temuco aparece en los medios de comunicación mucho antes de las clasificatorias a Francia ’98 pero fue ese el período que sobrevaloró su efectividad gracias a la sapiencia mediática innegable que remeció a la audiencia mayor: la televisiva. Por esos años, la selección nacional hacía campañas plausibles, su composición era tema obligado y “el autodenominado Gurú” sacó ventajas comparativas al colgarse de tal éxito e innovar en el discurso y formato del comentario deportivo frente a una pantalla. Ese y no otro antecedente sirven de base para que el fenómeno Bonvallet se consagre y abra una veta generosa, la que hasta hoy se sigue explorando entre sus colaboradores de la época y los seguidores captados en el camino. Sin el mismo éxito, pero claramente instalada y validada por la gente, por el consumidor.

Si se suma la cantidad de discípulos que insertó en la atmósfera futbolística, la creciente presencia de estos en segmentos televisivos o radiales de prestigio, más el asombroso “efecto calco” que el comentario siniestro dejaba en los comunicadores regionales tenemos la explicación al imán que genera el debut del bisoño adiestrador en una institución con tan poco pedigree competitivo.

La comunicación persuasiva como escuela otra vez quedó validada, para bien o para mal. Con los mismos resultados históricos que siempre tuvo su puesta en práctica en tantas latitudes. Y con iguales consecuencias para potenciales damnificados de tal verborrea burda y exponencial.

Hay un pagaré pendiente. Uno que los seguidores y adversarios de tan polémico disertador están dispuestos a cobrar. Éxito o fracaso es sólo lo que quedará en caja. Lo que Bonvallet cosechará luego de tan estudiada y alevosa siembra.