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Agosto 20, 2026

Robert Mitchum, una dimensión suplementaria

 Mirada somnolienta, párpados caídos y nariz de pugilista. Poseedor de una maciza silueta, cruzaba la pantalla con paso de sonámbulo como movido por la fatalidad. Lentos andares que quizás obedecían a una movediza línea de flotación originada por el exceso de alcohol. Como resultado, su sola presencia infundía a cada escena una dimensión suplementaria.

Robert Mitchum (1917-1997) siempre fue el mismo. Y acaso el secreto de su éxito haya que buscarlo en la sobriedad, en la economía de medios expresivos. Porque no hay duda de que fue el monarca del “underplaying”, el método interpretativo que consiste en limitar al máximo los gestos y los efectos.

Y si ha existido un actor siempre dispuesto a burlarse de su leyenda, ese actor fue Robert Mitchum, quien en cierta ocasión, entre escéptico y burlón, declaro en una rueda de prensa: “Cualquiera puede hacer cine. Es lo que yo me dije viendo al perro Rin Tin Tin: “Bob, si ese can triunfó ?por qué no lo harías tú?”.

Huérfano de padre, tuvo una infancia dura, con alguna que otra reclusión menor que se repetiría ya adulto por posesión de marihuana. En su primera juventud fue de todo. Desde cocinero hasta boxeador. Desde granjero hasta trabajador en una fábrica de aviones. Y tras unos difíciles comienzos teatrales, se inició en el cine en alguna que otra película de la serie de Hopaling Cassidy protagonizada por William Boyd.

Su primera actuación importante se produjo en Cuando dos extraños se casan, de William Castle, una de las mejores películas filmadas por el otrora llamado cine B. La que le sitúa en primer plano es También somos humanos, de William Wellman, excelente filme bélico sobre la experiencia de un corresponsal de guerra viviendo con los soldados para relatar sus historias.

El filme es la obra maestra de este realizador. Contiene todas y cada una de las virtudes que se han atribuido a Alas, El enemigo público y Conciencias muertas en términos de calidad, significado y belleza, pues posee esa difícil cualidad de conseguir que las enormes complejidades del alma parezcan tan trasparentes y sencillas como una gota de agua.

Para Mitchum fue el auténtico punto de partida. Ganó el reconocimiento de la crítica internacional y la nominación al premio de la Academia como mejor actor secundario con su interpretación de un teniente fracasado. Galardón que fue a parar a manos de James Dunn por Lazos humanos, de Elia Kazan.

A partir de entonces comienza su leyenda. La más modesta de sus interpretaciones despierta interés. En parte debido a su personalidad. Y en parte al personaje impenetrable y coriáceo que habitualmente le asignan.

Durante una década vive cautivo de un contrato feudal firmado con Howard Hughes, el magnate de la RKO, quien le obliga a rodar varias películas al año, algunas al mismo tiempo.

De esa época es una cinta como Encrucijada de odios, de Edward Dmytryk, primera obra en la que el problema del antisemitismo formaba parte integral del argumento, pues lo que en la película anteior de este realizador, Su derecho a vivir (también interpretada por Mitchum), había sido sólo un enfoque secundario del prejuicio racial, emergía ahora como el tema dominante.

Es la época igualmente en que hace Fuera del pasado, de Jacques Tourner, muestra extravagante del cine negro, película rebosante de agitación absurda de muertes sin sentido, pero en la que encarna a uno de los detectives privados más creíbles que haya producido el género.

Son los días, en fin, en que comienza su colección de héroes marginados, villanos duros, personajes de fulgurante maldad, seres amorales y cínicos, aventureros desalmados e implacables. Personajes que tendrán su culminación en la cinta El cabo del miedo, de J. Lee Thompson, donde da vida a un insidioso ex-presidiario que busca venganza por su encarcelación.

Gran interpretación suya fue la de No serás un extraño, de Stanley Kramer, sentido homenaje a la profesión médica. La de La noche del cazador, de Charles Laughton, en la que personifica a un enloquecido predicador. Y la de La hija de Ryan, de David Lean, ya en la etapa de la vejez creativa, en la que interpreta a un tranquilo maestro que es traicionado por su mujer.

Etapa en la que también puede incluirse El Dorado, de Howard Hawks, western crepuscular en el que trabaja junto a John Wayne. Y en el que aparecen como dos veternos pistoleros profesionales ahora viejos y deteriorados por la agitada vida llevada.

Mitchum nunca tuvo buena prensa. Siempre los periodistas hablaron de él y no bien precisamente. Primero, fue el episodio de la marihuana que le persiguió durante años como una maldición. Después, que era un actor difícil y recalcitrante. Que empezaba a equivocarse luego de seis tomas. Y si algo salía mal suspendía el plano y lo repetía más tarde o a la mañana siguiente.

Y finalmente, por sus frecuentes peleas que le valían casi tantos escándalos como su gusto desmedido por el alcohol. Silenciándose, en cambio, que era buen compañero de trabajo, autor de poemas, compositor de canciones, dueño de una espléndida biblioteca y enorme colección de discos, amén de saxofonista aficionado a quien le encantaba tocar jazz con sus tres hijos.

John Huston, que le trató durante años y lo dirigió en El cielo fue testigo, dijo de él:

“Me habían dicho que era una persona difícil. Nada más lejos de la verdad. Era una delicia trabajar con Bob. Es uno de los mejores actores con los que me he relacionado. Su aire despreocupado, su falta de pomposidad se atribuyen a una falta de seriedad. Error. Cuando digo que es buen actor quiero decir que es un actor de talla del máximo nivel en su profesión. Si en la mayoría de sus películas se limita a atravesar la pantalla con los ojos semicerrados es porque eso es todo lo que hace falta”.


 

*Historiador y crítico de cine cubano. Autor del primer Diccionario de Cine de América Latina.