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Agosto 19, 2026

Amistad

Eso es parte de nuestras vidas que debemos cuidar, regar cotidianamente con el único fin de que nunca dejen de reverdecer en el jardín de nuestros sentimientos.  Los amigos son un apoyo sólido en el camino que emprendemos cada mañana. Son los que nos ayudan a avanzar, los que nos permiten ver y mirar, los que nos orientan muchas veces cuando cojeamos en el empedrado vital. Son los que nos alientan cuando decaemos. Los que nos iluminan en los momentos de oscuridad.

Los amigos, cuando son de verdad, se incrustan en tus pensamientos y permanecen cual foto fija en los recuerdos y en los sentimientos. Están siempre ahí, en los momentos de nostalgia. Y en los instantes del dolor, se convierten en el hombro en el cual derramas las lágrimas del desahogo de la desdicha. En la alegría, se convierten en la voz que te acompaña con mesura en el coro de las risas.

Sin amigos, el jardín se torna mustio, solitario, seco. El aspecto es gris, polvoriento, sin olor, sin gusto, sin luz…

Hay amigos que convierten su sangre en la tuya, su dolor en nuestro dolor. Su alegría es nuestra alegría. Ellos son los que comparten los quehaceres mágicos de esta vida.

Pero, cuidado, también hay falsos amigos, aquellos que se acercan en busca de una salida para lo suyo, egoístas, que construyen castillos de arena a tu vera, pero que al primer golpe de la ola desaparecen en la amplia playa vital. Personalistas sin escrúpulos. Engañadores ventajistas.

Es necesario, entonces, tener atenta la antena del corazón para identificarles a tiempo. Muchos consiguen engañar y saltar esas barreras de protección. Pero, al final, siempre se les sorprende. Has pagado un precio para conocerles, para identificarles, para alejarles de ti. Pero, ¿qué importa?. Hay cuestiones materiales que se miden, pero que si las pagas, pronto, muy pronto las recuperas. Se tarda en restañar las heridas, porque un engaño de un falso amigo, duele. Pero, te reitero, pronto te recuperas. Y el olvido, sabio aspecto de nuestras vidas, te ayuda a superar el doloroso traspié. Esos, los falsos amigos,  no son capaces de hacerte daño. No tienen tu dimensión, tu estatura. No te alcanzan, no te llegan. 

En cambio, los amigos de verdad no tienen precio. Son inconmensurables. No se pueden reponer…porque nunca los pierdes, ni cuando terminan su tránsito en la vida.

Por eso, hay que cultivar la amistad verdadera. Hay que construir fortalezas en su entorno para que no se destruyan, para que sigan creciendo al calor del sol del amor. 

Amigos de verdad que están físicamente cerca o lejos. Porque ese tipo de amistades crecen donde quiera que estés. No hay distancias, no hay circunstancias -por muy difíciles que sean-para seguir aferrados al sentimiento verdadero.

Personalmente, tengo amigos…muchos amigos. Los de verdad, que cotidianamente me apoyan, me ayudan y me dan su calor en los días de frío. Y a los cuales apoyo, ayudo y doy calor cotidianamente. Son amigos de ida y vuelta. De entregar y de recibir. Sin más interés que el de compartir, que el de sonreír, que el de ser felices. 

Esa es la base de la felicidad: la amistad sincera, férrea, de verdad…la de ida y vuelta

¡Cuántas cosas construiríamos sobre la base de este compartir, de este caminar hombro con hombro, sin mirar a los lados, sino solamente al frente, confiados en que todos avanzamos en la misma dirección!