Gracias al “Patriot Act” adoptado después del atentado a las torres de Manhattan los ágiles del FBI espiaron a unos 50.000 habitantes de los EEUU: 24.937 yanquis y 27.262 residentes extranjeros. Más de cincuenta mil “terroristas y asesinos” potenciales que fueron investigados más allá de lo que la ley en plan Big Brother permitía. El Congreso estadounidense estimó con razón que el FBI se estaba pasando de entrenamiento y llamó al orden a su director Mr. Robert Mueller en una movida que puede asimilarse a sentarlo en el “cajón con vidrio”.
Bob, que no es ningún acojonado, delante de los parlamentarios que le interrogaban respondió: “¿Cómo pudo ocurrir todo aquello? ¿Quién debe ser tenido por responsable? La respuesta es que soy yo”. Desde aquí me inclino ante Mr. Mueller y le presento mis respetos. ¿Tú conoces algún patriota chilensis responsable de alguna de las numerosas derrotas de las que hemos sido testigos en los últimos años? ¿Y capaz de asumir y hacerle frente a sus responsabilidades? La desnacionalización del cobre no fui yo. Ni la triste realidad de la educación, ni los salarios miserables, ni Inverlink, ni la CORFO, ni el MOP-GATE, ni el puente Loncomilla, ni el pavimento de la Alameda, ni la segunda pista del aeropuerto, ni el agua potable, ni la electricidad, ni las autopistas a peaje multiplicado por cuarenta, ni… Desde luego tú me dirás que el ejemplo del capitán general ha cundido, para eso sirven los ejemplos, si no se puede torturar, matar, robar y traficar en plena impunidad… ¿En que país estamos? En todo caso muy lejos del país virtual de la dignidad universal, el país, por ejemplo, de March Bloch, ese resistente anti nazi torturado por la Gestapo. El 16 de junio de 1944 Marc Bloch es llevado en un camión junto a otros detenidos entre los cuales un niño de diecisiete años que llora. Marc Bloch lo reconforta: “Van a fusilarnos, le dice, no tengas miedo, no dolerá… se terminará muy rápido”. Marc Bloch fue el primero en morir. Cuatro años antes Marc Bloch había escrito: “Un jefe es responsable de todo lo que se hace bajo sus órdenes. Poco importa que él mismo no haya tomado la iniciativa de cada decisión, o que no haya conocido cada acción. Porque él es el jefe y aceptó serlo, le corresponde asumir, en lo bueno y en lo malo, los resultados”. Marc Bloch era de esos que no le sacan el culo a la jeringa y tienen el coraje de asumir las consecuencias de sus acciones. En nuestra historia reciente tenemos algunos ejemplos de esa grandeza moral. ¡Pero que lejos estamos ahora del país virtual de la dignidad universal! Si no me crees pregunta por TranSantiago justo por ver si alguien reivindica la paternidad. Verás que el engendro es huacho. A pesar de que la república ha sacrificado lo mejor de sus “expertos” colocándoles al frente del ministerio de transportes o del TranSantiago. Por su parte Ricardo Lagos se deshizo rápidamente del huachito pretextando que “su implementación no le había correspondido a (su) gobierno”. Desde luego que no, el Sr. Lagos no hizo sino adoptar la brillante idea y postergar valiente y repetidamente su puesta en servicio. Seguro que Michelle le agradece desde el fondo de su alma la demostración de grandeza. No sé porqué la actitud de Lagos me recuerda a Nixon y su discurso de investidura en 1968: “La gente, dijo Richard, tiene el derecho de saber si su presidente es un estafador”. Algunos años más tarde la gente lo supo, ¡Y de qué manera! Los herederos del huachito empezaron por echarle la culpa a Navarrete, o a ciento cuatro (nótese la precisión) saboteadores, o a los privados que si es verdad que no han dado ni el ancho ni el alto no es menos cierto que fueron todos seleccionados por los chapuzas del gobierno. Pero nadie reivindica la paternidad del mongolito. Como decía otro presidente del imperio, John F. Kennedy, “La victoria tiene un centenar de padres, pero la derrota es huérfana”. No hace mucho yo mismo escribía: “Ningún otro proyecto surgido de la fértil mente de los alcahuetes del modelo pudiese demostrar, como TranSantiago, a qué punto se desprecia a los sectores más modestos y vulnerables de la población en el Chile de hoy”. Porque la principal actividad del Estado gira en torno a crearle “oportunidades de negocio” a los privados, objetivo encomiable y eminente que en su día debe haber inspirado a Henri de Montherlant: “Antaño se amaba el oro porque daba el poder y que con el poder se hacían grandes cosas. Ahora se ama el poder porque da el oro y que con ese oro se hacen pequeñeces” (“El amo de Santiago”, Acto II, Escena I).
