En el afán de disminuir la pobreza los gobiernos hacen gala de Imaginación, iniciativa y coraje a tal punto que es cosa digna de aplauso y admiración. Uno de los más notables esfuerzos tiene que ver con la definición misma de la pobreza, concepto que ha sido el objeto de los cuidados, del celo y del manoseo de mucho economista distinguido sin que hasta ahora se haya alcanzado un consenso en ningún sitio del mundo.
Definir la pobreza es siempre una cuestión de normas, una construcción estadística: de ahí que la mejor manera de combatir la pobreza consista en definirla para dejar a los pobres afuera. Según Eurostat, organismo de la UE, en Francia hay 6,9 millones de pobres. Pero el instituto de estadísticas francés, que tiende a disminuir la cantidad de atorrantes, sólo encuentra 3,6 millones. ¿De donde viene la diferencia? Simple: los franceses No toman en cuenta los ingresos patrimoniales disminuyendo así los ingresos del conjunto de la población, y reducen la cantidad de personas que reciben menos del 50% del ingreso mediano que es la definición de umbral de pobreza (el ingreso mediano separa la población en dos mitades: 50% que ganan más y 50% que ganan menos). Eurostat no sólo toma en cuenta los ingresos patrimoniales del riquerío sino que además define el umbral de pobreza por debajo del 60% del ingreso mediano. De golpe la cantidad de pobres pasa del simple al doble, o sea del 6 al 11,7% de la población. En los EEUU, otro método define como pobre al chato cuyo ingreso es inferior a 3 veces el costo de la ración alimenticia necesaria para vivir (no precisan si se trata de hamburguesas.). Con esa definición los EEUU tienen unos 40 millones de pobres, o sea el 15% de la población. Se ve que nuestro modelo es cojonudo: en los países del primer mundo la pobreza aumenta mientras que en Chile disminuye que es un primor. Al menos en las cifras oficiales. Un pobre en Francia o en los EEUU recibe un ingreso de unos 475.000 pesos mensuales. Y los pobres reciben, además de su ingreso, ayudas sociales considerables: bonos para la compra de alimentos, ayuda para pagar su vivienda, subvenciones bajo la forma de un impuesto “negativo” y por si fuese poco, asistencia médica gratuita. Según que el umbral de pobreza sea definido según tal o cual modelito jeropa, millones de ciudadanos dejan de ser pobres o por el contrario caen en la fatídica clasificación, lo que demuestra si fuese necesario, el interés que representa el conocer cómo y de qué manera se nos encasilla en una u otra categoría. Algún chusco me preguntó si yo sabía como se llaman las personas que no comen carne. Víctima de mi ingenuidad respondí “Vegetarianos”. Mi interlocutor, descojonándose de la risa me sacó de mi error: “No, me dijo, se llaman pobres”. Del mismo modo, los chatos que evitan tomar micro y van a pie no son “peatones”, sino “pobres”. Si uno examina un estudio cometido por quienes se ocupan del transporte santiaguino constata que los desplazamientos a pie son muy frecuentes entre quienes ganan el salario mínimo y muy raros entre quienes ganan de un millón y medio para arriba. ¿Peatones? No: ¡Pobres! ¿Será mejor con el Transantiago milagroso que multiplica los panes y los peces? La tarifa que nutría al empresario micrero y a sus conductores ahora debe amamantar al “partner tecnológico”, a los bancos que se pusieron a la cola, a los kioscos y bolichitos que recargan la tarjeta Bip, a la concesionaria del sistema de información al público, a los grandes concesionarios de transporte, a los subcontratistas de “máquinas” viejas, al personal de conducción, y pagar la parafernalia tecnológica que debe servir de varita mágica para resolver la ineficiencia inducida por esta nueva “oportunidad de negocio” y por tanto burócrata incompetente. Algo me dice que las tarifas van a subir significativamente, no porque el sufrido pasajero practique la evasión (como se pone el parche antes de la herida el ministro del ramo), sino porque hay que engrasar tanto a tantos. Ningún otro proyecto surgido de la fértil mente de los alcahuetes del modelo pudiese demostrar, como Transantiago, a qué punto se desprecia a los sectores más modestos y vulnerables de la población en el Chile de hoy. No se conoce en el mundo ningún sistema de transporte en una ciudad de estas dimensiones cuya arquitectura financiera repose únicamente en la tarifa que paga un cliente cautivo sin alternativa a lo impuesto por los alcahuetes. En una reciente publicación carioca un gran empresario brasileño defiende la gratuidad del transporte urbano para los trabajadores aduciendo que el transporte público es una poderosa herramienta de redistribución del ingreso en favor de la población más modesta (en Brasil los asalariados no pagan el transporte: lo paga la empresa que los emplea). Como se ve, hay empresarios y empresarios, para no hablar de gobiernos seudo progresistas. En estos días se están redefiniendo los criterios de la encuesta Casen y mi curiosidad por conocer la nueva definición de la pobreza chilensis aumenta día a día. La gracia sería que un pobre pudiese comer dos veces al día y transportarse en la maravilla de Transantiago sin tener que endeudarse con las tarjetitas de crédito que funcionan como las pulperías de las salitreras en el siglo XIX. Confieso que albergo más de alguna duda. Como decía más arriba la pobreza es siempre una cuestión de normas, una construcción estadística. Y tengo para mi que nadie quiere evidenciar la pobreza en un país que no sabe que hacer con los miles de millones de dólares del superávit fiscal.
