El socialismo nace por oposición al capitalismo e intenta erradicar la explotación del hombre por el hombre cambiando de manos la propiedad de los medios de producción. Intenta cambiar la moral y construir una nueva sociedad sin clases sociales. En qué medida se alcanzaron y se desviaron sus ideales y cuál fue el costo político y humano del experimento socialista, ya es parte de la historia del siglo XX.
Sin embargo, para la razón materialista de izquierda, permanece imperceptible el motivo que ha hecho inviable al socialismo desde Carlos Marx a nuestros días: La superación del egoísmo humano no se puede alcanzar por medios políticos, sino a través de la evolución espiritual y moral de los individuos. Ignorar esto es la causa del fracaso de todas las utopías políticas.
Para instaurar un régimen socialista es necesario formar militantes socialistas. Esto requiere educar bajo una sola ideología. Por lo tanto, se debe adoctrinar. Muchos lo ven como algo necesario para formar las conciencias de la nueva sociedad. Lo malo del adoctrinamiento es que uniforma el pensamiento, enseña a obedecer a un partido, pero no enseña a pensar. No forma ciudadanos libres. Instruye a la “masa”, pero no libera a ningún individuo.
De allí surge la contradicción insalvable del socialismo y de cualquier ideología que necesite militantes disciplinados para mantenerse: Para liberar al pueblo, se ve obligado a restringir la libertad de los individuos. En el mejor de los casos se reduce la libertad de pensamiento, pero a menudo necesita disminuir otras libertades. En los peores casos, desencadena abuso de poder, autoritarismo, censura, represión…
A Latinoamérica no le corresponde seguir padeciendo los desmanes del capitalismo, pero tampoco le conviene reciclar el socialismo. El reto americano, sintetizado en el pensamiento del ilustre Simón Rodríguez “inventamos o erramos”, es superar los modelos fracasados para construir algo verdaderamente nuevo. Un sistema que devuelva el equilibrio a la balanza de la igualdad y la libertad, sin que una pese más que la otra. Sin necesidad de adoctrinar, sin engaños y sin violencia.
