Ya nada sorprende del general, por eso los lingotes cayeron en un colchón de credibilidad. El revés de la trama lo constituyen el pinochetismo victimizado y la penumbra que rodeó el procesamiento en el caso Villa Grimaldi.
Pinochet seguirá llenando las crónicas políticas y policiales no sólo hasta el fin de sus días, sino que seguramente más allá también, como se desprende de la portentosa historia del oro que supuestamente habría depositado en Hong Kong. La verdad es que su registro de latrocinios, felonías y crímenes ha superado cualquier imaginación, y una noticia como la de las 9,6 toneladas de lingotes cayó en un colchón de credibilidad. ¿Por qué no agregar 165 millones de dólares a una fortuna de 28 millones detectada hasta ahora por la justicia? Ningún gobernante se retiró del poder con tal grado de enriquecimiento ni tal cúmulo de acusaciones por atentar contra la vida, la libertad y el patrimonio nacional, por lo que él pasó a habitar en una galaxia ajena al común de los chilenos.
Pero la trama de las novelas y películas de intriga suele tener un revés y un derecho. y un vuelco puede favorecer a los villanos. Esto es lo que sucedió, aparentemente, con las figuras del dictador en retiro y sus familiares. La máquina de aceitar y moler noticias tiene sus códigos para funcionar y las tendencias ideológicas no necesitan imponerse a las líneas periodísticas de los medios: sencillamente hay que entrevistar a los hijos y señora autoconvertidos en mártires de la persecución oficialista y rastrear al operador en Estados Unidos, su misteriosa fuente asiática, el cónsul en Los Angeles, el canciller Foxley y los integrantes del Consejo de Defensa del Estado, por sus actuaciones en esta historia.
La ocasión fue propicia para los defensores del general y algunos de sus ex colaboradores que continúan –de terno y corbata- en el escenario político como dirigentes partidarios y miembros del Parlamento.
Y aquí es donde la historia del oro sirve para relevar un hecho político: la subsistencia de un pinochetismo inclaudicable, encarnado no sólo por un par de figuras algo caricaturescas a estas alturas. Inconsciente o subconscientemente –los grados de la siquis oscilan en estos casos-, algún ex canciller y un subsecretario del Interior de la última hora del pasado régimen sienten que se está exagerando con el militar que los hizo civiles de notoriedad pública, y uno de ellos azuza a sus colegas de bancada a interpelar al ministro de Relaciones Exteriores (ya no se sabe si por pasar los antecedentes a la justicia sin verificarlos o por demorarse algunos días en la diligencia). Lo que prevalece en estos personajes-rémora es el agradecimiento por “la modernización del país”, sin la cual Chile ni la Concertación estarían donde están. “La sacamos barata”, se atrevió a deslizar un candidato finalmente electo por Valdivia, a fines del año pasado, cuando se le consultó por el enriquecimiento ilícito del “libertador”.
Ese es el sentimiento que anida en un pinochetismo más o menos vergonzante, pero que en ocasiones como la intriga del oro en China aflora de nuevo. Con menos sofisticación, los hijos confidencian en las últimas entrevistas dominicales cuánto se sorprendieron al enterarse de las cuantiosas platas de su padre, un hombre de los del siglo pasado, acostumbrados ellos a no mezclar negocios con familia.
El “haberla sacada barata” alude de algún modo no sólo a los honorarios por los servicios prestados a la Patria, también a las inevitables bajas “del otro lado”. En este escenario de acostumbramiento a las cosas del general en retiro resultó escalofriante cómo la inclinación por la novedad llevó a los medios a consignar apenas otro hecho: el sometimiento a proceso a Pinochet en la causa Villa Grimaldi por 26 casos de secuestro con desaparición, 23 casos de tortura y el homicidio de Alejandro Avalos Davidson.
Este encausamiento casi en la penumbra noticiosa podría homologarse al arresto domiciliario a que se le sometió en consecuencia, en el sentido de que no cambia para nada la existencia del anciano recluido en sus propiedades, ya procesado por los casos Caravana de la Muerte, Operación Colombo y Riggs. Sobreseido en la primera de esas causas por “demencia progresiva e incurable”, el ex dictador nunca ha sido condenado y que ello ocurra esta vez es una carrera contra su propia muerte. Ya se sabe que la defensa abusará de todas las dilaciones posibles y el juez Alejandro Solís, de condenarlo, sólo podría hacerlo en un año más. ¿Estará vivo entonces este personaje con visos de leyenda de la historia de Chile, este ser de carne, hueso, jinetas y manos largas al que ahora se la tribuye haber caído también en la quimera del oro?
Antes de que se desacredite o no en forma definitiva esta nueva acusación, habrá que de desmarañar la intriga, sus móviles y sutiles o burdas modalidades. Las indagaciones deben remontarse a 1980, fecha atribuida al depósito a nombre del “Presidente de Chile” y una de las respuestas la debe dar el Banco Central: ¿hasta cuándo tuvo depósitos en metal precioso en sus bóvedas y cuál fue el destino de los lingotes en medio de las crisis vecinales con vientos de guerra que se vivieron entonces? La conexión alemana o la de China Popular más Hong Kong son algunos de los títulos tentativos para el próximo episodio.
Ese es el sentimiento que anida en un pinochetismo más o menos vergonzante, pero que en ocasiones como la intriga del oro en China aflora de nuevo. Con menos sofisticación, los hijos confidencian en las últimas entrevistas dominicales cuánto se sorprendieron al enterarse de las cuantiosas platas de su padre, un hombre de los del siglo pasado, acostumbrados ellos a no mezclar negocios con familia.
El “haberla sacada barata” alude de algún modo no sólo a los honorarios por los servicios prestados a la Patria, también a las inevitables bajas “del otro lado”. En este escenario de acostumbramiento a las cosas del general en retiro resultó escalofriante cómo la inclinación por la novedad llevó a los medios a consignar apenas otro hecho: el sometimiento a proceso a Pinochet en la causa Villa Grimaldi por 26 casos de secuestro con desaparición, 23 casos de tortura y el homicidio de Alejandro Avalos Davidson.
Este encausamiento casi en la penumbra noticiosa podría homologarse al arresto domiciliario a que se le sometió en consecuencia, en el sentido de que no cambia para nada la existencia del anciano recluido en sus propiedades, ya procesado por los casos Caravana de la Muerte, Operación Colombo y Riggs. Sobreseido en la primera de esas causas por “demencia progresiva e incurable”, el ex dictador nunca ha sido condenado y que ello ocurra esta vez es una carrera contra su propia muerte. Ya se sabe que la defensa abusará de todas las dilaciones posibles y el juez Alejandro Solís, de condenarlo, sólo podría hacerlo en un año más. ¿Estará vivo entonces este personaje con visos de leyenda de la historia de Chile, este ser de carne, hueso, jinetas y manos largas al que ahora se la tribuye haber caído también en la quimera del oro?
Antes de que se desacredite o no en forma definitiva esta nueva acusación, habrá que de desmarañar la intriga, sus móviles y sutiles o burdas modalidades. Las indagaciones deben remontarse a 1980, fecha atribuida al depósito a nombre del “Presidente de Chile” y una de las respuestas la debe dar el Banco Central: ¿hasta cuándo tuvo depósitos en metal precioso en sus bóvedas y cuál fue el destino de los lingotes en medio de las crisis vecinales con vientos de guerra que se vivieron entonces? La conexión alemana o la de China Popular más Hong Kong son algunos de los títulos tentativos para el próximo episodio.
