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Agosto 18, 2026

¿Un castrismo sin Fidel?

Las singularidades de la revolución cubana se proyectan incluso a la hora de un mutis de su líder omnipresente. Nada de lo ocurrido en los días que van con Castro incapacitado se reveló como un avance significativo para los planes de sus enemigos para reemplazarlo.  

Al cabo de una semana de Cuba sin Fidel, los tests políticos dan como resultado preliminar una sobrevivencia del régimen castrista por un período indeterminado. Si la escenificación del traspaso provisorio de poderes por parte del líder revolucionario -¿antes o después de su ida al quirófano?- tuvo como objetivo sondear qué pasaría en su ausencia, la respuesta puede estimarse como positiva para la dirigencia cubana.
 
Nada de lo que ocurrió en los últimos siete días con Castro incapacitado se reveló como un avance significativo para los planes de sus enemigos para reemplazarlo. Su hermano Raúl y quienes lo acompañan en la cúpula –los Lage, Alarcón, Pérez Roque y otros- parecen tener el férreo control de la isla; la población está expectante, pero tranquila; el jolgorio vacío de los cubano-estadounidenses ha dado paso muy pronto a una cierta decepción; el gobierno de Bush se mueve entre la cautela de las declaraciones presidenciales y el atolondramiento de sus “comités de asistencia”, y la disidencia interna está sumergida en la cautela, para sacar la voz sólo para advertir sobre los peligros de una “intervención foránea”.
 
Raúl Castro ni siquiera ha necesitado comparecer en público, fiel a su estilo de controlar los detalles del poder tras bambalinas. Con esto evita a los fidelistas el trago amargo del reemplazo de su fulgurante líder por su figura opaca y esmirriada. ¿Para qué si el líder no está muerto, sólo convalece de una cirugía? El subrogante de seguro aparecerá en contadas ocasiones, como antes, cuando era el número dos, ya que en realidad lo es aún, y eso forma parte de la escenografía diseñada.   
 
Todo lo que está ocurriendo en Cuba puede parecerse al crepúsculo de otros regímenes fuertes o dictatoriales. Pero en este caso es sólo semejanza en las apariencias, porque la revolución de los barbudos tuvo singularidades que hasta hoy se expresan. Como que tiene a la prensa mundial y a los círculos internacionales del poder interesados en la evolución de los actuales acontecimientos más allá del peso específico real de la isla.
 
Desde luego, como gesta redentora la cubana sólo tiene parangón histórico, en lo social, con la revolución mexicana, en la pasada centuria, y en lo nacional con los movimientos por la independencia de los países latinoamericanos en el siglo diecinueve.  El romanticismo revolucionario que impregnó la larga marcha de Fidel y los suyos nunca se ha disuelto del todo, aunque sea por la fuerza de la añoranza de una utopía no realizada. Pero, además, las políticas educacionales y de salud del régimen y sus éxitos culturales y deportivos, así como la equitativa distribución alimentaria, rescatan algo del déficit social perenne de los sistemas capitalistas. Y si crecimiento no ha habido y la pobreza se clavó en el corazón del pueblo es en gran parte debido al cruel bloqueo de la isla por el gigante imperial.
 
El problema es que el régimen cubano no evolucionó lo suficiente para satisfacer las otras inquietudes instaladas con fuerza en las décadas siguientes a esos años ’60 en que se expandió su influjo en el Tercer Mundo y en las mentes de los hijos de las sociedades desarrolladas. La bandera de las libertades pasó a enarbolarse  –con el eurocomunismo y la lucha por los derechos humanos violados en Latinoamérica- tanto como la de la justicia social y, ciertamente, es en parte por eso que los socialismos reales iniciaron un proceso de descomposición que los llevó al colapso. Los barbudos libertarios del año 59 tampoco dieron respuesta a esta otra necesidad y se deslizaron por el tobogán que lleva a las mazmorras de la represión y la tortura de quienes cometen delito de opinión, al margen de que esto sirva objetivamente o no a los intereses de los enemigos de la revolución. Si la mexicana se institucionalizó para  convertirse en una  máquina de clientelismo, corrupción y reproducción electoral, la cubana quedó capturada por las necesidades del poder que tiene que defender su subsistencia. El caso Padilla en 1971y todas las rupturas que siguieron con intelectuales y ex comandantes ilustraron esta irrefrenable tendencia.
 
La hora actual del régimen expresa otra de sus características: la omnipresencia de un líder carismático y mesiánico que le da soplo vital. El aparataje que armó el comandante en torno a su operación intestinal revela su voluntad de control de los detalles, decidiendo cuáles revelar y cuáles guardar como secreto de Estado, para no darle ventajas al enemigo.
 
El libreto oficial que se está siguiendo tiene un parangón: la capacidad de improvisación que mostró Fidel cuando se cayó estruendosamente -el 20 de octubre de 2004- en un multitudinario acto en Santa Clara. Enseguida tomó el micrófono para demostrar que no había perdido el conocimiento y que seguía al mando. Estos manejos de situaciones críticas son las que tendrán que tomarse en cuenta cuando se quiera indagar sobre el futuro de este régimen nacido de una revolución que, pese a sus anacronismos, todavía es capaz de proyectar influjos sobre el mapa del mundo.