Hay delincuencia, qué duda cabe. Pero lo que sin duda abunda más es la amplificación interesada de aquellos eventos. Lo que hemos observado en estas semanas no es una profusión masiva de crímenes, sino acciones violentas más o menos aisladas, aumentadas y organizadas por la televisión. Lo que surge de este elaborado trabajo mediático no es un incremento de los niveles de delincuencia –las estadísticas no han crecido sensiblemente- sino una acentuación de las percepciones de inseguridad.
Ante este conocido fenómeno no puede haber en este momento una relación de causalidad más básica. La televisión amplifica los contenidos con sucesos de violencia urbana y la prensa mide días más tarde a través de encuestas la percepción ciudadana respecto a estos eventos. El resultado, por tanto, resulta evidente. El sondeo sin embargo no ha preguntado cuántas horas de televisión ha visto esa persona durante las últimas noches y tampoco a qué informativo estuvo expuesta.
La segunda parte de este circular proceso es su retroalimentación. La televisión busca aquellas materias que más le interesa al espectador y allí están los resultados de esas encuestas, las que están obviamente ratificadas en el rating. Este el gran triunfo y el enorme poder de la televisión: puede convertir en realidad, en este caso la delincuencia como pandemia social, un par de asaltos violentos. Sólo basta con modelar, repetir y amplificar.
La Tercera y El Mercurio realizaron sendas encuestas sobre percepción de temor ciudadano, con resultados sin duda dramáticos. Pero las encuestas abundan y bien sabemos que las respuestas dependerán de la calidad de las preguntas. Día a día el programa de Chilevisión El Termómetro realiza un sondeo, con resultados muchas veces increíbles y un poco desquiciados. Si tomáramos en serio esta información, si se publicara en las portadas de los periódicos, si la agenda de los gobiernos dependiera de una u otra encuesta, es posible que enloqueciéramos. Afortunadamente El Termómetro, como buen producto de televisión, oscila entre lo que es show-business y debate político, lo que hoy en día no estamos seguros que sean géneros muy diferentes.
Chilevisión, el canal del ex candidato presidencial de la derecha Sebastián Piñera, se destaca también por otras características: tiene un informativo especializado en crónica roja. Un sondeo, esta vez elaborado por el diario La Nación, detectó que el 51 por ciento de las informaciones del noticiario central de este medio responden a algún tipo de violencia. El resto no se queda rezagado: los informativos de Megavisión dedican un 44,8 por ciento; del canal 13 un 37,6 por ciento y de TVN un 22,4. Si a estos números le agregamos que generalmente estos espacios se inician con estas temáticas, el impacto en el espectador es lo que ya sabemos: terror puro y simple.
La violencia en el living de la casa. El efecto es preciso y contundente. No importa dónde ocurra el suceso, lo importante es que está en nuestros hogares, en los momentos de mayor intimidad. La inseguridad y el terror están en casa.
Teóricos de la comunicación estiman que existe un umbral de tolerancia ante los estímulos desagradables entregados por la televisión. En algún momento recurrimos a mecanismos de rechazo ante escenas que nos causan miedo y repugnancia. Sin embargo, aparentemente seguimos expuestos a estos estímulos, los que absorbemos como nuestra realidad social.
El fenómeno de la violencia en la televisión chilena está reforzado por dos elementos bastante perversos, los que han instalado en todos los informativos, de forma simultánea, este terror. Por un lado está el mercado, que es el rating y los ingresos por publicidad; por otro, el uso político, levantado por la prensa escrita de derecha, de estos sucesos. Con estas dos variables, ya incorporadas en la forma de hacer televisión y política, será difícil un cambio en los contenidos de los noticiarios. Por el momento, sólo quedaría apagar la televisión.
