“Nuestros políticos forman parte del “pueblo de monos” de que habla Gramsci, una caterva de pequeños burgueses que sólo saben imitarse a sí mismos”, Círculo Vicioso, Germán Marín.
Cuando uno revisa cualquier manual de derecho penal civilizado se encuentra con algunos dogmas de fe que son inabolibles. Si se los pasa por alto, se retrocede al estado de barbarie, así de simple. Algunos de ellos son, por ejemplo, la irretroactividad de la ley penal. Es decir, no se pueden castigar delitos cometidos con anterioridad a la tipificación de la conducta punible en cuestión. Otro dogma es la presunción de inocencia.
Si no se respeta esta nos veríamos de inmediato asediados por un estado policial tan pernicioso como el que reina en Guantánamo, Irán o Corea del Norte. Por último, entre muchos otros, encontramos el principio que dice que la responsabilidad penal es estrictamente individual e intransferible. Es decir, si usted asesina a alguien, sólo usted puede cumplir con la pena respectiva, mientras el poder público se debe abstener de hostigar a su familia e, incluso más, está obligado a asegurar que los suyos no sean violentados por los deudos de su víctima. Basta con comprender esto para aceptar que una sociedad decente no podría pretender convivir de otra forma… Lo siento mucho por aquellos que creen lícito lapidar mujeres adúlteras o derribar la casa de la familia del criminal, pero los dogmas del derecho penal civilizado no se deben ni se pueden cuestionar.
Todas estas cosas que de tan evidentes llegan a expeler cierto tufillo a manual de geometría básica, fueron ignoradas flagrantemente por el senador socialista Carlos Ominami. En la prensa del pasado 7 de julio tuvo la desfachatez de discutir la mantención de los beneficios sociales a las familias que se muestren “ineficaces en la transmisión de valores a sus hijos”. Más adelante, con su tono doctoral dictaminó: “Los padres deben sentir que no pueden seguir percibiendo beneficios si no han sido capaces de formar a sus hijos en principios de sana convivencia”. Es decir, aquel pobre infeliz que tuvo la pésima idea de delinquir y que posee una familia sumergida en la miseria podrá tener la “satisfacción” de que el Estado no sólo se ocupará de él, encerrándolo en cárceles insalubres, sino que también castigará a su familia. La lógica de esto es algo así como: no es bueno que las familias de los delincuentes vivan apenas en la pobreza, es necesario hundirlos en una inopia infrahumana para que escarmienten. Como vemos, todo indica que nuestro inefable Carlitos Ominami tomó un curso acelerado con el aparato represivo israelí: sólo le queda llegar con una retroexcavadora a demoler la casa donde viven los padres del delincuente (en Israel se derriba la morada del terrorista que perpetra un atentado para obligar así a su parentela a salir del estado judío).
¿Pero qué hay detrás de toda esta sintomatología? Ominami, me consta, no es imbécil, tampoco es fascista, ni menos es miembro de la derecha dura Israelí. Entonces, ¿qué le pasa? A mi juicio, y con todo respeto, el senador sufre de adicción a las cámaras. Este mal lleva a quien lo padece a cacarear cualquier discurso, no importa si es racional o no, con tal de aparecer en los noticiarios centrales. Es fácil entonces imaginar el infierno de Carlos Ominami: un planeta en el cual él sea un perfecto don nadie, en donde no exista ni la más remota probabilidad de que un periodista se le acerque y le pregunte su parecer. En un ambiente así, estoy cierto, estructuras de personalidad como las de Ominami son capaces de cometer magnicidios o crímenes truculentos con tal de salir en los diarios. Puedo imaginarlo: un día cualquiera, el senador se levanta, revisa el diario y se da cuenta de que no aparece. En ese mismo instante, su fragilidad se multiplica exponencialmente al punto que dudará de su propia existencia. Correrá al espejo para ver si todavía se refleja, pero tampoco quedará satisfecho. Le pedirá a su señora que lo maltrate para experimentar, a través del dolor, la certeza de estar vivo. Pero la duda persistirá. Carlos, todos te queremos, no es necesario que digas sandeces ni que imites a Iván Moreira para salir en la tele. Repitamos con Neruda: “Me gustas cuando callas, porque estás como ausente”.
Todas estas cosas que de tan evidentes llegan a expeler cierto tufillo a manual de geometría básica, fueron ignoradas flagrantemente por el senador socialista Carlos Ominami. En la prensa del pasado 7 de julio tuvo la desfachatez de discutir la mantención de los beneficios sociales a las familias que se muestren “ineficaces en la transmisión de valores a sus hijos”. Más adelante, con su tono doctoral dictaminó: “Los padres deben sentir que no pueden seguir percibiendo beneficios si no han sido capaces de formar a sus hijos en principios de sana convivencia”. Es decir, aquel pobre infeliz que tuvo la pésima idea de delinquir y que posee una familia sumergida en la miseria podrá tener la “satisfacción” de que el Estado no sólo se ocupará de él, encerrándolo en cárceles insalubres, sino que también castigará a su familia. La lógica de esto es algo así como: no es bueno que las familias de los delincuentes vivan apenas en la pobreza, es necesario hundirlos en una inopia infrahumana para que escarmienten. Como vemos, todo indica que nuestro inefable Carlitos Ominami tomó un curso acelerado con el aparato represivo israelí: sólo le queda llegar con una retroexcavadora a demoler la casa donde viven los padres del delincuente (en Israel se derriba la morada del terrorista que perpetra un atentado para obligar así a su parentela a salir del estado judío).
¿Pero qué hay detrás de toda esta sintomatología? Ominami, me consta, no es imbécil, tampoco es fascista, ni menos es miembro de la derecha dura Israelí. Entonces, ¿qué le pasa? A mi juicio, y con todo respeto, el senador sufre de adicción a las cámaras. Este mal lleva a quien lo padece a cacarear cualquier discurso, no importa si es racional o no, con tal de aparecer en los noticiarios centrales. Es fácil entonces imaginar el infierno de Carlos Ominami: un planeta en el cual él sea un perfecto don nadie, en donde no exista ni la más remota probabilidad de que un periodista se le acerque y le pregunte su parecer. En un ambiente así, estoy cierto, estructuras de personalidad como las de Ominami son capaces de cometer magnicidios o crímenes truculentos con tal de salir en los diarios. Puedo imaginarlo: un día cualquiera, el senador se levanta, revisa el diario y se da cuenta de que no aparece. En ese mismo instante, su fragilidad se multiplica exponencialmente al punto que dudará de su propia existencia. Correrá al espejo para ver si todavía se refleja, pero tampoco quedará satisfecho. Le pedirá a su señora que lo maltrate para experimentar, a través del dolor, la certeza de estar vivo. Pero la duda persistirá. Carlos, todos te queremos, no es necesario que digas sandeces ni que imites a Iván Moreira para salir en la tele. Repitamos con Neruda: “Me gustas cuando callas, porque estás como ausente”.
Mauricio Hasbún
