Esa opción está reflejada claramente, una vez más, en el proyecto de presupuesto recién presentado al legislativo y que debe entrar en vigor el próximo 1 de octubre. Más cañones y menos mantequilla. El gasto militar y de seguridad interior crece el 7 por ciento mientras que hay importantes recortes en programas como educación, vivienda y protección ambiental. Como afirmó un legislador demócrata, “un presupuesto es una declaración de elecciones, y este presupuesto las hace equivocadas”. Pero es que además en el gasto militar no se vuelven a incluir los gastos para Iraq y Afganistán, que están suponiendo unos cien mil millones de dólares anuales.
Tampoco, y a pesar de estar en autodeclarado tiempo de guerra, suben los impuestos. Al contrario, se pretende hacer permanentes las rebajas de impuestos personales aprobadas estos últimos años y que han beneficiado, hay acuerdo unánime en eso, a quienes más tienen. El resultado de todo esto es que cuando Bush inició su presidencia en el 2001 la previsión era de un superávit presupuestario del orden de 5,6 billones de dólares entre el 2002 y el 2011, y ahora la previsión de la Oficina Presupuestaria del Congreso es de un déficit de 2,2 billones de dólares para el inmediato quinquenio. Como los republicanos siguen insistiendo en que están contra los déficit y a favor de bajar los impuestos para “quienes crean riqueza”, la resultante es el recorte de gastos sociales, plenamente coherente con su ideología de que los pobres y marginados están así porque ellos lo quieren o lo merecen. Nada nuevo, tampoco.
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