Estado de gracia

 Según Ferdinand Braudel, para estudiar un proceso histórico hay que recurrir a un largo período de siglos y, a veces, milenios: en el largo período los personajes históricos no tienen mayor importancia, son procesos que van muy en lo profundo de la capa telúrica de la historia y no son percibibles en la escala Mercator para medir los temblores. Pero también en la historia existen episodios muy cortos, los que, frecuentemente, no dejan de ser importantes: nadie puede olvidar el 14 de Julio, la toma de La Bastilla, o 1871 con La Comuna de París, 1917 con La toma del Palacio de Invierno, San Petersburgo, o 1945, con la Liberación de París. En Chile, 1938 marca el triunfo del Frente Popular, 1970 el de Allende, 1988 la victoria del NO a la dictadura. Los pueblos, como los individuos, tienen momentos de euforia que llamaremos estados de gracia.

El corto período, que llamaremos estado de gracia, es fundamental para definir el carácter y el destino del gobierno del presidente o presidenta electo. Lo que se hace en los primeros meses puede asegurar el triunfo o la derrota de un período presidencial. Son momentos terribles para los privilegiados de la fortuna: miles de moscas y moscardones que se creen llamados a ocupar un ministerio o alto cargo fiscal rodean al mandatario mostrándole su servilismo y su mejor sonrisa; los partidos se reparten el botín, muchas veces sin consultar al poseedor o poseedora del apoyo popular. Todos se creen triunfantes, cada uno, sin muchos méritos, le muestra a su consorte una banda presidencial que nunca ha conquistado.

 

En vida he asistido a distintos estados de gracia: en 1964, el triunfo de Eduardo Frei Montalva que prometía, nada menos que una revolución cristiana y en libertad. Después de muchas derrotas en la urnas, los falangistas llegaban al poder; meses después, la Democracia Cristiana logró 80 diputados y constituirse en un partido único. Eduardo Frei Montalva pasó el estado de gracia en un fundo, en las cercanías de Santiago, pretendiendo evitar la invasión de una nube de moscos: allí formó su primer gabinete, en el cual, junto a meritorios falangistas como Bernardo Leighton y Gabriel Valdés Subercaseaux, aparecieron tecnócratas derechistas, ahora convertidos en demócrata cristianos. El primer gabinete lo integraron personas como el arribista Juan de Dios Carmona y William Thayer, cuyo objetivo era dividir el movimiento sindical. Si bien es cierto, el gobierno de Eduardo Frei aniquiló a la derecha tradicional e hizo un Reforma Agraria que cambió radicalmente la forma de vida del Chile oligárquico, no llevó a cabo la revolución prometida, ni se cumplieron los 30 años de gobierno demócrata-cristianos profetizados por Radomiro Tomic. De ahí en adelante la Democracia Cristiana fue perdiendo apoyo popular y el estado de gracia pasó, raudamente, como las nubes en el firmamento.

 

El segundo estado de gracia lo constituye el triunfo de Salvador Allende el 4 de septiembre de 1970. La verdad, casi nadie esperaba que por fin la izquierda triunfara: jóvenes de la Unidad Popular y de la Democracia Cristiana se abrazaban en la Alameda y escuchaban el discurso del presidente electo en el local de la FECH; la verdad que el estado de gracia de Allende fue mucho más agitado: la derecha conspiró, ayudada por los norteamericanos, hasta llegar al asesinato del general Schneider. Salvador Allende poseía una personalidad muy diferente a la de Eduardo Frei: no se aisló en ninguna parte para conformar su gabinete y respetó, hasta la exageración, las cuotas asignadas a cada uno de los partidos. Si hubo un presidente democrático en Chile, fue, sin duda, Salvador Allende. Incluso, no faltan los analistas que achacan la derrota del Chile popular a esta cualidad del presidente que, no pocas veces, dificultaba la unidad estratégica para combatir a la burguesía.

 

El otro gran momento de estado de gracia fue el triunfo del NO a la dictadura, con un lápiz y un papel en 1988. Esta alegría duró muy poco: la dictadura aplicó los amarres conocidos y los demócratas comenzaron el largo rosario de aceptación de las presiones del tirano, convertido en comandante en jefe y, luego, en senador vitalicio. Enrique Correa y Boeninguer eran simplemente los recaderos entre el gobierno democrático de Aylwin y el gobierno en las sombras de Pinochet, dirigido por el general Ballerino. A don Patricio se le aceptaba todo tipo de transacción ante el temor de la vuelta del tirano. Por esta razón, su gabinete fue presidencial y sin ninguna presión de los partidos y, mucho menos, de los grupos sociales.

 

Cuando ganó Eduardo Frei Ruiz-Tagle ya no quedaban vestigios del famoso estado de gracia, ni menos de la alegría: formó su ministerio sin ningún problema, asesorado por el círculo de hierro de sus amigos personales: Edmundo Pérez, Genaro Arraigada, Raúl Troncoso y otros. Eduardo gobernaba como un gerente, hablaba en monosílabos y le gustaba viajar por el mundo. En los consejos de gabinete ni dirigía, ni daba opiniones, sólo dejaba hacer. La vulgar cotidianidad es la antítesis del estado de gracia, y dificulto que tan aburrido personaje pueda provocar euforia.

 

El profesor Ricardo Lagos simbolizaba el regreso del socialismo al gobierno: era como una revancha de Allende, pero tuvo la suerte, en sus comienzos, de un desastre económico sin precedentes en el Chile de la Concertación y el aburrimiento de la gente ante tanto apitutamiento de izquierdistas convertidos en sacerdotes del mercado. La verdad es que los primeros años del profesor Lagos fueron un soberano desastre: se quebraban jarrones en la CORFO y se investigaban sobresueldos en las instituciones del Estado. Incluso, el Cristo de Palo Longueira se cree el salvador del profesor. Durante los dos últimos años gozó el maestro Lagos de un estado de gracia retardado. Hoy está loco de felicidad, es mucho más poderoso que Amón-Ra, Júpiter, Julio César, Constantino, el papa Julio II. Apenas habla, la gente se obnubila: el profesor todo lo hace bien, es el único presidente de Chile que no va a salir de La Moneda en un pijama de madera o pifiado por sus anteriores seguidores.

 

De nuevo nos encontramos en el período de gracia a partir del 15 de enero: Michelle, una mujer víctima de la dictadura, agnóstica y jefa de hogar, logró triunfar por paliza sobre el empresario millonario Lúculo Popeye Piñera. Las calles fueron invadas por mujeres que llevaban sobre su pecho la banda presidencial: “Todas íbamos a ser reinas de verídico reinar…” Los titulares de los principales Diarios del mundo destacan el triunfo de Michelle Bachelet como una verdadera revolución femenina en América Latina. Michelle se encuentre en pleno estado de gracia: su primer discurso, sencillamente una pieza genial, con frases que mueven a la emoción. En las entrevistas responde clara, empática y rotundamente a cada pregunta. Cero error hasta ahora. Incluso, ha logrado con una sonrisa alejar a los moscardones ambiciosos que rondan los panales de la abeja reina. ¿Hasta cuándo durará este estado de gracia? ¿Logrará Michelle hacer un gobierno ciudadano y de sensibilidad femenina? O volverán los desprestigiadísimos políticos de la Concertación a entorpecer esta última esperanza? Lo veremos, a corto plazo, el 31 de enero cuando Michelle conforme su gabinete.

 

Rafael Luis Gumucio Rivas