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Agosto 20, 2026

Cuatro años de Guantánamo

Se cumplen cuatro años desde que la Administración Bush abrió la prisión de Guantánamo. Allí permanecen cerca de quinientos presos, de los que tan sólo una decena han tenido la oportunidad de una especie de juicio militar, sin las debidas garantías, como ha señalado más de alguno de sus defensores militares norteamericanos. Esa decena la integran los afortunados. Al resto les espera la probabilidad de estar en ese limbo jurídico y en ese campo de concentración lo que dure la guerra contra el terrorismo, como ha afirmado el propio presidente Bush. ¿Cuánto durará esa guerra? Seguramente, siempre.

A esos llamados “combatientes enemigos” no se les aplican las Convenciones de Ginebra sobre la guerra ni se les reconoce el elemental derecho a un juicio, a pesar de la resolución hace más de un año del Tribunal Supremo del país, trampeada con subterfugios por la Administración Bush. Guantánamo es, así, una vergüenza internacional donde se pisotean los más elementales derechos humanos por esa Administración, mientras todo el mundo, y a su cabeza los países líderes del mundo, mira hacia otro lado. ¿Cabe imaginar mayor tortura que ésa? Que además no va sola, pues el internamiento va normalmente acompañado de malos tratos a los detenidos, como han declarado los escasos afortunados que han logrado salir de ese “gulag” de nuestros días.

De cuando en cuando, dirigentes aliados y amigos de Estados Unidos, con la boca pequeña, manifiestan su rechazo a Guantánamo. Como es el caso, estos días, de la canciller alemana, Merkel. Con la boca pequeña porque, como se va sabiendo, los servicios secretos alemanes colaboraron en la guerra contra Iraq, a pesar de las declaraciones en contra del anterior canciller. No es un caso aislado y demuestra la doblez de esos gobiernos que engañan a sus ciudadanos. Como todo buen Gobierno que se precie. Atentos aquí, en España, a la peripecia de la fragata Álvaro de Bazán en el teatro de la guerra de Iraq con un papel que, hay que temer, nunca conoceremos del todo pero que ofrece las características de aquel que colabora en un atraco en la parte logística del mismo y que es, por ello, responsable.

Lo de Guantánamo no es un caso aislado. Desde el 11 de septiembre del 2001 ha habido un retroceso indiscutible y clamoroso de las libertades en el mundo por esa declarada, por Estados Unidos, guerra contra el terror. No sólo en ese país sino en el mundo entero por la acción de ese país. El desprecio a las normas de derecho internacional y a los más elementales derechos humanos es su práctica normal. Guerra de agresión, bombardeos a poblaciones civiles (no sólo en Iraq y Afganistán, sino también en países aliados como Pakistán), prisiones secretas, secuestros en terceros países con o sin colaboración de los mismos, etc., forman parte del paisaje cotidiano y —esto es lo peor— son recibidos ya sin mayor interés o preocupación por la mayor parte del mundo, líderes y ciudadanos. Nos vamos acostumbrando a eso, y ésa es la batalla que están ganando esos gobiernos y que, al mismo tiempo, están ganando los terroristas. No se olvide que uno de los tópicos repetidos siempre por los líderes de las democracias cuando son objeto de un ataque terrorista es decir eso de “envidian nuestras libertades, no las perderemos y no nos van a cambiar”. Pues bien, los hechos muestran que nos están cambiando, tanto en las políticas como en las mentalidades e ideas dominantes. Lamentablemente.