Fernando Alegría (Santiago, 1918), ¿qué más puede decirse del catedrático, crítico literario y escritor chileno?, él que dio un mendrugo de identidad a su país: “Cuando se viene el invierno flotando en el Mapocho/ como un muerto atado con alambres, con flores y con tarros/ y lo lamen los perros y se aleja embalsamado de gatos/ cuando se lleva un niño y otro niño dormidos en su escarcha/ y se va revolviendo sus grises ataúdes de saco:/ digo enfurecido ¡Viva Chile Mierda!/” (poema de 1965). El, esa voz desde el exilio en Estados Unidos que denunció las violaciones de Pinochet. Fernando Alegría el agregado cultural del gobierno de Salvador Allende en Washington; Alegría quien llegó a representar a la Real Academia de la Lengua Española para Estados Unidos.
Hay algo en común entre Pablo Neruda, Manuel Rojas, Fernando Alegría y Gonzalo Rojas (el último Premio Cervantes de Literatura para Chile), además de una clásica foto entre amigos, los cuatro escritores pasaron por el Instituto Pedagógico, igual que Nicanor Parra y Oscar Hahn, en los lejanos días de poesía y vino tinto.
Alegría residió sus últimos años en Berkeley (EU) donde murió el 29 octubre de 2005. Por mi parte, como homenaje póstumo, tenía contemplado publicar el presente prólogo inédito en la revista literaria Rocinante (al escritor José Miguel Varas le interesó leer un prólogo que en 35 años permaneció oculto), pero al cierre de ésta, considero que puede interesar lo mismo en Cuernavaca, que en Buenos Aires, en Santiago o La Habana. Definitivamente la exclusiva es para Navegaciones y retornos, un prólogo fechado en 1971, un proyecto que mi gran amigo Alejandro Stuart nunca finalizó por su exilio, paradójicamente entre México y Cuernavaca. Alejo Stuart, cantaba allá por 1980 en Cuautla, Cuernavaca y el resto de las tierras zapatistas, junto a Amparo Ochoa y Gabino Palomares.
Alejandro Stuart, fotógrafo de oficio y poeta por convicción, debe tener los mejores archivos de la Nueva Trova cubana y la Nueva Canción chilena, en su modestia, nunca los ha publicado. Alguna vez, en Buenos Aires, le propuse, a mi querida amiga, la fotógrafa argentina Sara Facio, la idea de hacer una antología con las películas de Stuart, fotos inéditas de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Daniel Viglietti, Inti Illimani, Quilapayún, Amparo Ochoa, entre otros. Sara Facio es al Boom latinoamericano con sus fotos de Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Benedetti, lo que Alejandro Stuart y su archivo privilegiado de la canción de protesta en toda América. Para terminar, haré la historia del muralismo subversivo luego del golpe de Estado de 1973.
Los colores y consignas de la Brigada Ramona Parra (BRP) fueron contaminadas de blanca ceguera, todos los muros ganados, buscando causas sociales en cualquier rincón de nuestra Afrolatinoamérica fueron borrados: los rostros pintados por Salvador Allende en la ribera del Mapocho, para la libertad de Angela Davis y las Panteras Negras, están cubiertos de estuco, el registro de imágenes y hechos se reduce a 35 milímetros en las fotografías de Alejandro Stuart y de otros poetas a partir de septiembre, la BRP, sus moneros (inconfundibles por sus overoles, también llamados “monos”) fueron desterrados de la Patria (el surrealista Roberto Matta y el Premio Nacional de Artes Plásticas José Balmes participaron con sus trazos en los muros, y en especial, hay un monero en Tepoztlán, que en 1973 estaba invitado a viajar a Santiago de Chile para pintar sus ocurrencias, por supuesto estoy hablando de nuestro Rius, me lo confesó en exclusiva para Rocinante). A 33 años de la caída de la Unidad Popular, la BRP ha cumplido su promesa… “y pintaremos hasta el cielo”.
Alejandro Stuart y los murales del nuevo
Chile.
Fernando Alegría (1971)
La revolución chilena va dejando sus manifiestos en la calle: en la sangre de oscuros hombres y mujeres abatidos por balas arteras en la Plaza Bulnes, en oficinas salitreras de la pampa, minas de carbón de Lota y cerros de cobre de Rancagua y Chuqui. Los dejó también en huelgas porteñas y en los épicos combates de Ranquil y Lonquimay. Dondequiera que el pueblo levantó su puño cerrado para golpear al imperialismo y defender la patria.
En septiembre de 1970, como una primavera que removió los árboles, el cielo y los colores de la tierra criolla, se fue levantando la imagen de un Nuevo Chile, y su programa revolucionario, su historia adelantada de una gesta que asombraría al mundo, comenzó a aparecer en los muros de la capital y de la provincia. Surgidos de la noche, de la pintura y los pinceles del pueblo, vibran con su mensaje duro y esperanzado los murales de la Unidad Popular. En ellos se hizo letra la maestría de los nobles artistas del pasado: en esos adobes de las calles proletarias tembló otra vez la luz de Pablo Burchard, los caminos y las flores de Juan Francisco González, las suaves estructuras de Rafael Valdés, pero ahora con las tintas toscas y directas de los jóvenes de la Brigada Ramona Parra. Todo ese sabio amor por los rincones, los valles, los mares de Chile, adquirió súbito sentido social, se organizó en letreros, en rostros, en herramientas y armas de una repentina decisión de libertad.
Los pintores del pueblo estamparon en los muros de Chile el significado de nuestra segunda Guerra de Emancipación. El cobre será nuestro, dicen y nuestros campos. Recabarren no luchó en vano. La infancia descubre su secreta alegría, la mujer levanta su corpulencia como un sol sobre el trigo del sur y el polvo mágico de los desiertos.
Se llevaron a Chile en barras de oro y cobre, y a su geografía en pedazos, a su gente en días de hambre y miseria. Los murales gritan “Basta”. Las armas del pueblo van escribiendo paso a paso la historia de un largo sacrificio.
Los murales le dan vuelta a la ciudad. De un extremo al otro, de una plaza a otra, de un conventillo a un barrio alto, del cuartel al palacio, de la escuela a la fábrica, de la mina al puerto, de la iglesia a la montaña. Un sólo gran letrero va escribiendo con fuego la libertad del pueblo chileno.
Nació un nuevo arte entre nosotros. Sí: los murales de la verdad, la imagen de la justicia y de las ruinas del viejo mundo momio derrotado. El mural que se alarga sobre Chile, sobre su costa y su cordillera, como en otros siglos se estiró dignamente la epopeya de La Araucana.
Con ellos, con los pintores del pueblo, va también un fotógrafo largo y dulce como las curvas vinosas del Valle Central, va con su lente tierno, áspero, valiente, sombrío y luminoso a la vez, cronista de la Unidad Popular, fotógrafo del fututo, fijando en relámpagos el camino de la victoria.
Alejandro Stuart clava en las paredes del mundo la instantánea en blanco y negro del nacimiento de un pueblo.
