{mosimage}La política es fascinante, entre otras cosas, porque exige la traición de los propios valores a quien persiga el éxito electoral. Sospecho que al escrupuloso que desee ser fiel a sus principios sólo le quedan dos caminos: la insignificancia o cambiar los votos por balas.
La democracia es un ejercicio cruel de desapego con las propias creencias, principios y valores. Si deseamos llegar al poder debemos pactar con el que ayer satanizábamos. Es posible que no exista imagen más clarificadora que la de nuestro proverbial diputado Longueira cancelando sus vacaciones para trabajar por su hasta ayer irreconciliable enemigo: Sebastián Piñera. Sí, pacientísimo lector, esta es la fuerza mata pasiones de la política y si escuchó por ahí que el poder es afrodisíaco, más le vale que comience a cuestionar dicho aserto. Eros no quiere saber nada de decretos supremos, pues sabe que en ese principado reina Tánatos. El poder nos transforma en monstruos respecto de los ideales que sostuvimos con candor en nuestra juventud. Por algo el siempre certero poeta Armando Uribe no se cansa de sostener que estamos gobernados por una teratocracia. ¿Una tarato qué? Lo que escuchó: el gobierno de los monstruos.
Pero si la fetidez del poder lo hace arriscar la nariz, siempre puede convertirse en seguidor de Tomás Hirsch. El candidato no tuvo dudas cuando vio que el seis por ciento se le escurría de las manos: como el perro del hortelano decidió que no comería ni dejaría comer a la Concertación. No vaciló un segundo al declarar que en la segunda vuelta anularía su voto. ¿Es esta una conducta ejemplar? Desde el punto de vista personal, sí. Desde el punto de vista político, en cambio, es de una completa esterilidad. No podemos gobernar a los hombres como si fuésemos ángeles. Es necesario bajar a la podredumbre. De lo contrario sólo queda -como ya lo advertimos- la insignificancia o las balas. Tomás fue honesto y optó por la primera.