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Agosto 18, 2026

La cábala y las encuestas

Seguramente usted ha oído hablar del 666 como número de demonio: no faltan quienes juegan al kino con los múltiplos de seis, una venta del alma al diablo de los números, que, al parecer, no ha dado ningún resultado. Los filósofos antiguos eran grandes matemáticos y geómetras: Pitágoras fue un místico de los números y la música, relacionándolos armoniosamente.

Quien no sabe geometría no podía ingresar a la Academia de Platón, sin el helenista Plotino no existiría la teología patrística y no se podía hablar del cielo o de la eternidad del alma sin recurrir al platonismo. Los gnósticos constituyeron una herejía poderosa a comienzos del cristianismo: cuando Constantino se convirtió a esta nueva religión los seguidores de la cábala fueron aniquilados.

 
En Santiago de Chile me encontré con un extraño personaje, exiliado griego, Dióscoro. Se siente feliz porque este país está plagado de seguidores de los juegos cabalísticos. Los homo chilensis no pueden esperar el 11 de diciembre para saber cuál de los candidatos o candidata va a triunfar: las empresas encuestadoras se han multiplicado como callampas, sus dueños, en general, son empresarios exitosos: MORI, manejado por los demócrata cristianos; CERC – Centro de Estudios de la Realidad Contemporánea- pertenece también al partido de la flecha roja; el CEP – Centro de Estudios Públicos- es dirigido por connotados empresarios de derecha; El Mercurio y La Tercera tienen la misma inclinación. El único grupo que carece de encuestadores propios es el Juntos Podemos. Los chilensis se han convertido en expertos en sociología política: todos dominan el esotérico lenguaje cabalístico, saben ver, perfectamente, el margen de error y diferencian las preguntas abiertas o cerradas, las encuestas telefónicas o las de urna; incluso, hablan de muestras probabilísticas, qué linda palabra usada por brillantes matemáticos. No logro explicarme por qué tenemos tan malos puntajes en las mediciones del SIMCE.

 

Recuerdo que en los años 60 el demócrata cristiano Mario Hamuy era el único que poseía la capacidad de hacer encuestas. Estas cábalas cayeron, rápidamente, en el descrédito: en 1970 todos los sondeos indicaban que Jorge Alessandri, candidato de la derecha, ganaría a Radomiro Tomic y Salvador Allende. Por eso los nacionales desafiaron a sus rivales, en el sentido de quien obtuviera un voto más debería ser proclamado sin ser ratificado por el Congreso pleno. Pero como los dioses ciegan a los soberbios, inesperadamente ganó Salvador Allende.

 

Me pregunto: ¿para qué sirven las cábalas? Hasta la encuesta CEP, de noviembre, el triunfo de la avieja reina, Michelle Bachelet, estaba asegurado: tenía un 48%, 45% y bajaba, al máximo, a un 40%; sus soberbios despistados asesores aseguraban, incluso, su triunfo en la primera vuelta: la carrera presidencial era pan comido, pero bastó que bajara a un 39% en voto de urna para que instalara la inseguridad.

 

Lavín y Piñera estaban siempre en empate técnico: se recurría a los misteriosos encuestados ocultos, aquellos que dicen votar nulo o blanco, que constituían un universo de, aproximadamente, el 15%. Todos nuestros aprendices de politólogos tienen interpretaciones diversas sobre la esencia de estos eternos indecisos: para unos, son individualistas ab1, a quienes les carga los encuestadores, pero que, en el secreto de la urna, votan por la derecha; es una vieja teoría; para otros, son pobladores marginales, que temen que los encuestadores los perjudiquen en sus postulaciones a subvenciones estatales; otros, sostienen que desde las elecciones municipales de 2004, los indecisos favorecieron a los partidos de la Concertación, rompiendo esta regla de oro del voto indeciso a favor de la derecha; los hay también quienes votan nulo por decepción respecto a “la alegría que no llegó con los gobiernos sucesivos del arco iris. En 1967, los nulos, con garabatos en el voto, fueron la expresión de una soterrada protesta.


Michelle Bachelet se mostraba como un fenómeno comunicacional y no pertenecía a los apitutados del lobby, que preferían a José Miguel Insulza. Era una mujer, en consecuencia, podía ser tratada con esa burlona condescendencia que tienen los machistas respecto a sus consortes: simpática, bonita, agradable, pero un poquito tontuela y carente de ideas, esos adornos que los machos tristes tienen en sus casas. Era fácil reírse de unos pocos kilos demás y tratarla de “mi gordi”. El alado Lavín se dirigía a ella, confianzudamente, llamándola “la Michelle”, sosteniendo que la mamá no puede compararse con el poderoso padre Ricardo Lagos. Todas estas estrategias no daban resultados positivos, pues los chilensis estaban obnubilados con esta mujer que la sentían cercana: era la mamá, la tía, la protectora, la amiga consoladora, en este marasmo que se llama Chile.

 

Con la baja del 5% en las encuestas, Michelle perdió, de súbito, todas estas cualidades: para Lavín se acabó el fenómeno Bachelet y los chilenos se desengañaron de Michelle; el 5% se fue a Hirsch, según la encuesta CERC: son ciudadanos desengañados de la transaccional Concertación, derrotados y víctimas del sistema. Para el CERC este 5% se lo comió el multimillonario Popeye Piñera; estos votantes serían demócrata cristianos de derecha, descontentos con la hegemonía de los socialistas; ahora, Popeye aparece como el único que ha logrado crecer en las encuestas. Como las cábalas son muy útiles para conducir a estos inestables votantes es muy posible que las pocas semanas que restan para la elección, quienes simpatizan con la Alianza abandonen a Jerry Lewis Lavín y se decidan por quien tiene más posibilidades de ganar: Popeye Piñera;  es el famoso voto útil.

 

El panorama actual tiene algunos parecidos con la primera vuelta de la elección de 1999, el casi empate entre  César Lagos y Jerry Lewis Lavín, pero no es igual porque nada se repite en la historia. El eterno retorno es sólo una locura  budista de Nietzsche. La pobre Michelle está rodeada de unos extraños asesores comunicacionales cuya teoría, llevada a la práctica durante el gobierno de Lázaro Frei, apuntaba a que la mejor comunicación era no decir nada, por eso Michelle se negaba a participar en los debates, confiada en la  profecía auto cumplida de su triunfo.

 

Afortunadamente, había mandado para su casa a los eternos lobbistas del Mapu; como no faltarán las metidas de pata producto del pánico, es posible que vuelva como asesor el exégeta de Marx Eugenio Tironi que, en uno de sus libros sostiene, muy orondo, que nuestro barbudo podría haber sido un exitoso corredor de la bolsa si no le hubiera bajado el loco amor por el proletariado. A lo mejor, a nuestro sociólogo del Mapu se le volverá a ocurrir que hay que ganar al empresario independiente Faúndez,  que desde el celular hacía imaginarios negocios un rotito que, de  izquierdista, se convirtió en emprendedor  de la escuela del mexicano Flores, que en esos tiempos mostraba la triunfalista  propangada televisiva del Chile millonario, de los tratados de libre comercio, o trabajar una  imaginaria franja  sociológica de demócrata cristianos de derecha, por medio de slogans, cada día más moderados y superficiales. Con razón, Eugenio se puede vanagloriar de haber convertido al docente Lagos en el Presidente de la Sociedad de Fomento Fabril y, con la ayuda de la Chol Alvear, desbancar a los “rogelios” que dominaban las comunicaciones de la campaña del profesor Lagos en la primera vuelta. Según el sociólogo del  lobby, hoy se puede hacer lo mismo con sólo borrar, de una plumada, la imagen de nueva izquierdista  socialista de Michelle Bachelet.

 

Michelle aún sigue ganando en la segunda vuelta, tanto a Popeye Piñera, como al alado Lavín; su problema consiste en evitar la emigración de sus electores más dubitativos, dándole calabazas a sus apitutados e inútiles asesores, siguiendo su propia intuición y espontaneidad que la caracterizan y desoyendo a “los orejeros”, que han desprestigiado a tantos bienintencionados  presidentes.