Cada cierto tiempo aparecen planteamientos que señalan que todos los males en educación se resuelven si tuviéramos buenos profesores, con vocación, compromiso y conocimientos adecuados, así todo sería distinto; qué fácil y tentadora es esa explicación. La reforma educacional estuvo por lo menos seis años culpabilizando a los docentes como los únicos responsables del problema; luego agregó a los directores y al final (post-revolución pingüina) al diseño institucional. Por cierto, las autoridades -y sus políticas- siempre se autoexcluyeron de toda responsabilidad. Afortunadamente hoy son juzgadas por la ciudadanía.
El triunfo presidencial de Sebastián Piñera ha servido para que los chilenos conozcan a los integrantes de los poderes fácticos salidos del clóset del poder real para convertirse en ministros, subsecretarios y ejecutivos de empresas e instituciones públicas. Revelador ha sido, también, observar el cambio de aquellos dirigentes políticos que parecían bien plantados en la oposición y que, ahora, han debido ponerse los hábitos del oficialismo.
Las diez estudiantes del Liceo Carmela Carvajal a quienes les fueron canceladas sus matrículas, deben llevar esa sanción con decoro, como una estrella que las distinga como bravas luchadoras, como heroínas de este tiempo confuso, pero fértil.
Sólo basta constatar que hemos ingresado en un ciclo peligroso, en un período de precipitación, de aceleración de todos los procesos. En no pocos aspectos, hemos cruzado, en este trance, que no es sólo económico, social o político, sino integral, puntos de no retorno. Como si aquella carretera unidireccional de la historia, mutada en autopista de alta velocidad, haya derivado en plataforma de lanzamiento hacia lo más desconocido. Pero ya nada nos detiene: el vehículo histórico ha alcanzado velocidades vertiginosas y su peso, su inercia, es incontrarrestable.
Una
Desde el momento mismo de su última derrota electoral, la Concertación ha ido de conciliábulo en conciliábulo tratando de definir algún recurso político que le permita volver al gobierno en 2014. Aún cuando el escaso 16 % de aprobación que revela la última encuesta de Adimark, no hace más que confirmar que la Concertación carece, tanto de fuerza social como de toda autoridad moral para nominar candidato presidencial alguno.
No puede haber marcha atrás. La justa indignación debe dar el paso histórico…
Etimológicamente la palabra desastre tiene que ver con la idea de mala estrella, des – astra, lo que como se sabe, desde los tiempos más remotos se vincula con la mala fortuna, con un destino fatal.
Es imposible que la realidad actual se mantenga y se necesita otro modelo. Es el momento para preparar y difundir el discurso del hombre nuevo fundador e integrante de la sociedad solidaria sustentable todavía inédita. La historia vieja de depredación del medio ambiente concluirá inevitablemente, la de los pueblos si se vence.
Mediante un gesto que raya en el paroxismo político –que sin duda desautoriza de antemano el proceso de primarias planeadas por la oposición, y de paso descarta de plano cualquier otro nombre– el senador Camilo Escalona asegura este sábado 7 en El Mercurio –en relación a la candidatura de Michelle Bachelet– que, “no hay plan B”. Y agrega: “Yo no creo que haya plan B. Es lo realista. ¿Para qué vamos a especular? No gasto mi energía en un plan B”.