Seamos francos. Ningún parlamentario osaría repetir ante el público de grandes ciudades las sandeces que algunas autoridades comunales lenguajean ante los electores de provincias, especialmente ante aquellos que pertenecen a comunas pequeñas o rurales. A las falsas promesas, totalitarismos y caudillismos, agregan también el lenguaje burdo y soez que es propio de los ignorantes, incultos y analfabetos.
Digamos las cosas como son: es una vergüenza el rol miserable que los medios de comunicación están jugando en la guerra sicológica que EE.UU. libra contra Venezuela.
Normalmente criticamos a los políticos que nos gobiernan, pero somos muy injustos. Dudo que se haya destacado en el mundo un grupo de políticos con tanta sibilina brillantez. Un grupo que termina con una dictadura y la reemplaza en el poder sobre los mismos pilares que la primera instauró con sangre y destrucción. Que proclama, durante años, con orgullo, que en Chile las instituciones funcionan y canta loas a la nueva democracia, fortaleciendo los enclaves dictatoriales.



“Mi país no es un país, sino el invierno…” ha escrito el cantautor y poeta canadiense Gilles Vigneault, y en realidad su lírico enunciado es muy ajustado a las condiciones geográficas y climáticas de este inmenso país en la América del Norte. ¿Qué analogía puede hacerse con Chile? “Fértil provincia…” lo calificó Alonso de Ercilla, antes que Chile fuera Chile propiamente tal, “Una loca geografía” lo llamó Benjamín Subercaseaux, “país de contrastes” es un cliché habitual. Algunos apuntan a supuestas o reales características de su gente, como cuando se dice que alguien recibió “el pago de Chile”, obviamente apuntando a lo desagradecida que ella sería.