
“¡Es que tiene alma! ¿¿No se dan cuenta?? ¡Tiene alma!” vocifera una señora rubia y delgada a las afueras del Palacio de Michelle Bachelet, mientras sostiene una pancarta que escupe, así, sin más: “siempre por la vida”. Se regocija uno con solo verla. A la rubia. A la señora rubia y delgada que grita y sostiene una pancarta, también muy bonita y de exclusivo y colorista diseño, para teñir de hermosas tonalidades la elegante protesta por la vida, que hace juego con las perlas, los zarcillos y las botas de la temporada. Altísima, de ojos claros, piel dorada por el puelche del lake district chilensis que en verano reparte radiaciones ultravioleta a la masa enajenada y ricachona. Son todas católicas eso sí, y por lo mismo, es decir, porque el feto católico tiene más alma porque Dios así lo quiere, ellas consideran un crimen de lesa humanidad el que existan mujeres pérfidas y licenciosas que atenten contra la vida que El de Arriba donó. Parece que los Derechos Humanos fueran de exclusiva propiedad comunista, si al fin y al cabo una solamente presta el cuerpo, gritan una regordeta y su doctorado en Ciencias Políticas y Planificación Familiar (sic).
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