Sobre el gobierno del presidente Barak Obama que termina, se han publicado algunos balances en este y otros medios digitales, especialmente después del discurso de despedida del mandatario norteamericano. La mayoría de los análisis coinciden en que su administración no cumplió con las expectativas que la mayoría de los ciudadanos y, en general de la opinión pública mundial, había depositado en el primer afroamericano que llegaba a la presidencia de los Estados Unidos de América.
Por lo menos una vez al día recibo mensajes de lectores que me dicen cuestiones como ésta: “no puedo creer que escribiendo como lo hace, usted viva en Estados Unidos, debería vivir en América Latina,” otros que van con el machete desenvainado: “claro, escribe desde la comodidad de Estados Unidos.” Con esto, en ambos lados buscando desvirtuar mi expresión.
Ricardo Lagos es un mal general.
En el discurso del 10 de enero del 2017 del presidente Obama, después de enumerar sus muchos logros, reconoce que el país es más desigual que hace ocho años atrás. Este es un punto vital y central de su presidencia ya que la política es la ciencia y el arte “de quien recibe qué, cómo y cuándo”. Obama reconoce que una pequeña minoría ha logrado acaparar la mayor parte del ingreso y la riqueza creada en los Estados Unidos en los últimos ocho años.
La opinión pública ya conoce cómo muchos funcionarios del Estado que trabajan en instituciones relacionadas con la Dirección Previsional de Carabineros (Dipreca) y con la Caja de Previsión de la Defensa Nacional (Capredena) han abusado, vía habilidosas interpretaciones administrativas, para jubilar con encumbrados e ilegales montos de dinero sobrepasando el tope legal establecido de UF 60, unos $ 1.600.000 mensuales.
Si hay algo prácticamente imposible de definir es el llamado centro político. Es decir, la denominación que se dan partidos o candidatos incapaces de asumir su condición de izquierda o de derecha dentro del espectro político.
La tormenta se avecina a Chile y Latinoamérica. El año que nos deja ha instalado marcas no observadas desde los peores momentos de la transición, en aquella inmovilidad trabada por las políticas de los consensos operadas y financiadas por los poderes en la sombra. Bajo este síndrome, que no tiene nada nuevo sino es reacción ante los impulsos reales de la historia, ingresamos a 2017, un año en que observamos cómo la resaca conservadora vuelve a controlar las decisiones políticas en Latinoamérica. Este síntoma extendido, esta reacción que busca desinstalar los avances en inclusión social, vuelve, de manera desembozada y también desesperada, a reconstruir aquel orden que condujo a las mayores crisis sociales y económicas durante las décadas pasadas. Reagan y Thatcher están de vuelta en las figuras de Macri, Temer y Kuczinski, afirma Raúl Zibechi en una columna titulada “2016: Los primeros relámpagos”.
Crecemos con el camino marcado, por los estereotipos, las costumbres, la cultura, la religión y el sistema patriarcal que nos daña a todos.
La era de la hegemonía estadunidense y de neoliberalismo es, por definición, un tiempo de turbulencias e incertidumbre. Nadie ni nada permite preveer con un mínimo de certidumbre ni el futuro inmediato, menos todavía los de mediano y largo plazos. Pero el cúmulo de acontecimientos permite proyectar a 2017 como un año en que se dibujará, con más claridad, el surgimiento de un mundo multipolar.
Que en Chile la mayoría de las instituciones funcionan mal, o simplemente no funcionan, caben ya pocas dudas. Incluso el ’respetable’ se permite hacer mofa de ello y construye chistes que van de boca en boca incrementando el desprestigio de esos entes públicos.