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Los recientes dichos del ex ministro y actual senador electo, Andrés Allamand, evidencian una profunda crisis en la derecha chilena. No resulta extraño que esta fractura se haga manifiesta después de un mayúsculo fracaso electoral, más todavía cuando el sector ha ocupado la Moneda estos últimos años. Lo cierto es que el gobierno, marcadamente personalista, del presidente Sebastián Piñera es señalado como el primer responsable de la actual debacle de la derecha, sin embargo, no parece justo ni verosímil atribuirle toda la responsabilidad.
La incomodidad en que se encuentra Chile frente a la demanda peruana por los límites marítimos es exclusiva responsabilidad de una política internacional equivocada que se arrastra desde hace ya varios años. Esa política ha colocado en un segundo plano la integración regional y, muy especialmente, ha olvidado el tema vecinal. Esa política ha privilegiado hasta el cansancio los negocios y los Tratados de Libre Comercio con el mundo desarrollado por sobre los asuntos que tensionan las relaciones diplomáticas con nuestro vecinos. Esa política ha exacerbado el discurso autocomplaciente del éxito económico chileno y de la apertura indiscriminada al mundo, descalificando a los países de la región que impulsan políticas económicas e internacionales distintas a la chilena. Esa concepción adquiere preponderancia muy especialmente a partir de mediados de los años noventa. Consecuencia de ello es el aislamiento de Chile de su entorno regional.


El Partido Comunista ha manifestado su decisión de incorporarse al gobierno de Michelle Bachelet. La organización que realiza esa operación de ingreso es simultáneamente vieja y nueva.




