La iglesia católica tiene un santo para todos los gustos, tendencias, clase social y colores políticos: una reina colonialista, como Isabel La Católica; un indiecito, como Juan Cristóbal, a quien se le apareció la Virgen de Guadalupe, Patrona de México; un aristócrata, como el Padre Alberto Hurtado; un “pobrete”, como Fray Andresito. Una señora chilena “de bien” nunca podía entender cómo Dios concedía sus bienaventuranzas en un ser tan insignificante, como este humilde hombre -; pastora disfrazada de hombre y, luego, convertida en soldado, como la fascista Juana de Arco, Patrona de Francia; promotores de la escoba y fregado, como Martín de Porres, “Fray Escoba”; milicos, como San Ignacio; animalistas, como San Francisco de Asís; histéricos machistas, como San Pablo; vírgenes, como Santa Tecla; reyes “cruzados”, como San Luis, rey de Francia, que ejercía justicia debajo de un árbol; San Pedro Claver, el Apóstol de los negros, en Cartagena de Indias; un Papa reaccionario, como Pío X; un fascista, como José María Escrivá de Balaguer, que bendecía el fusilamiento de “los rojos”, y fundador del Opus Dei, congregación segregacionista-.
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