
El juego de la guerra no es juego

Archivo periodístico 2005–2019


Nicolás Maduro ha invocado frecuentemente la figura señera de Salvador Allende, muerto en Santiago de Chile en 1973 en un golpe apadrinado por los Estados Unidos. Como alguien que trabajó con el presidente socialista chileno durante los últimos meses de su gobierno, imagino así los consejos que Allende le dirigiría a su díscolo colega venezolano desde el otro lado de la muerte:
Desde el momento que los aviones atacaban La Moneda encontrándose en su interior el presidente Salvador Allende que había sido elegido democráticamente en septiembre de 1970, el uso de la violencia bajo la forma de resistencia popular se constituye en un acto de legítima defensa a ejercer durante todo el periodo de la dictadura y cuyo modelo se mantiene hasta los tiempos actuales. La Constitución cívico/militar de 1980 es lo más evidente.

A los únicos a quienes les importa un comino las sendas ayudas humanitarias dirigidas por Donald Trump y sus obsecuentes servidores y, últimamente por Rusia en favor de Maduro, son los ancianos y los niños hambrientos, pues saben que la mierda, llamada “ayuda humanitaria”, está compuesta de porquerías – especies de calugas que se disuelven en agua caliente, sumado a pan duro y a otros elementos, según “los benefactores”, de primera necesidad – que paliarían el hambre por un día, o máximo dos, pero que sí servirá para convertir a Venezuela en lo que hoy están Libia, Irak y, sobre todo Siria.
No, no son los años 50 del siglo pasado. Estamos en pleno siglo XXI, pero la manida fórmula de la Guerra fría y la lucha contra el socialismo igual le sirve al presidente de la potencia más grande del mundo para justificar sus fines geopolíticos y electorales.

En la mañana del 8 de diciembre de 1987 se reunieron Ronald Reagan y Mijail Gorbachov para firmar uno de los más importantes tratados de control de armamentos. Ese acuerdo prohibía el emplazamiento de misiles nucleares de alcance intermedio en Europa y en la antigua Unión Soviética. Esos sistemas de armamentos eran considerados altamente desestabilizadores y representaban un gran riesgo. El tratado INF fue considerado uno de los más relevantes para reducir el peligro de una confrontación nuclear.
Los padres fundadores de Estados Unidos, siempre preocupados de que el Presidente de turno no se convirtiera en un rey absoluto, pensaron una serie de balances de poder, establecidos en las sucesivas enmiendas constitucionales.

El desabastecimiento de productos básicos es dramático. No hay harina, no hay pollos, no hay medicamentos, detergentes ni toallas higiénicas. Colas interminables frente a almacenes y supermercados, con sus estanterías semivacías, que se exhiben una y otra vez por los canales de televisión de todo el mundo. El país se muere de hambre. Prolifera el mercado negro para casi todo. Hiperinflación. Huelgas gremiales generalizadas. Torres de alta tensión dinamitadas, que generan frecuentes apagones de luz. Violencia callejera. Los guarimberos de Patria y Libertad enfrentan heroicamente a los brigadistas de la Ramona Parra que los agreden con sus mortíferas brochas.
Si algo no puede criticarse de Trump es su sinceridad. Tanto en su campaña como a lo largo de su gobierno ha dicho y ha practicado que su prioridad es “hacer grande de nuevo a Estados Unidos”. Es decir, una búsqueda de la hegemonía mundial que tuvo después de la segunda guerra mundial. De que toda otra consideración, sea la paz y seguridad mundial; la vigencia de la democracia y de los derechos humanos; e, incluso, la sustentabilidad ecológica del planeta, pasan completamente a segundo plano.

El presidente Sebastián Piñera no cesa de avergonzarnos a los chilenos. Ayer no más fue su gesto rastrero en la Casa Blanca al obsequiar a Trump la bandera de Chile camuflada en la de EE.UU. El vejamen a nuestro emblema patrio no suscitó la condena que merecía. La maquinaria mediática sustrajo del debate público el bochornoso suceso protagonizado por el presidente en Washington.