Si uno observa atentamente el escudo del Estado Plurinacional de Bolivia, verá en el fondo de su óvalo una montaña. Pero no cualquier montaña: es el Sumaj Orcko, cerro magnífico, lugar sagrado para quienes habitaban en su vecindad. Hacia mitad del siglo XVI llegarían al lugar los conquistadores y el cerro cambiaría de nombre y de función, pasando a llamarse Cerro Rico. A su vera crecería Potosí, una de las ciudades más populosas y ricas de aquel mundo. El enorme flujo de plata extraído del cerro adornaba y proveía la platería de cientos de iglesias y las mesas señoriales de los que concurrían a ellas. Pero sobre todo -cuenta Galeano en sus “Venas abiertas”- financiaba las deudas de la Corona española con banqueros alemanes, genoveses, flamencos y españoles. Deudas que costeaban nuevas guerras, nuevas conquistas, nuevas muertes. Hay cosas que permanecen, según parece.
Digamos desde ya que respetamos, aunque no compartamos en absoluto, las opiniones diversas que puede expresarse respecto de una situación política determinada que sucede en nuestro país o en cualesquier otro lugar. Pero lo que no merece respeto alguno son aquellos juicios emitidos en contra del legítimo gobierno constitucional de Venezuela por sujetos cuyos antecedentes políticos y su propia historia personal, les desautorizan para calificar de demócrata o dictatorial un determinado régimen político.

En los últimos días se ha podido comprobar que el funcionamiento de la Casa Blanca deja mucho que desear. En efecto, ya ha pasado más de un año y aún hay puestos claves donde no se ha podido nombrar el personal adecuado. La rotación o cambio de personal indispensable es altísima. Funcionarios claves duran muy poco tiempo en su trabajo. Esto porque no tienen las calificaciones éticas y técnicas necesarias y es por esto que ellos deben ser despedidos. Todo esto indica claramente que el sistema de reclutamiento y selección de personal, usado por la casa presidencial es altamente deficiente y necesita urgente reparación.
En las democracias bancarias quienes realmente son los bancos y las grandes empresas quienes seleccionan a los políticos que los representan en las instituciones del estado, pero disimulan en procesos electorales, aparentemente correctos. En México se sabe de antemano que las elecciones serán fraudulentas. El escritor y Premio Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa, al referirse a los gobiernos del PRI los llamaba “la dictadura perfecta”. A través de la historia, en México siempre se han realizado elecciones sin ninguna interrupción, incluso, don Porfirio Díaz se hizo reelegir varias veces; a Andrés López Obrador ya le han robado un triunfo en la elección presidencial de 2006, en favor del candidato del Partido de Acción Nacional (PAN),Felipe Calderón.
¿Qué sucedería si la próxima Presidenta es Beatriz Sánchez y ella nombra como Ministra del Interior a una de sus primas más queridas?
Mientras los medios de comunicación bombardeaban con imágenes del carnaval, viaductos y puentes se desmoronaban por falta de mantención
Los procesos de integración de América Latina y el Caribe, que en los últimos quince años dieron un salto cualitativo notable con la formación de la Alternativa Bolivariana de las Américas (ALBA), Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), se encuentran en este 2018 en la encrucijada para definir su destino en medio de una disputa que enfrenta el dilema histórico en un cuadro geopolítico mundial de alta complejidad: unidos o dominados los países y pueblos de la región.
Este año, 2018, cumplo 15 años de haber emprendido lo que ha resultado ser un viaje al verdadero corazón de Venezuela. No me sorprende que este viaje se haya llevado a cabo íntegramente fuera de sus límites territoriales, ausente del contacto físico con su geografía y su diario quehacer. Intuía, antes de salir de Venezuela, que la manera de llegarle a su verdadero corazón era abandonar lo que ya era su caricatura para ir a encontrar, desde una depuradora distancia, la verdadera Venezuela.
Desde que los sectores populares desbordaron los centros de encierro y de ese modo neutralizaron las sociedades disciplinarias, el gran desorden social que sobrevino impulsó la búsqueda de nuevas formas con el fin de controlar grandes aglomeraciones humanas para, de esa manera, recuperar la capacidad de gobernarlas. Sin ello, cualquier sistema, y en particular éste basado en la explotación y la opresión, naufragarían en un caos profundo.