
Es imposible calcular el peso de la represión que ha caído sobre él. Las armas de la guerra para combatirlo y para aplastarlo. Los kilos de papel y tinta que diariamente se han gastado, en los últimos ciento cincuenta años, para sepultarlo. Las ondas radiales y televisivas, reiteradas a cada minuto para culparlo de todos los males de este mundo. Hasta se ha hecho el esfuerzo “teórico” para equipararlo con el nazismo y la Santa Inquisición en sus supuestos métodos. Se ha inventado incluso, y repetido sin cesar, que uno de sus más insignes seguidores fue el autor de “el fin justifica los medios” Maquiavelo) y de “mentid, mentid, que algo queda” (Goebbels). En general sus muertos ilustres han sido excluidos, perseguidos, torturados y asesinados por rebeldes y terroristas, por antipatriotas y vendidos al oro extranjero. Por criminales han sido degollados e incinerados vivos, en países como el nuestro donde nunca ellos hicieron cosas semejantes.
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