
Cuando Sebastián Piñera viajó a Estados Unidos y llevó de obsequio a Trump una bandera del imperio, donde aparecía la nuestra en un tímido rinconcito, se selló la sociedad entre estos dos empresarios. Meses de camaradería, cartas enternecedoras de por medio y promesas de fidelidad, concluían ante la mirada complaciente de ambos gobiernos. Sonaron a arrebato las campanas de colegios, catedrales, las sirenas de ambulancias, bomberos y de los buques surtos en la bahía. Desde hacía siglos no se recordaba de la constitución de una sociedad de tantos pergaminos, linaje y calidad de socios. Ambos empresarios exhibían títulos de nobleza y de provenir de familias por siglos afincadas en América. ¿Qué más pedir en países donde no hay monarquía? A la constitución de la empresa, asistió la elite de ambos países, donde también había reyes europeos en ejercicio, otros en forzado exilio y presidentes designados, nadie sabe por quién. De manera espontánea, sin ser acarreados como borregos para gritar, los habitantes de ambos pueblos salieron enfervorizados a la calle. Desde que se firmó el armisticio al concluir la segunda guerra mundial, no se recordaba celebración semejante. Las bendiciones y parabienes llegaban de los lugares más remotos de la tierra. En la ceremonia se escuchó la marcha triunfal de la ópera Aída de Verdi, las nupciales de Mendelshon y Mozart. Todo indicaba que la unión se había consumado, sin que nadie la calificara de espuria o de conveniencia. Es cierto que, el conocimiento de los amigos había sido apresurado, breve, al decir de los entendidos, pero las ansias de ellos por unir sus intereses económicos, superaban toda clase de obstáculos y falencias.
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