Una institución privada chilena se ostenta como dueña absoluta de la herencia de Pablo Neruda. Los inmuebles, las regalías de su obra y hasta el nombre de la pluma comercializada en conmemoración del poeta son controlados por la Fundación Pablo Neruda, dirigida por un personaje de antecedentes inciertos e intenciones oscuras. La fundación benéfica y sin fines de lucro que en sus últimos días el poeta soñó como un paraíso para artistas y científicos, y como un oasis para los mineros, quedó reducida a una opaca empresa que incluso “cede” el nombre de Neruda para que se lo pongan a vinos, chocolates, salas de espera u hoteles.
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