
E l más irreparable de todos los destinos, un padre sirio que perdió a su hijito porque no lo pudo salvar de la volcadura del bote en el que iban frente a las playas europeas, fue la escena que despertó por unos días a una parte –la parte minoritaria, si no me equivoco– de la conciencia europea frente a los saldos de su propia política en África y el Cercano Oriente en las últimas décadas. La estampida reciente de migrantes que intentó cruzar el Mediterráneo o ingresar a través de los Balcanes es el corolario no sólo de un sinnúmero de intervenciones dedicadas a propiciar guerras civiles en una decena de países (Siria, Irak, Afganistán, Yemen, Siria, El Congo en estos días, entre otros), sino una forma peculiar en que los países industrializados aseguran una de sus principales fuentes de bienestar para sus poblaciones.








