Sentada en un vagón del Metro, me es inevitable levantar la vista cuando paso por la estación de Gamla Stan. Ahí, a la salida del túnel, me encuentro cara a cara con esta ciudad que flota en el agua. Pero el reflejo del desarrollo y las luces de Estocolmo no delatan los rincones sucios que se esconden entre callejuelas retorcidas, extendiéndose como venitas por toda la ciudad. Lo que ocurre bajo tierra, sobre los techos o en la cocina de un restaurant cualquiera a veces pasa inadvertido, y existe la necesidad de generar discusión sobre lo que está pasando en la sociedad en que vivimos. Hay que hablar sobre el uso y abuso que se hace de la mano de obra de personas sin permiso de residencia en Suecia.
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