¿Quién podría desmentir lo obvio? Fernando Villegas es una vieja menopaúsica; en su caso no cabría hablar de andropausia, pues, aun cuando posee órganos masculinos, su performance televisiva, por lo general, responde mucho mejor al estereotipo de esa dama añosa y mañosa; cursi y miradora en menos, que tan bien representa al arribismo criollo. Y no cualquiera. Villegas está rodeado de ese halo de mañas que se ‘perfeccionan’ con los años: se vuelve más tolerante con las cosas que antes lo agobiaban, como el libertinaje sexual y las injusticias del capitalismo, y mucho más intolerante con aquello que pasa frente a sus narices como diverso y difuso, y por tanto, peligroso, como lo popular y lo folclórico; mucho más intolerante con los márgenes políticos y la disidencia.
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