
“No es fácil ser un hombre estos días” me comentaba en un tono un tanto quejoso un amigo más o menos coetáneo. Aclaro esto de la edad, porque para los más jóvenes probablemente los límites a las expresiones de machismo deberían estar ahora un poco más claros. Para quienes vivimos nuestra juventud en otros tiempos, esos límites –si bien estaban presentes, más por convención que por normas escritas– eran bastante flexibles y no era extraño traspasarlos, porque las consecuencias eran inexistentes o sin importancia. La cosificación del cuerpo femenino, por ejemplo, era una práctica avalada por la normatividad social: chistes, canciones y publicaciones las reforzaban.

Aguantó nueve siglos en pie; sobrevivió a la guerra de los Cien Años, a la Revolución francesa, a la comuna de París y a dos guerras mundiales. Jamás sufrió un incendio, salvo en la ficción de Victor Hugo. Y ahora, en abril de 2019, entre algoritmos y drones, ha ardido como una cerilla en pocos minutos, ¡y sin motivo!
El Salar de Yungay, en pleno desierto de Atacama, es catalogado por científicos como uno de los sitios más similares a Marte en la Tierra por sus condiciones de aridez, sequedad y extrema radiación solar.
Una colaboración internacional de ocho radiotelescopios terrestres que operan en el marco de una colaboración internacional, el Event Horizon Telescope (EHT), permitió obtener la primera imagen de un agujero negro.
¿Cómo se vive el proceso de descubrir que tu identidad de género no corresponde a tu sexo corporal? El libro Este cuerpo, ¿es mío? del periodista Felipe Ramírez publicado por Editorial Forja, recoge el testimonio de hombres, mujeres y madres de niños trans que han vivido este transitar y que hoy luchan, para que el Congreso Nacional apruebe la Ley de Identidad de Género.