{mosimage}Patricios y plebeyos quieren comerse vivos a los miembros de la secta de la flecha roja. Dicen amarlos, pero todos quieren sólo sus votos en los comicios, para enviarlos, posteriormente, al basurero de la historia. Julio César, profesor Lagos, es un hábil político y sabe muy bien que sin el apoyo de los niños demócrata cristianos, el largo reinado de la transacción sin parar moriría. La plebe siempre ha sido cruel y dominada por las bajas pasiones: cuando apareció en el circo romano la pobre madre superiora, Carmencita Frei, ataviada con el traje blanco de los condenados y rezando a su padre, San Eduardo, para que la ayudara en terrible trance, los proletarios lanzaron monstruosos denuestos en su contra. El gladiador masón, radical y bombero la enrolló en la red y, pisándola, pidió al público su muerte política: todos bajaron el dedo índice para enviarla al cielo de los derrotados.
En el Coliseo de la Capital un enanito, llamado Andrés Zaldívar, sacando las fuerzas que le dan los años de gladiador, enfrentó al ateo, un médico farandulero y combatiente, llamado Guido Girardi, que de una zancadilla envió a la lona al chico. Ni tan siquiera sus ruegos a la alta protectora mamá, que siempre meció en los buenos y malos momentos, le sirvió para salvarse de los herejes de la plebe. En el lluvioso sur, el hereje marxista, Camilo Escalona, hizo pebre al pobre cristiano de la flecha roja Sergio Páez.
Julio César profesor Lagos, la princesa Michelle, Lúculo Piñera y Catilina Jerry Lewis Lavín no pueden comprender la imbecilidad de la plebe que, en Chilelandia, los llaman ciudadanos. Sin la secta de la flecha roja, por muy famélica y miserable que se encuentre ahora, es imposible ser emperatriz o emperador. Como saben que en pocos siglos más Constantino soñará con la Cruz y esta flecha se convertirá en la religión del imperio, llenan de ofrendas y ceremonias a los perseguidos de la plebe para lograr atraerlos a su bando.
Incluso, el millonario Lúculo, siguiendo las enseñanzas del dulce divino Maestro, está dispuesto a dejar todos sus bienes, incluidas las acciones de la bolsa para seguirlo, a pata pelada, por las cálidas e inhóspitas rutas de Galilea. La agnóstica Michelle ha prometido asistir a misa todos los primeros viernes y cambiar sus horribles y herejes trajes africanos por trajes de penitente, a imitación de la Virgen de Lourdes. Pero hagan lo que hagan, la declinación de la secta de la flecha roja es inevitable.