Una bandera perforada

Cuando la supremacía de Michelle Bachelet en las encuestas parecía imbatible, la derecha se vio en el dilema de reinventar su opción presidencial. Aunque Lavín estaba a esas alturas desgastado, no era cuestión de sacarlo abruptamente del cuadro, porque la base de su capital podía redituar todavía algunos dividendos. Se acudió, entonces, a la fórmula de una dupla con Sebastián Piñera.

Fue uno de los partidos de la derecha, Renovación Nacional, el que la impuso. Si la operación no tuvo la aquiescencia previa de los poderes fácticos, al menos ellos no interfirieron y la otra rama del tronco político derechista, la UDI, dio algunas muestras de comprensión ante el hecho consumado. El propio Lavín explicitó los posibles beneficios de la nueva sociedad así constituida. Sólo que su esperanza que le tocara a él representar a la Alianza en la segunda vuelta no se cumplió.

Más allá de su sacrificio personal, el candidato gremialista demostró anoche, al lado de su socio triunfante, que su mesianismo es por la causa de la derecha. No parecen sentirlo así el estratega Novoa y el guerrero Longueira,  seguramente porque presienten que una sociedad con Piñera a la cabeza no será fácil. Son ellos dos los encargados de implementar el proyecto histórico de la “derecha popular”, que poco tiene que ver con el del “liberalismo de centro” del arremetedor empresario.

Ahora éste último tiene que acentuar su exitosa estrategia de perforar el centro político y convocar más ampliamente al “humanismo cristiano”. Ya avanzó bastante en el primer round, quitándole a Bachelet 5,59 puntos de la marca que la Concertación logró a nivel parlamentario. Su desafío de acrecentar esa brecha frente a la candidata “socialista”, como insistirá en llamarla, será también una manera de recuperar los votos populares del lavinismo que no lograra retener.

Si algo quedó de los análisis y encuestas de antes del 11 de diciembre es que los votos de los dos candidatos de la Alianza no son sumables automáticamente, porque ambos proyectan imágenes políticas y personales distintas.

Por estos y otros factores, la del 15 de enero próximo es una elección diferente y así como la derecha se reinventó en el otoño pasado ahora, en este verano, deberá readecuarse ante una Concertación que ve la comprobación de un hecho: que si bien funciona poderosamente en la arena parlamentaria, al levantar su abanderado presidencial una parte de su electorado tiende a fugarse hacia la izquierda (Frei) o la derecha (Lagos y Bachelet). Es posible que después del 11 de marzo comience una readecuación, si no un rediseño, de los actuales esquemas partidistas y de alianzas.