Como viene ocurriendo en todas las elecciones, la decisión de una gran cantidad de chilenos volverá a pasar inadvertida. Partidos y candidatos sacarán cuentas alegres sobre los “votos válidamente emitidos” y se dispondrán a seguir gobernando sin mayor consideración de lo que el país quiere y siente.
Sin embargo, los que no se inscribieron en los registros electorales, los que anularon su voto o entregaron la papeleta en blanco volverán a ser más que el partido ganador. Culminará, así, un nuevo proceso electoral sin que los políticos resuelvan a favor de la ciudadanía automática, el derecho a voto de quienes viven en el extranjero o si el sufragio se deja a voluntad de quienes quieran realmente manifestar su preferencia.
Al mismo tiempo, una enorme mayoría de candidatos se repetirá el plato en el parlamento y en los cargos de confianza de lo que se denomina “servicio público”, antecedidos por una propaganda multimillonaria que antes y durante la campaña presidencial y parlamentaria excedió los límites de gasto definidos por la Ley que lo propios políticos aprobaron y dejaron vulnerable a trampear.
Se nos dirá, nuevamente, que la abstención, la apatía y la falta de transparencia en los recursos de campaña son características de todas las democracias modernas. Que ocurre lo mismo en Europa, Estados Unidos y América Latina, mientras que en buena parte del mundo ni siquiera existe la posibilidad de sufragar. El mal de muchos, volverá a servir de consuelo para la autodenominada “clase política”, los partidos fantasmas y los políticos apoltronados en las instituciones del estado y las empresas públicas. A excepción de una mínima cantidad de ellos que por “fatiga de material” o sorpresa electoral saldrán a descansar o a reciclarse a nuestras embajadas.
Sin embargo, poco hay de cierto en aquello de que todas las democracias modernas se comportan todas así. Más bien es una verdadera argucia retórica de nuestros políticos y analistas. Porque –si bien es cierto que los índices de abstención son altos en la mayor parte de las democracias- es evidente que en otros países los ciudadanos cuentan con instancias de participación y expresión muchas veces más certeros que concurrir a votar.
Desde luego en las democracias europeas, los ciudadanos no sólo pueden elegir a sus representantes sino definir con su voto o su decisión plebiscitada sobre las políticas comunales y nacionales que tocan directamente a su trabajo, salud , educación y otros temas que realmente interesan a su vida cotidiana. De esta manera, pueden efectivamente, dejar pasar las elecciones presidenciales o parlamentarias, pero están totalmente ciertos que los elegidos dependerán muchísimo de lo que ellos decidan y controlen. La diferencia es que aquí en Chile a los electos se les entrega un cheque en blanco, de tal manera que en La Moneda o el Parlamento puedan hacer caso omiso a todo lo que prometieron durante sus candidaturas. De esta forma se explica que el sistema económico y social se mantenga prácticamente inalterable desde la Dictadura y que la Constitución y otras leyes políticas se modifiquen o implementen con exasperante lentitud.
Los ciudadanos de las democracias serias tienen también sindicatos y asociaciones civiles que durante todo el año defienden sus intereses y son considerados por las autoridades al momento de tomar decisiones. En Chile, sabemos que la inmensa mayoría de los trabajadores no tiene afiliación y que resulta una novedad que las autoridades reciban, entre otras, a las organizaciones gremiales, medioambientales o de derechos humanos. Para muestra, acordémonos solamente de todo el tiempo que medio para que la directiva de la propia Asociación Nacional de empleados Fiscales fuera recibida por los ministros del área económica.
Las democracias consolidadas tienen, además, grandes medios de comunicación que sirven a la diversidad, a la conciencia de la ciudadanía y a la posibilidad de vigilar a las autoridades, desnudar su inconsecuencia y frenar la corrupción. En nuestro país, en cambio, la gran prensa es financiada desde el Estado y los grupos fácticos, integra la cúpula gobernante y se muestra completamente renuente a los cambios y la profundización de la democracia.
Asume, con los políticos, que no es bueno que voten todos. Se beneficia, con ellos, de un sistema electoral acotado. En que los disidentes no caben y los cambios son sólo cosméticos y dentro de los lineamientos ideológicos fundados por aquella dictadura que ha sobrevivido más tiempo del que gobernó.