El yo acuso de Harold Pinter

En su discurso de aceptación de su Premio Nobel de literatura, esta semana, el británico Harold Pinter sentó a Estados Unidos en el banquillo de los acusados. El dramaturgo, impedido de viajar a Estocolmo por un cáncer, envió su alocución vía video.

Como tantos escritores Pinter, un maestro de la ironía,  elucubró sobre el significado del lenguaje. Se preguntó, retóricamente, si existía  la verdad. Una pregunta que no respondió como artista pero si como ciudadano. En esta última condición señaló: “Como cada persona aquí sabe, la justificación para la invasión de Irak fue que Saddam Hussein disponía de armas de destrucción masiva (…) Se nos aseguró que esa era la verdad. No era  verdad.(…) Se nos dijo que Irak amenazaba la seguridad del mundo. Se nos aseguró que era la verdad. No era verdad. (…) La verdad es algo completamente diferente. La verdad tiene que ver como Estados Unidos entiende su papel en el mundo y como elige cumplirlo”.

Al respecto Pinter evocó, en su discurso, una visita a la embajada de Estados Unidos en Londres en los `80. Allí, junto a otros, plantearon su  preocupación por lo que ocurría en Nicaragua. Uno de los presentes era el sacerdote John Metcalf que contó sus vivencias: Señor, yo estoy a cargo de una parroquia en el norte de Nicaragua. Mis parroquianos construyeron un colegio, un dispensario y un centro cultural. Vivíamos en paz hasta que hace algunos meses los “contras” atacaron la parroquia. Lo destruyeron todo: colegio, dispensario y el centro cultural. Violaron a las monjas y profesoras, mataron a los doctores, de la manera más brutal. Actuaron como salvajes. Por favor pídale al gobierno de Estados Unidos que retire su apoyo a esta actividad terrorista”.

Pinter evoca: “Raymond Seitz ( el segundo hombre de la embajada) tenía una buena reputación de hombre racional, responsable y sofisticado. Gozaba de gran respeto en círculos diplomáticos. El escuchó, hizo una pausa y luego dijo: Padre, deje que le diga algo. En las guerras, gente inocente siempre sufre. Se produjo un profundo silencio. Todos lo mirabamos. El no se inmutó. (…) A la salida un funcionario de la embajada me dijo que apreciaba mis obras de teatro. Yo no respondí nada.”

El laureado autor extendió sus ataques al Primer Ministro británico Tony Blair que a su juicio debía ser llevado ante un tribunal internacional. En el clásico humor cáustico que ha deleitado a millones de audiencias  impostó algunas líneas atribuibles al Presidente George W. Bush: “ Mi Dios es bueno. El Dios de Bin Laden es malo. El suyo es un Dios malo. El Dios de Saddam era malo  con  el agravante que no tenía uno. El era un barbaro. Nosotros no somos bárbaros”. Así es Pinter, un hombre que no teme decir la verdad como la percibe. Sea a nivel de la política mundial o hurgando los mas dolorosos dobleces del alma. Es esa honestidad a toda prueba la que le ha ganado tanto respeto y el Nobel.