{mosimage}Daniel López fue uno de los mejores actores chilenos. Actualmente jubilado, a sus noventa años, es famoso por su capacidad para engañar a honestas familias chilenas: siempre se disfraza de un buen y religioso padre de familia para llevar a cabo sus famosos fraudes. Hace unos días, dos probos jueces chilenos han iniciado sendos procesos por asesinatos y estafas; nuestro actor está preso en una jaula de oro, pero se prepara para dar un concierto de piano a dos manos en presencia de funcionarios del Registro Civil. Como en Tontilandia, forma de definir a Chile del gran periodista Genaro Prieto, la igualdad ante la ley es sólo una frase piadosa: jamás los ricos y estafadores sufren la suerte de los pobres lanzas.
Daniel López cumplió noventa años el 25 de noviembre; las fiestas anteriores eran verdaderos fuegos de artificio, algo así como “la música del agua”; una banda de bigotudos militares tocaban la marcha nazi Lily Marlene y miles de pateros y orejeros abrazaban a su benemérito patriarca. La última fiesta fue de lo más ordinaria: un conjunto de reaccionarios mariachis le cantaron Las mañanitas y El rey y, entre las escasas visitas, destacaron el galán setentón general Garín, su fiel empleado Luis Cortés Villa, la boca de Angelito Patricia Maldonado y el nunca bien ponderado guatón Moreira.
El anciano dictador perfectamente conciente se atrevió a preguntar qué pasó con su séquito de sacristanes, dónde está el pajarito Joaco Lavín, quien, al parecer, se puso un par de alas para volar rápidamente de tan desagradable y comprometedora compañía. El huaso Cardemil no aportó sus ricos arrollados de chancho ni preparó un rodeo; el negro Romero, presidente del senado, prefirió probar los ricos manjares de Lúculo Piñera; el marqués, Sergio Díez, poseído por síndrome del olvido que algunos llaman reconciliación, simplemente pasó por alto tan magna fecha; el académico de las universidades privadas pinochetistas Francisco Javier Cuadra está demasiado triste para participar en fiestas de cumpleaños; los empresarios privados cambiaron el amor por el patriarca por el embobamiento ante la genialidad de Julio César Lagos.
Chile es el país ideal para que los distintos personajes representen la obra El Tartufo, pues el tartufismo es el deporte predilecto de los tontilandeses: se abre el telón y aparece Augusto José Ramón vestido de humilde franciscano, con su piel lacerada por el silicio que usa todas las noches para implorar la condescendencia de los poderosos dioses marxistas: Tartufo es el general que siempre le dice “amén” a sus jefes Salvador Allende, José Tohá y Carlos Prat. Tartufo está siempre disponible para llamar a retiro a los generales rebeldes, Bonilla y Arellano e, incluso, prepara el plan de defensa de la zona sur de Santiago. Augusto José Ramón es un poco tontuelo e inculto, pero “leal y Honrado”, pensaba la ingenua familia de la UP. Cuenta Carlos Jorquera que, en pleno combate en La Moneda, el más digno de los presidentes de Chile estaba preocupado por la vida del hipócrita Tartufo.
Por medio del terror, el cobarde y aterrado dictador logró mantenerse por 17 años, en los cuales asesinó, torturó, exilió y robó a destajo: nada más paralizante que el miedo. Al fin, en 1988, perdió un plebiscito, pero con la asesoría de un ángel gafufo, Jaime Guzmán, logró dejar atados, y bien atados, a los nuevos poderosos de la Concertación. Usted no puede vivir sin mi repetía tartufo a don Patricio Aylwin; yo, como comandante en jefe, puedo tener tranquilos a los militares si no me molestan por juicios de derechos humanos. Tartufo está feliz: ahora puede viajar por todo el mundo –con mis ahorros de toda una vida- qué importa si me reciben mal en Ecuador, Europa u otros países. Para eso están los niños de la Concertación, que me defenderán con pasión; total, se han convertido, en cierta manera, en los continuadores de mi magna obra. También puedo, con unas copitas de más, insultar al general en jefe del ejército alemán si me molestan con los cheques de mi hijo en relación con Famae, agrupo a mi ejército para unos ejercicios de enlace o boinazos que los haga tiritar de miedo y copar los baños de La Moneda.
Daniel López está feliz: ganó Lázaro Frei, a quien sólo le interesa la modernidad y el desarrollo, no importa la equidad y, además, como es inteligente, no está dispuesto a recibir a los abogados de derechos humanos ni a la porfiada comunista Sola Sierra. El ministro de Defensa es un caballero: Edmundo Pérez Yoma no tiene nada que ver con el roto de Patricio Rojas; podemos tomar té juntos y conversar de tanques pesados. Un buen día, Tartufo, llorando, dejó la comandancia en jefe y quiso ser senador vitalicio; así me protegeré de los malditos comunistas.
Pero como siempre hay diputados probos y valientes, éstos se atrevieron a presentar una acusación constitucional para impedir que asumiera tan importante cargo de la república. Los prohombres de la Concertación se desesperaron y movieron el cielo y la tierra para evitar el triunfo en esta acusación: el presidente Aylwin reconoció la invaluable colaboración de Augusto José Ramón Pinochet. Para Enrique Correa, el ejercicio de enlace no puso nunca en peligro la democracia: ¿cuáles son los cargos contra Tartufo? Varios diputados y senadores, especialmente en la Democracia Cristiana, adhirieron al discurso de estos insignes patriotas. El entonces diputado Ignacio Walker, en una jeringonza, más ininteligible que la canción de la pequeña Kristel, explicó lo inexplicable: que las víctimas salven a los victimarios, que el degollado abrace a su verdugo.
Tartufo es un viajero empedernido: se le ocurrió visitar a la pérfida Albión. Ahí cayó en la trampa, urdida por el juez Baltasar Garzón. Pero como a Daniel López no le falta Dios, cuando estaba a punto de ser enviado a España, Lázaro Frei y su ministro Tobi Insulza lo salvaron pretextando que estaba “gagá” y que en Chile iba a ser juzgado, ajustado a Estado de derecho. Tartufo no ha podido evitar la vejez y un honesto y valiente juez, Juan Guzmán, sin hacer caso a las presiones, lo procesó por la Operación Cóndor. Lo demás, es conocido: cada vez que estaba en peligro, Tartufo se hospitalizaba y, como actor consumado, lograba convencer a los médicos y sicólogos de su estado catatónico. Pobre viejito, decían, hasta cuándo lo molestan. Para colmo de males, una comisión seria e independiente, como la del senado norteamericano, investigando el lavado de dinero, descubrió las cuentas secretas del Banco Riggs, hazaña impensable en el senado chileno, dominado por senadores acomodaticios y vitalicios; este fue el momento en el cual todos sus sacristanes lo abandonaron e, incluso, el pajarito Lavín aseguró que de haber sabido esto hubiera votado por el NO: una cosa es lanzar al mar a los marxistas y otra, muy distinta, enriquecerse con la plata fiscal.
El pobre Moliere se escondió en un rincón del Palacio de Versalles: Luis XIV está indignado, cómo se le ocurre a Jean Baptista presentar una obra tan mala en la cual el personaje principal sólo dice, ante cada acusación del Mamo Contreras: “no es verdad, y si es verdad, no me acuerdo”. Sólo los tontilandeses le creen. Poquelin, descubierto por los niños de la DINA del rey Sol, cuando le iban a introducir los electrodos en cierta parte, gritó: “yo no soy el autor, es un maldito plagiario plumario llamado Rafael Gumucio que, por escribir tantas estulticias, merece caer en el fuego eterno del olvido tontilandés. Es decir, la reconciliación.
