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Agosto 18, 2026

Augustos y Agustines

En los últimos días, Mónica Echeverría y Diamela Eltit, nuevamente, nos han deleitado con sus plumas en CARA Y SELLO y  PUñO Y LETRA. Mónica, reiterándonos su preferencia por las irreverentes, nos cuenta la lucha de Sonia Edwards por sobrevivir como persona dentro de su familia, uno de los poderes fácticos más poderosos y abominables de la historia de Chile.

Su vida tratando de liberarse del dominio de su hermano Agustín Edwards El Quinto, el que le arrebató y ocultó a su hija recién nacida y que más tarde se negara a pagar el rescate de su propio hijo. El mismo que la escupió cuando se enteró que quería vender sus acciones de El Mercurio al Estado de Chile en tiempos de la Unidad Popular. Mónica recuerda el hecho en estas palabras de Sonia: “Por lo demás, esas acciones que yo creo que son mías o de los herederos de mi hermana Marisol, están en manos de Agustín hace mucho tiempo, y un sudor frío recorre todo mi cuerpo, él me lanza un escupo y se retira dejándome a solas”.

Agustín El Quinto, el que comenzó a financiar el derrocamiento de Salvador Allende desde que éste postulara  a la Presidencia contra Eduardo Frei Montalva, el que corrió a rogar a los Estados Unidos que intervinieran  nuestro país cuando triunfó la Unidad Popular. El que, ahora, mientras financia Paz Ciudadana para, desde allí, convencer a los civiles a aumentar la represión contra los “rotos”, es recordado en la novela con frases como éstas: “Sin mí los chilenos habrían sido incapaces de convencer a Kissinger de intervenir en el Gobierno de Allende. Y sin mi influencia posterior ¿habría tenido el régimen de Pinochet el apoyo que tuvo y los Chicago Boys el éxito que tuvieron?”

Mónica en su “novela de facto” recorre la historia de sedición de la dinastía Edwards siempre a cargo de un Agustín y dedica su obra a Sonia, a “la más bella, la más rica, la más sufriente”, a esta mujer personaje inolvidable, que trató, contra viento y marea, de involucrarse en el cambio social, con los niños desvalidos y, a la hora de su muerte, desprendiéndose de todo lo terrenal que la rodeaba.

La que fracasó en sus intentos de contribuir a la creación de un Chile mejor, como les ha ocurrido a los que se han opuesto a las dinastías. Como le ocurrió al General Prats, que sólo quiso respetar la Constitución de la República, por lo que fue asesinado de la manera más cruel. Asesinato por la venganza de un Augusto, nos relata Diamela, al que ya no hacía ningún daño, puesto que sólo esperaba la renovación de su pasaporte para salir a Europa. Pero, la Embajada Chilena negaba los pasaportes a los chilenos “peligrosos” en la Argentina. Les negaba un derecho constitucional, engañándolos, pidiéndoles hipócritamente que esperaran, mientras les montaban operaciones terroristas o los hacían encarcelar por la  Policía Argentina.

Diamela desmitifica al asesino Enrique Arancibia Clavel quien se las había venido arreglando para vender la imagen heroica de militar que “sólo cumplía órdenes superiores”.

Sin embargo, nunca terminó la Escuela Militar, la abandonó con estudios incompletos para dedicarse de lleno a la carrera sediciosa, vocación en la que coincidía con los Agustines Edwards de todas las generaciones. Como la emprendida por Agustín Edwards Ross contra el Presidente José Manuel Balmaceda, por Agustín El Tercero contra Pedro Aguirre Cerda y Agustín El Quinto contra Salvador Allende.

García Clavel, con esta vocación, pero sin tener intereses económicos que defender, comenzó su oscuro curriculum con la participación en el asesinato del General René Schneider, que lo llevó a huir de Chile y regresar el 11 de septiembre de 1973 para ponerse al servicio del terrorismo de Estado. Fue recibido  con los brazos abiertos por Manuel Contreras a quien no le importaba que éste hubiese sido uno de los asesinos de un Comandante en Jefe en tiempos de paz.
Tampoco ello importó a los Chicago Boys, ni a los supernumerarios del Opus Dei, o los Legionarios de Cristo, quienes nunca han abierto la boca para cuestionar a las FFAA por contratar a estos personajes, dedicados al asesinato y al romance con vedettos, mientras operaban en Buenos Aires con la cobertura de la Embajada Chilena y empresas del Estado como Lan Chile y el Banco del Estado.

Una de las primeras misiones de este sujeto fue la Operación Columbo, mediante la cual la DINA quiso hacer creer que 119 detenidos desaparecidos habían viajado a la Argentina para allí pelearse y matarse. Se usaron cadáveres de argentinos asesinados por la policía de ese país para hacerlos pasar por los desaparecidos chilenos que se encontraban en dicha lista. Así, padres chilenos fueron sometidos a la tortura de ir a buscar a sus hijos entre cadáveres extraños, pero su voz nunca fue escuchada para desmentir la infamia.

Agustín El Quinto, como de costumbre, dirigía desde sus medios estas acciones y La Segunda en un titular proclamaba que los extremistas habían viajado a la Argentina para  “matarse como ratas”.
Arancibia Clavel cumplía las órdenes ilegales, en una guerra inexistente, de un Augusto, y también de un Agustín, de asesinar a militares desarmados, pero nadie lo obligó. El se ofreció sin que nadie lo invitara ni lo requiriera especialmente, ya que después de 1973 era fácil encontrar asesinos a sueldo.

Las dos novelas dejan el sabor amargo de la impotencia de saber hasta qué punto unos pocos han regido, y siguen rigiendo ahora más que nunca, nuestros destinos. Mónica con la tristeza de una vida como la de Sonia, que por su belleza interior  pudo ser grande. Diamela con la vergüenza de la crueldad de un régimen aún apoyado por chilenos en la candidatura de Lavín.
Ambas tocan el año 1973, el año que nos dejó a todos heridos y también a Mónica, Sonia y Diamela, quien  lo siente así:

“Mi cuerpo crónico, a partir de ese año, ya no tuvo cura. Arrastro la cicatriz que encubre la herida moral que me atravesó el alma de manera irreversible”.

Mujeres, leamos a Diamela y Mónica. No por ser mujeres, sino por ser irreverentes.