Comparto profundamente el dolor de esta familia. Pero otra cosa es observar el carácter clasista, una vez y otra vez más, de nuestra prensa, elaborada por profesionales esencialmente clasistas. Jóvenes y adolescentes deprimidos y angustiados pueden desaparecer todas las semanas de las poblaciones de las ciudades chilenas, pero se trata de chicos sencillos, también estudiantes, que no ostentan título ni rancio apellido.
Hace poco menos de un año la prensa levantó otro evento similar cuando desapareció en Tailandia por el tsunami la hija de Alan Cooper. Hubo, sin embargo, un matiz: se trataba de la chilenización de una tragedia global, o también, de nuestra integración y participación en un evento mediático global (que era también una tragedia global).
El caso de Santiago Errázuriz no está relacionado con nada propiamente noticioso. No tiene una relevancia social ni política, no se trata tampoco de un caso policial –creemos- ni de un hecho extraño o misterioso. Lo único que ha mutado esta tragedia en noticia es el carácter clasista de nuestra sociedad, el que está amplificado por los medios. Podemos incluso decir que nuestra prensa no sólo reproduce esta condición, sino alimenta el clasismo en la sociedad chilena.
Pero hay otro fenómeno deformado en estos medios: es su esencia irreflexiva, o la actitud de rebaño. No siguen la información, sino la noticia que tiene otro medio. No actúan por reflexión, sino por mimesis. Aquí no hay realidades, sino noticias, que son eventos ya formateados y previamente elaborados. Tampoco hay información, porque es espectáculo, que es la información entendida como un mero producto. Y el producto es también, bien sabemos, mercancía.
