Recordemos que la salmonicultura se desarrolla en aguas chilenas, o sea, pertenecientes a todos los chilenos, incluidas las ONG’s, y que por tanto, cualquier ciudadano tiene absoluta libertad de expresar sus preocupaciones, especialmente si son fundadas.
Está claro que los salmones se alimentan en gran parte de harina y aceite de pescado que se produce de peces pelágicos (anchoveta, jurel, sardinas) que habitan (aún) en aguas chilenas. También está claro que para producir un Kg. de salmón en Chile, éste debe consumir entre 2.9 y 4.2 Kg. de peces pelágicos (Albert Tacon, 2005). Por tanto, se están sobre-explotando los recursos pesqueros pertenecientes a todos los chilenos para, en parte, alimentar a una industria que deja solamente alrededor del 5% de su producción en el país para el consumo doméstico.
También podemos detallar problemas tales como el incontrolado e insostenible aporte orgánico que producen los salmónidos en cultivos intensivos que solamente en el año 2002 descargaron fecas en las aguas aledañas a Chiloé y Puerto Montt equivalentes a los desechos orgánicos generados por 3 millones de habitantes.
Otra preocupación fundada es la amenaza que la salmonicultura representa para otras especies de gran valor biológico, como los corales de agua fría que habitan los fiordos de la XIª región de Aysén, y que están bajo amenaza por los cambios ecosistémicos que provoca la salmonicultura. También está comprobado (en un estudio de Doris Soto, Fernando Jara y Carlos Moreno publicado el año 2001 en la revista Ecological Applications) que los salmónidos que se escapan de las jaulas en el sur de nuestro país presentan una amenaza a especies nativas de crustáceos y peces tales como la merluza, el jurel y la huaica.
Ante esta evidencia, no queda más que aceptar los impactos ambientales que esta industria provoca y asumirlas. Solamente así se puede caminar hacia el cultivo sustentable de salmónidos.
*Fundación Terram
