Es una paradoja que sean dos representantes de la elite quienes enciendan una luz roja sobre las consecuencias negativas de la concentración del poder en Chile. Aunque estas entrevistas no contienen elementos novedosos, el hecho de que estas opiniones críticas provengan de dos importantes líderes de la derecha empresarial y política les otorga una importancia especial. Y quizá podría estimular a dar su opinión a otros sectores intelectuales, de dirigentes sociales, e incluso de políticos de la Concertación.
La exigencia de crear coaliciones permanentes de partidos ha debilitado la identidad de éstos, y los ha obligado a potenciar sus acuerdos, minimizando sus legítimas diferencias. A la vez, ha estimulado la constitución de un amplio espacio de luchas de poder y hegemonía dentro de cada coalición. Esto hace que, en gran medida, la actividad política en Chile consista en los conflictos entre los partidos que forman cada bloque; los cuales carecen de mecanismos para ser resueltos.
Empobrece el debate público, pues dentro de cada coalición éste debe limitarse para mantener la cohesión básica. Cada una de ellas debe realizar una oferta política amplia e imprecisa, generalmente compuesta de eslóganes ambiguos, creados por especialistas en marketing político, para atraer la mayoría heterogénea de votantes.
Restringe el pluralismo político, puesto que de hecho excluye a los partidos que no pertenecen a las coaliciones; y dificulta enormemente la creación de nuevos partidos, y los que no forman parte de las coaliciones están casi imposibilitados de elegir representantes. Se produce así un congelamiento del cuadro partidario, y con ello disminuye las posibilidades de representación política, en una sociedad crecientemente diferenciada y diversa.
Asegura la elección de al menos un candidato de la coalición mayoritaria en cada circunscripción, por eso se asemeja más a un sistema de designación de parlamentarios que de elección de representantes. Este binominalismo es, en gran medida, el responsable del creciente desencanto de la democracia, y el aumento de la apatía política, especialmente en los jóvenes. Como ha dicho el historiador Rafael Gumucio, las elites políticas aprobaron la eliminación los senadores designados porque el sistema binominal constituye, en sí mismo, un sistema de designación de los parlamentarios.
La elitización se expresa, asimismo, en la identificación de la clase política con los sectores de mayor ingreso. A diferencia de los dirigentes políticos del período democrático anterior a la dictadura que venían en gran medida de la clase media, e incluso una parte pequeña de sectores populares; la mayoría de los parlamentarios actuales son miembros de la elite social, económica y profesional, y provienen de algunos exclusivos colegios privados de Santiago. Asimismo, la mayor parte de los dirigentes políticos, parlamentarios y tecnócratas comparten el estilo de vida de los empresarios, frecuentan los mismos lugares y ambientes sociales, y se ubican en el primer quintil de ingresos y propiedad.
Parte importante de los dirigentes, no sólo de los partidos conservadores, sino de centroizquierda en el gobierno, incluyendo el ex presidente Frei, son empresarios profesionales dedicados, paralelamente, a la política. Asimismo, muchos de los dirigentes políticos se han hecho empresarios o poseen importantes intereses comerciales, como sucede con los hermanos Zaldívar. Gran parte de los senadores son dueños de sociedades comerciales o miembros del directorio de diversas empresas educacionales, de salud y otros.
El financiamiento de las campañas electorales favorece las conexiones e interdependencias entre dirigentes políticos y empresarios. Como se ha dicho, todos los partidos son financiados, en gran medida, por los grupos económicos y empresas. Y no parece probable que esta situación se modifique sustancialmente con la aplicación de la nueva y defectuosa ley de financiamiento de los partidos políticos. Un empresario ha dicho: nosotros contribuimos con todos los partidos (de gobierno) para que no nos coloquen en listas negras y para tener buena llegada. Esta situación crea compromisos espurios entre parlamentarios y alcaldes con los empresarios, lo que ha conducido a muchos casos de corrupción, como lo han mostrado un estudio del profesor Patricio Orellana (publicado en el número ocho de la revista Polis de la Universidad Bolivariana: www.revistapolis.cl).
Asimismo, los principales empresarios se han convertidos en relevantes actores políticos, especialmente los dirigentes de las mayores asociaciones empresariales. Ellos son consultados por el gobierno y los medios de comunicación respeto a cualquier tema. En muchos casos las decisiones, especialmente de política económica, son previamente acordadas con ellos. Más aún, han desarrollado un influyente discurso sobre los principales problemas de la sociedad chilena, incluido derechos humanos, educación, salud, seguridad ciudadana, desempleo, etc., el cual es difundido, cotidianamente, por los diversos medios de comunicación.
Esta modalidad de circulación de las elites es una exacerbación de la que se produce en el sistema político norteamericano, analizada hace treinta años por Maurice Duverger como tecnodemocracia. Dice este autor: se forma una tecnoestructura política que se parece a la tecnoestructura económica. En ambas encontramos la misma asociación de expertos, técnicos, administradores, organizadores, y de quienes poseen el poder de zanjar las cuestiones: propietarios del capital, presidentes, ministros y jefes de los partidos.
Esta relación se refuerza, en el caso chileno, por la presencia de empresas de lobby creadas por ex dirigentes políticos que emplean -casi siempre, exitosamente-, sus influencias y contactos sobre el gobierno, sus ministros y partidos para favorecer a las grandes empresas trasnacionales o locales que desean impedir o inducir decisiones gubernativas. Su papel es similar al Dios relojero de Newton que cada cierto tiempo ajustaba el funcionamiento de la leyes naturales del universo. Lo sorprendente es que varios de estos lobbistas sean, a la vez, asesores del gobierno. En conclusión, se ha producido una profunda articulación entre políticos y empresarios que asegura que las principales orientaciones y decisiones políticas se adecuen al desarrollo del mercado, y los intereses de las grandes empresas. Sin embargo, todos estos complejos fenómenos son sólo una parte de un gigantesco proceso de concentración de poder y oportunidades que recorre toda la sociedad chilena, y que recién estamos empezando a analizar.
