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Agosto 19, 2026

Pisagua y Chacabuco: No todo está borrado

El miércoles 23 de febrero de 2005 camino por primera vez por Pisagua, pequeño pueblo de la comuna de Huara que el 14 de septiembre de 1973 fue convertido en uno de los campos de concentración de la dictadura militar chilena.


 

Me ha costado llegar hasta aquí. No hay buses que recorran los 168 kilómetros que separan Iquique del poblado y son pocas las agencias de viaje que organizan tours. Vienen sólo si reúnen seis visitantes, pero pocas veces consiguen inscribir candidatos. Nadie quiere ir hasta allá, me comenta el día anterior una muchacha de una oficina de turismo. Por lo del 73, me dice, como si el lugar estuviera maldito. Condenado, apestado.


 


Camino por el pueblo junto al profesor Augusto Ahumada (ex prisionero que finalmente dispone su camioneta para el viaje), el contador Germán Altamirano (que ha venido de Canadá) y el ex dirigente de los empleados portuarios Freddy Alonso. Antes de bajar la cuesta empinada que lleva al antiguo puerto salitrero, mis acompañantes me indican el sitio donde los prisioneros políticos edificaron el campo de concentración según el modelo de construcción nazi copiado por los militares chilenos. Ni los seis barracones ni las tres barracas fueron ocupados. Así como aparecieron en diciembre de 1973, desaparecieron al poco tiempo debido a la presión de las Naciones Unidas. El terreno hoy está vacío, y a la distancia sólo se avista un piso resquebrajado, de colores verde pálido y blanco gastado. Antes de distinguir la costa, los tres hombres me han señalado dos puntos de referencia: hacia la izquierda del camino, la pista de aterrizaje levantada por una treintena de detenidos; hacia la derecha, los cerros rocosos.  Desde esas cimas los militares lanzaban tambores cerro abajo; dentro de los tambores iban los prisioneros. 


 


            Recorremos la calle principal de Pisagua. En una de las casas, Germán pregunta por la señora Laura, una antigua y apreciada habitante de Pisagua. Le confirman la noticia que ha recibido en Vancouver, su lugar de residencia: Laura ha muerto de cáncer en diciembre pasado. A pocos metros, la cárcel pública declarada monumento histórico Hace algunos años fue convertida en un hotel privado. Confirmamos que es un hotel sin huéspedes, sin nombre, cerrado a estos visitantes que buscan un vestigio de su paso por alguna de las celdas. En estos días de febrero, el edificio se transa en internet a un precio de 300 mil dólares. Aún no hay ofertas. A un costado de la cárcel está el sitio del Campo de Honor y de la Deshonra, un cuadrante donde los hombres eran flagelados colectivamente. Hoy es una cancha deportiva y a la hora de la siesta nortina sólo es ocupada por un muchacho que juega a la pelota.


 


El Teatro Municipal de Pisagua está cerrado. Un grupo de chiquillos espera en las afueras. En pocos minutos podrán entrar a la biblioteca que funciona en el mismo edificio del teatro y encender los computadores. Félix Parra, el profesor a cargo de la biblioteca, abre el teatro para nosotros. Germán Altamirano y Freddy Alonso actuaron allí en 1974 y queremos entrar a la sala construida en 1892 para comentar los montajes de Corte marcial y El salto en la aurora (ambas escritas y dirigidas por el abogado Raúl Hidalgo Guerrero) y la comedia musical Johnny Good (ideada y dirigida por Guillermo Morales Armas). Suben al escenario, se sientan en las butacas de madera y pasan a la trastienda donde alguna vez se maquillaron y vistieron. Augusto Ahumada se acomoda en una de las butacas: Un prisionero de Pisagua vuelve a sentarse en el Teatro Municipal, dice con los brazos sobre su nuca. Luego cruzamos hacia el dormitorio común ubicado a un costado de la sala, no sin antes pisar los baños empotrados en el suelo de cemento. Seis hoyos con la huella marcada para fijar los pies; seis hoyos para más de mil personas.


 


Antes de caminar por el entablado del Teatro Municipal hemos visitado el cementerio. Cerca de la puerta de entrada vemos la tumba de doña Laura Cañas Cañas. Es casi la única que tiene flores. Son flores para el desierto, flores de papel y plástico. Luego de atravesar los pabellones y las tumbas enterradas en la arena, llegamos a la fosa donde el 1 y 2 de junio de 1990 aparecieron los cuerpos de 19 hombres ejecutados por orden del general Carlos Forestier. La fosa está abierta, cercada por una cadena gruesa. Es el único sitio señalado por una placa que recuerda que en este puerto hubo un campo de concentración. En ninguna de las dos calles de Pisagua hay una señal escrita (salvo un mural pintado cerca del teatro) ni una demarcación estatal que informe que alrededor de mil 300 hombres y un centenar de mujeres estuvieron retenidos aquí en condiciones infrahumanas entre el 14 de septiembre de 1973 y el 30 de septiembre de 1974.


 


Algo parecido ocurre en Chacabuco, otro ex campo de prisioneros políticos. El cartel con logo oficial del Estado chileno que antecede a la puerta de ingreso anuncia exclusivamente el origen salitrero de la oficina ubicada en el kilómetro 1.470 de la carretera 5 Norte. Nada dice de su pasado como centro de reclusión ilegal gobernado por los militares. Tampoco explican nada los letreros que en el perímetro externo advierten del peligro de explosivos no detectados. Hay que suponer que el campo minado data de los días posteriores al golpe militar. Sólo algunos carteles dispuestos en las calles interiores enmiendan mínimamente la omisión. Pero la verdadera enmienda proviene de la presencia voluntaria de dos hombres. Roberto Zaldívar, el cuidador, y Pedro, su ayudante. Ambos viven en la casa menos calurosa de este monumento histórico en ruinas. La casa asignada al jardinero en la época del esplendor del salitre. No tienen agua potable ni luz eléctrica ni reciben un sueldo por proteger el lugar de los robos y narrar a los visitantes la historia de Chacabuco


 


Roberto tiene 78 años y es un ex prisionero. Este jueves 24 de febrero le cuento que llevo un encargo de Hugo Valenzuela, ex prisionero, animador y productor de los espectáculos organizados por los detenidos. Que necesito hallar la casa 81 del pabellón 18 para fotografiarla. No la va a encontrar, me dice resignado mientras caminamos hacia el Teatro. Me explica que las señas y referencias casi no existen. Ahora le pregunto por la casa donde funcionaba el grupo de teatro que dirigía el ingeniero Mario Molina. Escucho su sentencia. Tampoco la va a encontrar. Después de dos horas de caminata solitaria (Roberto ha regresado a sus tareas) compruebo que casi todo está borrado. Las placas de los números de las casas han sido arrancadas y los números que identificaban las calles se perdieron junto con los restos de pintura que los sostenían. No podré fotografiar la sala donde bajo vigilancia militar se estrenaron obras como Ernesto o el amor a las máquinas, Inconclusa o Secuencia 74. No podré llevarle la fotografía de su casa-teatro al octogenario Mario Molina. Pero Hugo Valenzuela está de suerte. En el camino de regreso, inscrito en un muro, advierto un número. difuso. Es un 18. Es el pabellón que habitó Hugo. Algunas horas después, desde un café del centro de Antofagasta lo llamaré a Santiago, le daré la noticia y celebraremos a distancia.


 

No todo está borrado
*Artículo publicado en marzo de 2005 en la revista chilena Ciertopez