Los discípulos de Clausewitz y Maetternich tienen la palabra: ¿cómo podría denominarse, en términos militares o de política exterior, la “no neutralidad” del nuevo senador que acaba de designar la derecha?
Se salió con la suya, porque será el candidato a la Cámara Alta de ambos abanderados presidenciales, en un escenario muy sui géneris de competencias superpuestas: apoyando explícitamente al de su partido, pero con “la mejor disposición” hacia quien corre, esta vez, sólo en representación de la UDI.
Es decir, no será neutral, tal como le exigía RN, pero no hará nada en contra del adversario de Piñera. ¿Cómo podría denominarse esta estrategia en términos militares o de política internacional?. ¿Imparcialidad activa o parcialidad pasiva, según se mire desde el punto de uno y otro?. Los discípulos de Clausewitz y Maetternich tienen la palabra.
Allamand vuelve a las lides electorales reverdeciendo su viejo sueño de la unidad de la derecha, el que se vio postergado, en parte, por las posturas que tuvo que tomar en otros momentos. Primero en favor de Sergio Onofre Jarpa cuando éste peleó con Jaime Guzmán, provocando la escisión de la derecha. Después con sus sucesivos apoyos a su amigo Sebastián: en el “Piñeragate”, en contra de Evelyn Matthei, rompiéndose la “Patrulla Juvenil”; cuando Piñera enojó a Jarpa con un comentario sobre su capacidad para casarse de nuevo, tornando inviable la convivencia partidaria con el patriarca, y cuando el empresario levantó sucesivas candidaturas a La Moneda y el Senado, bajándose sin avisar.
En su lento regreso a la política, desde el ejercicio de su profesión de abogado y de su vocación académica, Andrés Allamand se dio cuenta de dos hechos: que su antiguo compañero de lucha amenazaba con chamuscarlo de nuevo, esta vez con el caso de Pía Guzmán, y que sus proyectos de reforma a la Constitución – que le valió el enfrentamiento con los “duros” de su partido- y de unidad de la derecha eran levantados por otros.
El año pasado, Pablo Longueira -quien una vez nos confesó su imposibilidad humana y política de entenderse con Allamand- hizo suya la idea y el nombre del Partido Popular que éste había proclamado en 1993. Joaquín Lavín seguía posicionado como la carta presidencial del sector. Quien volvía recién del desierto le aconsejó una “reingeniería” en la Alianza por Chile, sacrificando a los jefes de los dos partidos. Y se convirtió en su “samurái”. Lo que se trizó esta vez fue la amistad de Allamand con Piñera.
Una vez que sea electo senador en diciembre próximo –de acuerdo al sistema, ya fue designado como tal-, el ex caminante podrá encabezar la unidad de la derecha, sea a partir de una hipotética segunda vuelta entre Michelle Bachelet y uno de los candidatos del sector, sea a cargo de revertir la derrota en diciembre o enero.
En el primer escenario, Lavín también se habrá salido con la suya, en plena coincidencia con su ex “samurái”. Si Longueira cae en la lucha en Santiago Oriente -al margen de que ocurra o no otro tanto con Jovino Novoa en el Poniente-, el fundador de RN proyectará su propia opción presidencial para 2009.
Pero en ese caso persistirá la paradoja que marca a Allamand, de estar siempre en la situación que no deseó originalmente. No sólo habrá abandonado definitivamente su proyecto de 2001 de formar un referente liberal con su amigo del PPD Jorge Schaulsohn, sino que tendrá que enfrentarse a las aspiraciones renovadas de Sebastián Piñera y las emergentes de Alberto Espina, sus antiguos compañeros de ideario y partido.
*Periodista, comentarista de la radio Universidad de Chile y profesor de Periodismo Político en esa casa de estudios. Columnista del diario “La Nación”.
