google-site-verification: google096975d001c6a771.html
Agosto 20, 2026

Confort Electoral

En los últimos estudios de opinión los encuestólogos han venido mostrando preocupación por medir el confort moral que produce votar por cada candidato. Así, se ha llegado a determinar que, en ciertos estratos de votantes, es común que las personas declaren “sentirse buenas” por el sólo hecho de optar por Michelle Bachelet.

Sin duda se trata de un fenómeno misterioso: casi como un mecanismo de compensación, los seres humanos anhelaríamos blanquear nuestra autoimagen por medio del sufragio. Al parecer, vivimos demasiado tiempo guiados por impulsos egoístas y los eventos electorales serían la válvula de escape para nuestro reprimido instinto gregario (solidario, como le dicen ahora).

Ahora bien, pareciera que para los creativos de la campaña de Lavín esta variable cobra una importancia creciente. Es así como hace unas semanas cambiaron el exasperante “te toca, te toca, te toca a ti te toca” por el más democrático “alas para todos”. Y, en efecto, mientras el primero tendía a exacerbar las pulsiones más individualistas del votante; el segundo apela a nuestro deseo -algo menos egoísta- de no estar rodeados por miserables, desesperados y mendigos (con alas, por último, se pueden echar a volar). Pero, ¿cuál es la razón que justificaría este cambio de eslogan? Al parecer (y aquí me voy de tesis, porque no tengo información dura) nuestros entrañables samuráis buscarían acercarse a los estratos de clase media alta, a aquellos votantes que requieren de legitimidad social para justificar su posición patrimonial. Todo indica que el lavinismo huele que ya no tiene demasiado espacio para crecer en los sectores medio-bajos, en los Faúndez, pues estos ya estarían vacunados con la nieve artificial y el mapochino Cancún.

Sigo con mi especulación y -sin vergüenza alguna- intento dar a todo esto un correlato teórico. Sospecho que en Chile existe -desde hace ya bastante tiempo- un elitario mercado para la corrección política. Si es así, podríamos decir que el emergente, el Faúndez que todavía vive en una casa de construcción precaria, no demanda para sí corrección política. Los intereses de este personaje -en general- serían confluyentes con los de los grandes conglomerados económicos: lograr el mayor incremento del PIB posible para así tener pololitos todos los días. Canta sin asco: me toca, me toca, me toca, a mí me toca. En el fondo, nuestro Faúndez está más preocupado de cubrir las necesidades más primarias de su pirámide de Maslow y, por lo mismo, lo tiene sin cuidado la corrección política. El personaje de clase media alta, aquél que adquirió hace menos de una década su segunda vivienda, en cambio, aspira a satisfacer su necesidad de glamour social. Esto, en simple, significa disciplinar sus conductas electorales por medio del aparato ortopédico de la corrección política. Consistente con esto, decide votar por Bachelet. Así lograría satisfacer las prioridades de la cúspide de su pirámide de Maslow: el ansia por reconocimiento social. Recita a diario: Ganemos todos. ¿A qué nos llevaría toda esta cháchara? A una idea muy específica: intuyo que optar por Bachelet (horror de horrores) es más burgués que apostar por Lavín. Pero no nos espantemos: siempre ha sido la burguesía la que ha impulsado todos los grandes cambios sociales (si no me creen, pregúntenle al viejo Marx).

*Mauricio Hasbún es periodista y escribidor