Mientras Estados Unidos trata de forzar a los iraníes y a los norcoreanos a abandonar la construcción de armas nucleares, los ciudadanos norteamericanos deben retrotraerse a hechos de hace sesenta años.
A las 11 a.m. del 9 de agosto de 1945, el nervioso comandante de un B-29 observó su blanco. Como las nubes cubrían a Kokura esa mañana y los científicos aún no habían desarrollado las “bombas inteligentes”, él y su tripulación, preocupados por llevar a bordo el mortífero producto, tomaron una rápida decisión. Dirigir el avión hacia el blanco alterno.
Más de tres años antes, en 1942, el Presidente Franklin Roosevelt había reunido en secreto a los mejores científicos e ingenieros en el mundo no perteneciente al Eje para que diseñaran y construyeran una bomba atómica, un arma tan poderosa que evitaría que Adolfo Hitler y sus nazis conquistaran el mundo. Dirigidos por J. Robert Oppenheimer, un apasionado anti-fascista, los constructores de la bomba se veían a si mismos como los salvadores de la civilización occidental frente a una amenaza bárbara. Cuando los nazis se rindieron en mayo de 1945, unos pocos científicos abandonaron el proyecto, asegurando que ya no había necesidad de un arma tan destructiva. La mayoría, incluyendo a Oppenheimer y otros liberales, se quedó para ver si su experimento hacía explosión.
En julio de 1945 en Álamo Gordo, Nuevo México, el ejército probó los resultados de la colaboración científica justo mientras el Presidente Harry Truman acudía a Postdam para reunirse con sus dos aliados de tiempo de guerra, el Primer Ministro británico Winston Churchill y el jefe del Partido Comunista soviético Josef Stalin. Los aliados de la guerra terminaron su planificación de posguerra que había comenzado con el Presidente Roosevelt en la cumbre de Yalta en enero.
Pero Roosevelt murió poco después de la reunión de Yalta, en la cual él estuvo de acuerdo en dividir a Europa entre el Este y el Oeste. Por esa época, la política norteamericana consideraba que los soviéticos desempeñarían el papel de contener el poderío alemán en una Europa de posguerra, de manera que nunca más pudiera amenazar la estabilidad mundial, como había hecho dos veces en 25 años.
Sin embargo, en medio de la discusión de Postdam un ayudante susurró al oído a Truman que la prueba atómica norteamericana había tenido éxito. Con un arma tal a su disposición, Truman ya no necesitaba que los soviéticos contuvieran a Alemania, como dejó en claro el historiador Gar Alperovitz en sus dos bien documentados libros (Diplomacia atómica; Hiroshima y Postdam: el uso de la bomba atómica, y La confrontación norteamericana con el poder soviético y la decisión de usar la bomba atómica). Los más importantes asesores de Truman lo convencieron de usar no una, sino dos bombas atómicas. Razones políticas de posguerra, no militares, exigían tal decisión. Es más, notas que encontré en un viejo baúl perteneciente al Cnel. Bryte, un ayudante del Estado Mayor Conjunto, contenía un memo del Estado Mayor Conjunto con elaborados “argumentos” a favor de esto.
Pero el 9 de agosto de 1945, ni la política ni la ciencia estaban en la mente de la tripulación del bombardero cuando dejaron caer al Hombre Gordo, una referencia al corpulento Winston Churchill. La bomba, de 11 pies y 4 pulgadas de largo, contenía el equivalente de 22 kilotoneladas de TNT y pesaba 9 000 libras. El Pequeño Niño, apodo de la primera bomba, cayó tres días antes en Hiroshima.
Alrededor del 30 por ciento de Nagasaki y la mayor parte de su distrito industrial ardió o fue destruido por el calor generado por la explosión. Más de 150 000 personas murieron; decenas de miles más sufrieron graves heridas. Posteriormente murieron miles por los efectos de la radiación.
La tripulación del bombardero cumplía órdenes de los políticos norteamericanos que vieron en la bomba una forma de imponer el nuevo orden “norteamericano”. Al Secretario de Estado James Byrnes le aterraba que los soviéticos tuvieran un importante papel en la reconstrucción de Europa. ¡Piensen en lo que significaría para las inversiones y el comercio norteamericanos!
Stalin, quien se mantuvo firme en sus demandas en Postdam acerca de las compensaciones que debía pagar Alemania y acerca de la influencia soviética en Europa Oriental, se dedicó a evitar una horrenda tercera guerra. Cualquier líder soviético hubiera tenido que impedir que Alemania hiciera lo que había hecho dos veces en 25 años: matar a 50 millones de ciudadanos soviéticos o rusos y destruir el país.
El uso por Washington de las bombas atómicas como instrumentos de “pensamiento estratégico” acerca de Europa costó a los japoneses más de 250 000 bajas civiles. La posición oficial de EE.UU. aún mantiene que la decisión de Truman salvó vidas norteamericanas que de otra manera se hubieran perdido en una invasión por tierra a suelo japonés. Esos testarudos “japos” –la expresión peyorativa de la 2da. Guerra Mundial– nos obligaron a usar las bombas.
Como expresó de Nagasaki el general retirado Alberto Piris: “No había forma de justificar el uso de esa arma después de haber visto lo que era capaz de hacer”, al referirse a lo que Washington había aprendido tres días antes con el bombardeo a Hiroshima.
El General Dwight Eisenhower dijo que “Fui uno de los que pensaron que había un número de razones convincentes para cuestionar la validez de un acto tal … Expresé… mis serias dudas, primero sobre la base de mi certeza de que Japón ya estaba derrotado y de que lanzar la bomba era totalmente innecesario, y segundo porque pensaba que nuestro país debía evitar escandalizar a la opinión mundial usando un arma cuyo empleo, pensaba yo, ya no era obligatorio como medida para salvar vidas norteamericanas”. (Los años de la Casa Blanca: el mandato para el cambio.)
Más tarde agregó que “… los japoneses estaban dispuestos a rendirse y no era necesario golpearlos con esa cosa espantosa”. (Newsweek, 11/11/63.)
El General Douglas MacArthur también pensaba que las bombas eran “completamente innecesarias desde un punto de vista militar”. (James, D. Clayton. Los años de MacArthur, 1941-1945.)
Japón se rindió cinco días después del bombardeo de Nagasaki. Pero meses antes de esa masacre los hechos clave que decidieron el resultado de la guerra ya habían tenido lugar. Las fuerzas armadas soviéticas habían derrotado a los nazis a un costo de más de 20 millones de muertos y otros 20 millones de heridos. Los nazis habían destruido 200 importantes ciudades soviéticas, habían quemado y arrasado todo que habían encontrado en su camino durante su retirada. Al ejército soviético le faltaban botas y alimentos.
Sin embargo, en el transcurso de dos años altos funcionarios en Washington y Londres habían diseñado lo que se convirtió en la Guerra Fría. Usaron los medios y la retórica de manera muy ingeniosa para convertir al Tío Joe (una inapropiada metáfora de tiempo de guerra) en el Carnicero Stalin y trocar la verdadera imagen de una URSS mutilada en algo que planeaba la agresión inmediata, un imperio del mal que tenía la intención de invadir a Europa Occidental y conquistar el mundo.
En esta nueva atmósfera de “amenaza” de posguerra, había poco que discutir acerca de la moralidad y legalidad del bombardeo nuclear o de las bombas incendiarias anteriores de grandes áreas urbanas en Japón y Alemania. En los tribunales de crímenes de guerra de Nuremberg y Japón, los ganadores seleccionaron los nombres de quienes debían sentarse en el banquillo por sus crímenes de guerra.
Ahora, después de 60 años de reflexión, es hora de que el mundo juzgue. La destrucción de Nagasaki no tuvo propósito militar ni político. Pero si mostró el poder y la falta de compasión de los líderes de EEUU, hombres que se situaban junto a sus enemigos del Eje en cuanto a disposición a ignorar las reglas de la guerra.
Pero los círculos de poder en Washington permanecen imperturbables ante la opinión mundial o la reflexión. Su entusiasmo acerca del potencial de las armas nucleares aparece en la “Revisión de la Postura Nuclear” del Departamento de Defensa en el 2001. En este grotesco documento, el Departamento avizora el uso de opciones nucleares para una gama de circunstancias mucho más amplia que nunca –terroristas y “estados canallas”. Deseaba desarrollar nuevos tipos de armas nucleares, así como nuevas pruebas.
La “adicción” de EE.UU. a las armas nucleares, aunque posee las fuerzas convencionales más poderosas del mundo, brinda un fuerte incentivo y justificación a las naciones para adquirir armas nucleares. El Presidente Bush asegura que Estados Unidos tiene el derecho –en tiempos de paz y por su propia autoridad– de usar todos los medios a su disposición para evitar que otros estados adquieran armas nucleares. (Irónicamente, el hecho de que Saddam Hussein no las tenía lo hizo vulnerable a una invasión por parte de EEUU.)
En vez de detener la proliferación nuclear, las acciones de Bush y su retórica han hecho lo contrario. Corea del Norte e Irán, India y Pakistán, Israel y Sudáfrica puede que se hayan unido al club de las armas nucleares o lo hagan pronto. En diciembre de 2003 Siria hizo un llamado al Consejo de Seguridad de la ONU para que declarara al Medio Oriente zona libre de armas nucleares. Estados Unidos no apoyó esa resolución. En su lugar, Bush continúa amenazando con el uso de las armas nucleares. Al hacerlo, ha atemorizado y ha antagonizado a líderes y ciudadanos de todo el mundo.
La línea de continuidad entre la decisión de lanzar armas atómicas en Hiroshima y Nagasaki y la amenaza de usarlas contra estados del actual “eje del mal” asoma cruelmente en la política de EE.UU. En agosto, en el aniversario del único uso que ha habido de armas nucleares, los ciudadanos debieran reflexionar acerca de las armas nucleares. La única manera de asegurarnos de que los estados o los “locos” no las usen es la de deshacernos de ellas –de todas ellas.
*Cineasta y escritor estadounidense.