Entre medio de las heces, las tetas al aire, las teorías del “estudio de la opinión” que surgen diseminadas por doquier en toda la TV, aparecen las figurillas hieráticas de la iglesia católica. Son el monigote perverso que “engalana” el discurso farandulero, la vajilla antigua que heredó el abuelo y que por constituir un patrimonio familiar, nunca se cambia y permanecerá allí, exhibiéndose como reliquia entre las luces de neón y el maquillaje rosadito y perfecto de la programación nacional.
Megavisión –o Mega- y Canal 13, son dos canales de televisión cuya parrilla programática causa nauseas. La farándula y el análisis de cualquier estupidez que otorgue sustanciosas ganancias económicas, son las principales temáticas que abordan estas empresas de la desinformación. No sólo se encargan de inmiscuir al ciudadano común, el televidente, en la delirante y nada ética vida y obra de seres insignificantes cuyos nombres cambian cada doce días –modelos, futbolistas, juglares y prostitutas- sino además, se vanaglorian de meter el pensamiento religioso dos o tres veces por jornada y en espacios específicos destinados a tales efectos. Casi como limpiarse el culo con pañuelitos de seda india.
Canal 13, luego de emitir sus noticiarios, ensarta a religiosos que generalmente provienen de pastorales de exclusivos colegios privados católicos, para que berreen discursos cristianitos de paz y amor. La decencia – o más bien demencia-, la moral, la familia y las buenas costumbres, son el soporte ideológico de cada uno de esos impredecibles, ridículos y alambicados mensajes, cuya esencia sin duda tocará el corazón de las 20 o 30 viejas que lagrimean toda vez que los curitas vociferan y justifican la imbecilidad de una institución en evidente decadencia. Aleluya.
¿Cuál es el fin de esto? No tengo idea. La contradicción evidente acá es la única constante, porque dos o tres horas después de la lectura de los evangelios de la salvación y los tormentos de “los 7 demonios y sus trompetas”, Canal 13 pone los pies en la tierra y vuelve a lo suyo, la ganancia ($). “Alfombra Roja”, “Teleseries”, “Noticiarios” y “periodismo serio” –Contacto- son reales ofensas contra esa moral mustia y seca que defienden cual cruzados en el medioevo, aferrándose como hienas con su presa al espectador, tratando de influir en una concepción de mundo a priori condicionada por la mala conciencia originada en la misma televisión.
Mega lleva mucho más lejos aquella apestosa necesidad de inculcar en el rebaño el ideal ascético. No sólo la contradicción discursiva de este medio de “incomunicación” es horrorosa, sino que tiene el tupé y descaro de celebrar la “holy week” con bombos y platillos, haciendo vista gorda frente a la ramplonería e imbecilidad que son las características esenciales de toda su programación, protegiendo a toda costa los “preceptos cristianos”, a saber, el amor a la nada, la salvación eterna, la castidad y la familia.
Y es que existe un hecho paradojal del que cualquiera se da cuenta. Frente a la total pérdida de sentido de nuestra existencia y por lo tanto la vida -cuyo eje central hoy en día es el amor al dinero y el bienestar social a toda costa– el hombre común, aquella bestia sexual y egoísta por antonomasia, está tratando de volver de manera irracional a la iglesia primitiva, esa institución cuya única fortaleza la constituye la figura divina, la deidad impredecible que desde hace años, más de un siglo hará, se perdió en el laberinto de las máquinas y voluntad de poder de la alta burguesía políticamente incorrecta.
No es precisamente la iglesia Católica el centro de aglomeración cristiana que va ganando terreno por estos días. Al contrario, es el templo evangélico la novísima fortaleza que está atrayendo como abejas al rosal, a toda esa aglomeración de hombres pobres espiritual y materialmente, feos en el aspecto físico y moral, que frente al total desencantamiento de una construcción social de la realidad que los empuja a conseguir a toda costa la felicidad en una lavadora, automóvil o perfume de la última moda, se ven estimulados por el discursillo divino de hombres cualesquiera, que aseguran vehementemente que más allá de esta vida, aguarda un mundo ulterior reservado única y exclusivamente para seres de corazones nobles, para los corderos de Dios.
Pero esa nueva iglesia es pobre, socarrona; apenas una caja de cartón que salpica de color y esperanza el arrabal inmundo donde habitualmente se erige. En cambio la Iglesia Católica es una empresa milenaria, con arcas y tesoros invaluables, con siglos de práctica y guerras sangrientas que fueron ganadas en su nombre, con templos cuya decoración fue encomendada a los espíritus y genios más grandes de la historia, con toda la riqueza y tradición que hace de las nuevas construcciones cristianas, meros conventillos y ajetreos de viejas ociosas y analfabetas, cuya síntesis física y espiritual más bien se asemeja a las bestias que habitan el kalahari y el amazonas.
Ese catolicismo absurdo es transmitido a través de las mismas empresas católicas. Tratan de ganar adeptos y gentío en las universidades, escuelas y medios de comunicación de su propiedad, idiotizando a los siervos con sus programillas de TV y mensajes escatológicos, de la forma en que sólo los tiranos pueden hacer. Y como este es un país de oligarquías centenarias y platas concentradas en 6 o 7 familias cuyo señorío e ideología lo meten hasta por las narices, es fácil manejar los discursos y la agenda, porque sencillamente la elección de la gran masa poblacional debe someterse a la inexistencia de la variedad.
Nosotros, los hombres inquietos, los que día a día planeamos fórmulas y técnicas diversas para aniquilar de una vez por todas el auge del poderío del universo antifilosofal, nos estamos cansando. Y es que cada día que pasa nuestros hermanos y compañeros de esta difícil y oscura empresa llamada vida, nos vuelven la cara y se entregan con corazón y sentidos abiertos a la felicidad prometida por los dueños de todo el poder. Esa iglesia Católica, Evangélica, Norteamericana o Vacuna, vende espiritualidad pret a porter, lista para llevar y consumir, y cada vez envuelta en el más exquisito rayón y atadita con lazos de cobre y seda. ¿Qué hacemos nosotros, los menos, que de partida sólo tenemos la sabiduría para describir el mundo?
¿Sólo podemos cerrar los ojos y hacer oídos sordos al horror y escándalo que provoca la muchedumbre gentil y embrutecida? ¿Sólo debemos destruir los relojes y dejar que las cosas ocurran y se vayan por su propio aire? Claro que no. Acá nos quedaremos, con el mazo entre las manos y las botas de suela más dura, para empezar a recorrer el mundo y buscar a otros, que como nosotros, anhelan vomitar ese trago amargo de la desidia e indiferencia que obligatoriamente hemos tenido que beber, sobre los martillos de cobre que acarician cuidadosamente las cabezas de esos clavos que yo quiero que algún día se transformen en sopletes incendiarios.
Nosotros, los que conocemos, nos desconocemos a nosotros mismos y de ello resulta que nosotros mismos somos desconocidos para nosotros mismos; esto puede ser explicado. Ocurre que jamás nos hemos buscado y entonces ¿de qué modo podría producirse un día nuestro encuentro? Federico.
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