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Agosto 18, 2026

Etica cultural

Sin siquiera poner en duda y considerar más que justa la propuesta del sueldo ético del presidente de la Conferencia Episcopal , monseñor Alejandro Goic, queda en evidencia que el país que habitamos adquiere realidades muy diversas según cuánto pagamos. Los 250 mil pesos propuestos como piso mínimo de una remuneración llevan implícitos los gastos de sobrevivencia mensual de una persona y no precisamente lo que un ciudadano requiere para ser parte ser parte de la realidad social y cultural de nuestro país.

¿Es que acaso se considera en esta cantidad mínima la adquisición, al menos semanal, de un diario o una revista? Claro que no, porque la cifra involucra a bienes de necesidad básica. El derecho que nos asiste como ciudadanos a estar informados ha cambiado por el derecho a que nos desinformen, nos confundan y nos entreguen migajas en los espacios televisivos destinados cada vez más a la truculencia y la espectacularidad, pero que sin embargo, siguen  denominando como noticiarios.
Hace una semana, se recordaron los 40 años desde que la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica decidiera en su plenario la toma de la Casa Central , objetivo que se concretó un 11 de agosto. Se trataba, entonces, de la Universidad más conservadora que sorprendió al país con un movimiento estudiantil democrático y organizado que logró imponer un modelo de universidad que se mantiene en muchos aspectos hasta hoy y que acuñó una de las frases más señeras de nuestra historia reciente “Chilenos, El Mercurio miente”.

¿Quiénes más deberían engrosar la lista de medios de comunicación que no cumplen hoy con el imperativo ético de informar? La lista es escasa porque la libertad de información de la cual nos jactamos no puede materializarse en los escasos medios de comunicación disponibles.

¿Dónde reside entonces, nuestra verdadera ciudadanía?

No está en la capacidad de participar en un diálogo social, casi inexistente, debido a la anestesia colectiva que significa la televisión y otros escasos placebos escritos.

No está en la débil iniciativa de ley cuando ni siquiera el legislativo sino que es el ejecutivo el que otorga las urgencias.

Nuestra verdadera ciudadanía radica, finalmente, en nuestra participación como consumidores de los productos que el mismo mercado regula y cree que necesitamos. ¿Prensa pluralista? No, eso es para sociedades más avanzadas.

¿Educación universitaria gratuita? No, eso fue sólo para los de entonces, que ya no son los mismos.

¿Libros y otros productos culturales? Tampoco. Es mejor mantener a la gente  alejada de la diversidad. Preferible un modelo paternalista donde unos pocos deciden lo que otros muchos debieran leer, si es que lo hacen.

La gran concentración de manifestaciones artísticas gratuitas que se realizan en la Región Metropolitana actúa como un “volador de luces” que impide ver la oscuridad cultural en la que se encuentra el resto del país, donde vive más de la mitad de la población, en ciudades donde no hay siquiera una librería, como Arica o un Teatro Municipal capaz de recibir espectáculos de cierta calidad, que es la mayoría.

Si hoy somos lo que podemos comprar…¿qué calidad de ciudadanos tienen aquellos cuya voz será medida sólo por el consumo de pan, de frutas o de azúcar ? ¿Es que acaso las mediciones consideran necesidades como tener un libro propio, ir al teatro o a la ópera?

La ciudadanía cultural tiene aún un largo camino por recorrer en nuestro país que debe iniciarse en el ejercicio de deberes y derechos, como parte de nuestra conciencia ética si es que aspiramos a un sueldo de similares características.