Hoy resulta que es natural, que es lo más lógico que hay, lo que es a simple vista obvio: que el salario de un trabajador sea el fiel reflejo de lo que dicta el mercado. El empleador paga el precio del trabajo humano, como quien paga el precio de un insumo, de una mercancía o de un servicio. Nadie se explica cómo es que todavía exista “el salario mínimo”, resabio de un pasado estatista y decadente, puesto que se reproduce el mismo error de fijar un precio por ley, que da origen al mercado negro del trabajo, pudiéndose pagar por debajo de ese monto al exceso de oferta laboral que siempre es abundante, ya que esta puede trasladarse sin problemas desde los países vecinos.
Lamentablemente no se ha podido reemplazar el trabajo humano por la máquina perfecta que aún no se inventa, de modo que no exista jamás trabajo humano que incorporar al proceso productivo, puesto que este es siempre conflictivo y de vez en cuando tiene un comportamiento irracional, es decir, académicamente irracional.
Pongámosle entonces que sea verdadero lo que aquí se afirma, eso que un hombre vende libremente su trabajo, su esfuerzo, sus sueños y su tiempo, como una mercancía medida en horas y al precio relativo que fija el mercado.
Tal revelación, nos pone en una situación compleja a la hora de tomar consciencia de que no somos más que una pequeñísima empresa productora de trabajo, cuyo activo es nuestro cuerpo y mente en primer lugar, seguida por la vitalidad, la destreza, el entrenamiento y la esperanza de vida para desarrollar en el tiempo una actividad vendible.
Somos entonces diminutos agentes económicos que navegamos o naufragamos en el ciego mar llamado mercado. Será cosa de tiempo la eliminación del contrato de trabajo y su reemplazo por un contrato de compraventa. También deberá revisarse las políticas tributarias, puesto que los trabajadores no serán más el último eslabón de la cadena del IVA (impuesto al valor agregado), ya que lo que antes técnicamente se consumía, por ejemplo la alimentación; ahora será técnicamente insumos, indispensables para producir unidades de trabajo. La boleta de compraventa en consecuencia, deberá registrar la cantidad de IVA que se cancela, de manera que permita descontarlo a la hora de hacer la declaración mensual individual. Habrá que descontar también en el balance individual, los gastos de mantenimiento, abrigo, locomoción, enfermedades, recreación, etc…
El individuo, agrega valor a las mercancías-insumos que necesita para producir energía de trabajo, dando origen a un nuevo producto que incluye un valor agregado, ese es el trabajo humano, el que finalmente compra el empresario en el mercado, para a su vez, con otros insumos no humanos y tal vez tecnología, agregar nuevo valor que se traducirá en otro producto que venderá a su tiempo en el bendito mercado.
El problema que estoy notando a estas alturas del entusiasmo por seguir el decimonónico razonamiento puesto hoy de moda, es que, cuando las empresas van a pérdida, es decir cuando están vendiendo por debajo de sus costos, terminan en bancarrota o quiebra. El valor agregado en el caso del individuo-empresa, puede entonces devenir en valor disminuido o valor sustraído.
Hace algún tiempo, escribí en este mismo medio, un artículo-problema (1), en que el lector, en el momento en que lograba resolverlo, instantáneamente comprendía la fidedigna situación de un jornalero que vive con el sueldo mínimo. Permítanme la vanidad en apariencia de auto-citarme, pues considero pertinente hacerlo para poder terminar esta nota cuyo tema es de nunca acabar. Pues bien, si aplico hoy esa situación citada, a este nuevo concepto del individuo-mini-empresa, los jornaleros y muchos otros trabajadores, estarían en una condición de inevitable quiebra orgánica, sin embargo seguirían con vida, y concurrirían a sus pegas mientras fueran capaces de respirar.
Al parecer existe un primer obstáculo al homologar una empresa hecha de galpones y oficinas, con otra constituida por genoma humano. Hasta aquí nomás llego.
(1) Flexibilización Laboral. El Clarín.cl. 27 de septiembre de 2006
Pongámosle entonces que sea verdadero lo que aquí se afirma, eso que un hombre vende libremente su trabajo, su esfuerzo, sus sueños y su tiempo, como una mercancía medida en horas y al precio relativo que fija el mercado.
Tal revelación, nos pone en una situación compleja a la hora de tomar consciencia de que no somos más que una pequeñísima empresa productora de trabajo, cuyo activo es nuestro cuerpo y mente en primer lugar, seguida por la vitalidad, la destreza, el entrenamiento y la esperanza de vida para desarrollar en el tiempo una actividad vendible.
Somos entonces diminutos agentes económicos que navegamos o naufragamos en el ciego mar llamado mercado. Será cosa de tiempo la eliminación del contrato de trabajo y su reemplazo por un contrato de compraventa. También deberá revisarse las políticas tributarias, puesto que los trabajadores no serán más el último eslabón de la cadena del IVA (impuesto al valor agregado), ya que lo que antes técnicamente se consumía, por ejemplo la alimentación; ahora será técnicamente insumos, indispensables para producir unidades de trabajo. La boleta de compraventa en consecuencia, deberá registrar la cantidad de IVA que se cancela, de manera que permita descontarlo a la hora de hacer la declaración mensual individual. Habrá que descontar también en el balance individual, los gastos de mantenimiento, abrigo, locomoción, enfermedades, recreación, etc…
El individuo, agrega valor a las mercancías-insumos que necesita para producir energía de trabajo, dando origen a un nuevo producto que incluye un valor agregado, ese es el trabajo humano, el que finalmente compra el empresario en el mercado, para a su vez, con otros insumos no humanos y tal vez tecnología, agregar nuevo valor que se traducirá en otro producto que venderá a su tiempo en el bendito mercado.
El problema que estoy notando a estas alturas del entusiasmo por seguir el decimonónico razonamiento puesto hoy de moda, es que, cuando las empresas van a pérdida, es decir cuando están vendiendo por debajo de sus costos, terminan en bancarrota o quiebra. El valor agregado en el caso del individuo-empresa, puede entonces devenir en valor disminuido o valor sustraído.
Hace algún tiempo, escribí en este mismo medio, un artículo-problema (1), en que el lector, en el momento en que lograba resolverlo, instantáneamente comprendía la fidedigna situación de un jornalero que vive con el sueldo mínimo. Permítanme la vanidad en apariencia de auto-citarme, pues considero pertinente hacerlo para poder terminar esta nota cuyo tema es de nunca acabar. Pues bien, si aplico hoy esa situación citada, a este nuevo concepto del individuo-mini-empresa, los jornaleros y muchos otros trabajadores, estarían en una condición de inevitable quiebra orgánica, sin embargo seguirían con vida, y concurrirían a sus pegas mientras fueran capaces de respirar.
Al parecer existe un primer obstáculo al homologar una empresa hecha de galpones y oficinas, con otra constituida por genoma humano. Hasta aquí nomás llego.
(1) Flexibilización Laboral. El Clarín.cl. 27 de septiembre de 2006
