En lo mediato, el contexto en que se dan las palabras de Alejandro Goic es la tradicional mala distribución del ingreso nacional, que durante Pinochet no hizo sino acentuarse, para hallar una cruel confirmación en el período de Lagos, pese a que el “crecimiento con igualdad” fue el lema de su campaña electoral.
Mucho antes aún, en 1987, el Papa Juan Pablo II planteó en Chile que “los pobres no pueden esperar”. Hoy no es exagerado decir que ellos están prácticamente donde mismo, aunque accedan eventualmente a más bienes, mediante mecanismos públicos y privados diseñados para la satisfacción parcial de sus expectativas. No es casual, entonces, que sea un dignatario episcopal quien haya dicho la verdad, planteando una derrota a la clase política. Ella agitó el tema en las dos últimas campañas presidenciales, para luego archivarlo, lo que despierta la ominosa sospecha de que sólo lo desempolva con propósitos electorales.
Monseñor Goic inscribió el punto en la agenda pública, en circunstancias de que debieron hacerlo la Concertación, el gobierno y también la derecha, cuyos dos candidatos parecían, en los foros televisivos, más progresistas que su oponente socialista. La ausencia de iniciativas de la izquierda de la Concertación –en la que hay que visualizar, en primer lugar, por historia y doctrina, al partido Socialista- es aún más significativa y origina una interrogante: qué es ser social progresista hoy, cuando los principales líderes de esta corriente aparecen superados por la simple invocación cansina de un obispo moderado, que hizo gala de buena voluntad a pesar de estar enfermo.
El efecto Goic se traduce ahora en múltiples iniciativas de los dirigentes políticos. Si ellas persisten al punto de dar lugar a una mesa de diálogo o comisión y a proyectos de ley dependerá, a juzgar por la experiencia de los “pingüinos”, de la capacidad de los trabajadores –contratados y bajo subcontratación- de movilizarse y tener éxito en sus reivindicaciones.
Mientras la clase política se despabila, los pobres seguirán esperando y escuchando que aumentar el salario y no flexibilizar la contratación son incentivos para el desempleo y la quiebra de las pequeñas empresas. Y los dueños de éstas verán también cómo las grandes corporaciones, de las que son igualmente víctimas de abusos, aumentan sus ganancias de modo pecaminoso. Es el espectáculo del pecado social expuesto en el sagrado mercado de la economía.
