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Agosto 19, 2026

Fragmentos de la Historia de un poeta asesinado

“Mis padres tenían un negocio de libros en San Diego. Allí conocí a Héctor Barreto. Él iba al boliche constantemente, conversábamos de libros y llegamos, poco a poco, a hacernos amigos. Corría el año 1932. Yo tenía quince años y acababa de alargarme los pantalones. Seguramente él también. He precisado que fue el año 1932 cuando lo conocí, porque recuerdo que él había participado, como estudiante, en algunas manifestaciones contra Ibáñez, lo que le trajo más de un mal rato en el Instituto Nacional, donde estudiaba”.  

                                             Fernando Marcos /  Pintor Muralista

Alrededor de las tres de la tarde de un día profusamente caluroso del año 25, un par de niños corrían asombrados detrás de un tranvía en la calle Arturo Prat, se subían en velocidad al parachoques trasero del vehículo, y viajaban descalzos sobre la maquina, que a una velocidad de tortuga se desplazaba por la calle, mientras sus pasajeros miraban el escaso movimiento en las tiendas y negocios del sector.
 
 
El carro atravesaba Diez de Julio y pasaba enfrente de las pompas fúnebres Azocar, que a esa hora disponía de una de sus carrozas con caballos, para trasladar a un finado hasta el cementerio general.
 
El trayecto era calmado y se podían ver las actividades cotidianas de la gente del barrio.

A medida que el tranvía avanzaba de sur a norte, y se aproximaba a la Alameda de las Delicias, la dinámica comercial adquiría un ritmo más intenso; y los niños que aun permanecían colgados en la parte trasera del vehículo, se lanzaban hacia un costado de la calzada, y continuaban su persecución sobrepasándolo en velocidad en tramos cortos, luego agitaban sus pequeñas manos para despedirse de los pasajeros, mientras de arriba recibían los saludos de señoras y caballeros dignamente ataviados para visitar el centro de Santiago.

Así fue creciendo Barreto, sobre parachoques y andamios, colocando tapas de botellas sobre los rieles del carro, para que con su peso fuesen aplanadas, y luego las perforaban en el centro para hacer un run run, juego predilecto de los niños, quienes competían con este sencillo juguete en interminables comisiones.

Un día los muchachos regresaron por la calle San Diego después de su aventura cotidiana del tranvía, en las primeras cuadras descubrieron unas librerías que estaban instaladas frente al Instituto Nacional.

Entonces Barreto se acercó a una vitrina y comenzó a leer en voz alta los títulos de los numerosos libros. Se detuvo frente a uno que le llamó particularmente la atención: El Príncipe Feliz de Oscar Wilde. Atrapado por el diseño de su portada ingresó al local y le pidió el libro al dependiente.
 
-“Necesito el Príncipe Feliz”, le dijo con certeza, y el vendedor para inhibirlo le contestó con el precio del texto:

– “Cuesta doce pesos muchacho”, y extendió su mano.

Miró a su compañero y le preguntó: “¿tienes dinero?”, y su acompañante saco de su bolsillo unos cuantos centavos que entregó a su amigo. Entonces registró los suyos de los que extrajo cuatro pesos.

Mirando al vendedor contó las monedas: cuatro pesos y sesenta centavos, y le hizo la misma pregunta: ¿y usted anda con dinero?

El vendedor sonrió ante la personalidad del niño y revisando sus bolsillos encontró cinco pesos más. Los lanzó al aire para que los cogiera. Barreto entendió el desafío y presuroso alcanzó la moneda antes que cayera al piso. Luego, se encogió de hombros y le comentó:

– “Solo tenemos en esta sociedad, nueve pesos y sesenta centavos, y el libro vale doce…”.

“Curiosamente, le contestó el vendedor, el libro está en oferta y tiene un descuento de dos pesos y cuarenta centavos, o sea, vale nueve pesos y sesenta centavos con exactitud”.

Barreto que solo tenía once años sonrió y le comentó al librero:

– “Bueno, el trato está hecho…lo compramos, solo que deberemos resolver un problema”.

– ¿Cuál?, preguntó el vendedor

Y Barreto explicó:

– “Dado que se trata de una sociedad deberemos decidir quien lo va a leer primero. Mi posición es que deberíamos sortearlo al “cachipún”.  

– “¿Al cachipún?”, preguntó el vendedor visiblemente entretenido; ¿y que es el cachipún?

–“El cachipún es un juego con las manos que consiste en esconder una de ellas en la espalda y sacarla rápido desde atrás, empuñada como una piedra, con dedos en punta para que parezcan una tijera, o abierta completa semejando a un papel”, replicó el más pequeño. Luego explicó que: “ el papel envuelve a la piedra y gana, la tijera corta al papel y lo destruye, y la piedra quiebra a la tijera”.

Y así lo hicieron:

-“¡ Ca chi púnnnnn!”. Dijo Barreto, y el librero mostró sus dedos en punta semejante a una tijera. Por su parte Barreto sacó desde su espalda la mano empuñada, forma característica de la piedra en este juego. Entonces el más pequeño explicó con alegría:

– “La piedra destruye a la tijera, así es que ganamos y nos llevamos el libro”.

– “Esta bien”, replicó el vendedor con un gesto paternal, pero para incomodarlos un poco, preguntó:

– “¿Y entre ustedes no se van a eliminar para saber quien lo va a leer primero?”.
Y Barreto contestó resueltamente:

– “Lo vamos a leer en forma compartida, Lucho ira a mi casa, y se lo leeré en voz alta, y luego, iremos comentando los capítulos. Se trata de una especie de lectura colectiva”.

 – “Me parece bien –comentó el librero-, el conocimiento es necesario compartirlo”, después de lo cual los despidió invitándolos a unas tertulias con escritores que visitaban su librería los fines de semana.

Los niños caminaron hasta la Plaza Almagro, centro neurálgico de prostitutas y delincuentes, y una vez instalados en uno de los escaños bajo una palmera para escampar el sol, iniciaron la lectura del Príncipe Feliz de Wilde.

Barreto leía en voz alta el relato de la estatua de un príncipe, y una golondrina que comprometió su vida para ayudarlo a cumplir una causa de solidaridad con una mujer desvalida y su pequeño hijo. La estatua fue demolida y el pájaro murió a consecuencia de este hecho.

El niño más pequeño cerraba sus ojos imaginando el transito del ave por los cielos cambiantes, de un verano caluroso a un otoño gris y frío que comprometía su integridad física.

El desenlace de esta breve historia de Wilde, los sumió en una profunda tristeza, pero al mismo tiempo comprendieron que, el amor y el sacrificio por los demás podría colocar en riesgo sus propias vidas.

Al terminar la lectura pensaron en volver a la librería y compartir este relato con el vendedor, después de todo, el viejo era su socio en la compra y tenía los mismos derechos respecto de la propiedad del texto; pero su tristeza era tan intensa que decidieron regresar a sus casas.

La mamá de Barreto era modista y trabajaba hasta altas horas de la noche cosiendo ropa ajena para financiar el sustento. Pero además, al igual que a su padre, le preocupaba la educación de su pequeño hijo. Por esta razón, lo hicieron rendir la prueba de ingreso al Instituto Nacional, que además le quedaba a unas cuadras de su hogar. El joven sorprendió a sus padres con una de las mejores calificaciones entre los postulantes de aquel año.

Su padre orgulloso le regaló un par de suspensores para afirmar sus pantalones, y una botella de “Sorbete Letelier”, una bebida con esencia de guindas muy apetecida en la época. Su madre en cambio, percibiendo la sensibilidad del niño le regaló Juan Cristóbal de Romain Rolland, libro de mucho éxito en diferentes países del continente.

Esa tarde, después de almorzar unas “pantrucas” con huevo batido y huesos de res, decidieron ir a la matiné de un biógrafo ubicado en la intersección de las calles avenida Matta con San Diego. Era el inicio de un nuevo ciclo en la vida de Barreto.
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El ingreso del poeta al Instituto Nacional estimuló su proceso de crecimiento artístico e intelectual. Muy pronto se puso a la vanguardia del conocimiento entre sus compañeros, mientras se destacaba por sus condiciones especiales para hacer deportes, destacando en aquellos años, sus éxitos en natación.

Comenzó a escribir sus primeros cuentos y se reunía periódicamente con un grupo de jóvenes, con los que se juntaba en un boliche aledaño a su liceo, a beber café con leche y a comer sopaipillas recién fritas en el sartén de doña Juana, mientras sostenían largas tertulias sobre arte y literatura: Dada, Realismo o  Surrealismo…en fin.

Con el paso de los meses el grupo se fue consolidando y participaban futuros escritores y artistas plásticos nacionales como: Santiago del Campo, Julio Molina, Miguel Serrano, Julio Atías, Fernando Marcos, Barreto y otros.

A pesar de que promediaban dieciocho años, las conversaciones duraban hasta altas horas de la madrugada. Una de sus entretenciones preferidas era la improvisación de historias, mientras compartían una botella de vino tinto grueso, de unas cepas chillanejas que traía el marido de la juanita, desde un fundo del interior donde vivía su familia.

La calle San Diego era en esa época “brava”, muchas tiendas comerciaban con objetos robados. Era “pan de cada día” evitar los roces con matones y “pungas” del sector.

Sin embargo, y a pesar de su preocupación por los problemas de la estética, de la filosofía y de la historia, Barreto no vivía al margen de la realidad de su barrio. Conversaba con los vecinos sin ningún tipo de exclusión, mientras daba consejos a sus dieciocho años a sujetos prepotentes de la bohemia callejera. Mantenía una relación de gran amistad con el “Ojota” Carrillo, dueño de un negocio de compraventa donde todo era robado. Por su parte el “Ojota”, le enseñaba los secretos, misterios y vericuetos de su tenebroso mundo; y a cambio aceptaba leer cuentos de Wilde y otros autores, en un intercambio que  relacionaba, la creatividad con la experiencia delictual.

En el grupo de Barreto no se hablaba de política, pero los ecos de los acontecimientos del mundo de la época lo conmovieron. Triunfaba el nazismo en Alemania y empezaba a reproducirse el movimiento en Chile.

Y entonces ocurrió lo predecible, violenta lucha callejera en Santiago y otras ciudades importantes del país. Los nazis se enfrentaban con los jóvenes del partido socialista.

Pronto ocurrió el asesinato de Manuel Bastidas en Concepción a quien mataron los nazis en su propia casa; y luego el de Julio Llanos en La Cisterna.

– “Yo pasaré a ocupar su puesto” señaló Barreto con evidente molestia; y una semana después se hizo militante de la Federación Juvenil Socialista.

Nuevos enfrentamientos fueron registrándose en el curso de los días venideros, y Barreto comenzó a destacarse por la falta de temor, y el alto riesgo con el que asumía los enfrentamientos en contra de los nazis. Demostraba condiciones naturales en el liderazgo de la lucha callejera.

 Una noche cualquiera Fernando Marcos y un grupo de socialistas llegó al Café Volga de la calle Victoria frente al teatro Imperial, cerca de las diez de la noche llegó Héctor Barreto, andaba en busca de Marcos para que le ilustrara unos cuentos suyos que enviaría a un concurso literario.

Mientras conversaban acompañados de unas jóvenes, ingresaron los nazis al lugar, dirigidos por un músico de orquesta que tocaba en los recintos nocturnos de la bohemia santiaguina. Eran un grupo numeroso y vestían mantas de castilla para identificarse entre ellos. Se repartieron en las diferentes mesas del boliche, y comenzaron a hablar en un tono agresivo haciendo alusiones ofensivas a la presencia de Barreto, Marcos y sus amigos.

– “Me dan asco los izquierdistas”, vociferó el sujeto.

– “Sí apestan”, contestó otro; los muchachos se mantuvieron en calma durante esos segundos. Las empleadas del café, advirtieron lo que sucedía y empezaron a retardar la atención de los recién llegados, con la intención de persuadirlos para que abandonasen el local.

Los nazis indignados comenzaron a imprecar a las mujeres con groserías y amenazas, hasta que Barreto se puso de pie y emplazó a uno de sus lideres. Fue un dialogo seco, mordaz y punzante, en que el joven poeta dejo sin respuesta a su adversario.

Segundos más tarde ingresó una pareja de carabineros para aquietar el ambiente, pero Barreto denunció:

– “Un momento, este hombre anda armado. Exijo que lo registre”.

El sujeto portaba un “laque de goma” y fue al instante detenido, los demás nazis salieron en grupos, lanzando contra Barreto y sus amigos miradas furiosas con deseos de venganza:

– “Perros socialistas”

– “Lacras de la sociedad”, les gritaron, mientras abandonaban el boliche.

Los socialistas se mantuvieron en el recinto para evitar nuevos roces en la calle, pero al salir, observaron un panorama inquietante: piquetes de nazis estaban apostados en las esquinas de la cuadra y en la vereda de enfrente, mientras una “patrulla volante” de su grupo recorría el sector en una manifiesta actitud de provocación.

Entonces, ingresaron nuevamente al café y discutieron la forma como debían superar la emboscada. La situación era grave, pues los nazis andaban siempre armados de laques y revólveres y cuando actuaban lo hacían con brutalidad.

Mientras los muchachos deliberaban en voz baja, el dueño del Café Volga, les exigía que se fueran pronto.

Decidieron por acuerdo formar dos grupos, uno que partiría hacia Alameda, y otro hacia el sector de Avenida Matta. Frente al inminente peligro, algunos se echaron botellas de cerveza al bolsillo como armas defensivas.

Cuando salieron a la calle; Barreto abrazó a Marcos y palmoteándose la espalda se desearon suerte, y avanzaron en la noche en persecución de sus agresores. Paradójicamente, los nazis que se encontraban armados retrocedieron unas cuadras, ante la decidida actitud de los socialistas. Pero, luego reaccionaron disponiendo sus fuerzas que tenían preparación paramilitar para el combate.

A medida que avanzaban, los nazis continuaban retrocediendo mientras eras agredidos verbalmente:

– “Ahí van los nazis asesinos, mueran los nazis asesinos”.

Barreto y su gente caminaban belicosos, indignados, llenos de irresponsable entusiasmo, ellos no respondían, se limitaban a retroceder de acuerdo con un plan táctico elaborado con antelación. Hicieron los primeros disparos, pero la rabia de los socialistas neutralizó el miedo, y con furia renovada corrieron en una persecución callejera, insultándolos.

-“¡Nazis asesinos, nazis asesinos!”.

En la esquina de Arturo Prat con Matta se concentró un grupo compacto, los disparos continuaban, uno de los socialistas cayó herido frente a la escuela de Artes Aplicadas, pero siguieron tras ellos. El grupo se fue acercando al cuartel que los nazis tenían en calle Copiapó.  Pasaron corriendo por la Escuela Francisco Andrés Olea, y a la altura de Serrano con Aconcagua formaron su línea de fuego.

Algunos se tendieron, otros arrodillados y el resto de los hombres de pie, de acuerdo con las normas de combate de la infantería, lanzaron una granizada de balas, fuego sostenido con un mensaje de muerte.

Algunos se lanzaron al suelo, otros se parapetaron en los huecos de las puertas.
– “disparen en mi frente malditos asesinos” les gritaba Barreto mientras avanzaba hacia el grupo represor. Imbuido de valor avanzaba descubierto por el medio de la calle, ante el insistente tiroteo corrió en busca de un árbol para protegerse y fue alcanzado por una bala, cayendo herido a unos treinta metros de Avenida Matta.

El baleo seguía con la misma intensidad. Se dieron cuenta que no podrían resistir más y decidieron emprender la fuga.

Ellos, corrieron detrás de sus victimas disparando.

Mientras escapaba de los nazis, Marcos pudo ver como uno de los agresores pateaba en la frente a Barreto, caído. Horas después falleció en un hospital.

La muerte de Barreto nunca fue esclarecida aunque estremeció a todo el país. La Universidad de Chile cerró las puertas en su homenaje, y sus funerales fueron una manifestación de treinta mil personas por las calles de Santiago en la década del treinta.

Cuenta la leyenda que en medio del conflicto apareció un ángel que recogió su cuerpo en la oscuridad, y rescató su espíritu para encender una llama que continúa iluminando a las nuevas generaciones de poetas nacionales.