Este jueves y viernes, en Viena, capital de la presidencia austriaca del Consejo de la UE, la Unión Europea, América Latina y el Caribe se reunirán por cuarta vez 60 Jefes de Estado y de Gobierno, para consolidar los avances alcanzados en las cumbres anteriores y plantearse nuevos objetivos en el camino de la Asociación Estratégica birregional, tanto en el ámbito político y económico como social y de cooperación.
La relación entre la Unión Europea y América Latina ha avanzado por carriles institucionalizados y con objetivos ambiciosos, desde el lanzamiento del mecanismo de cumbres entre las dos regiones, que se inició en 1999, en Río de Janeiro, donde se definió la Asociación Estratégica como el norte de las relaciones birregionales.
El panorama internacional en ese momento era muy diferente al contexto que hoy precede a la IV Cumbre de Viena. El tercer encuentro de alto nivel tuvo lugar en Guadalajara, México, en 2004, y desde ese momento surgieron nuevos escenarios y prioridades en la vinculación entre Europa y América Latina.
Frente a la Cumbre de Viena, representantes del mundo político, académico, de organismos regionales y de la sociedad civil latinoamericanos, reunidos en dos seminarios preparatorios de la Cumbre de Viena co-organizados por CELARE , plantearon los intereses de la región, compartieron diagnósticos, establecieron desafíos y propusieron una nueva agenda para la Cumbre de Viena.
Escenarios Europeo y Latinoamericano
Hoy las relaciones entre la Unión Europea y América Latina y el Caribe se dan en un entorno competitivo global distinto de aquél con el que se cerró el siglo XX, cuando se planteó el objetivo de establecer una Asociación Estratégica entre ambas regiones.
Y en el período que ha transcurrido entre cada cumbre birregional, nuevos acontecimientos han ido marcando la agenda del diálogo eurolatinoamericano. Así, desde Guadalajara, la Unión Europea ha comenzado a funcionar con 25 Estados miembros y con perspectivas de ampliarse aún más, lo cual supone una cantidad de retos y prioridades internas respecto a la necesidad de adaptación institucional y de conformación de un nuevo marco jurídico que sustente la nueva configuración europea.
Durante el año 2005, la UE ha enfrentado no sólo un serio revés en el proceso de aprobación de su nueva Constitución, sino también una falta de consenso respecto a sus perspectivas presupuestarias y problemas en varios de sus principales países para cumplir los criterios de convergencia.
Dos países del núcleo duro de la integración europea, como son Alemania y Francia, muestran dificultades particulares: en el caso de Alemania se presenta una compleja coalición que deberá enfrentar las reformas económicas para hacer que la economía alemana se recupere y vuelva a “tirar el carro europeo”, y Francia arriesga una crisis de gobernabilidad producto de sus problemas de integración social, así como la urgente necesidad de emprender reformas económicas.
En el plano externo, también se plantean nuevas preocupaciones, en términos del equilibrio de poder, de la definición de una identidad europea y su modelo social, así como de la seguridad regional, que se derivan del inicio de las negociaciones para el ingreso de Turquía y Croacia al bloque europeo, así como de otros acuerdos con países balcánicos y de la fuerte presión migratoria desde la ribera sur del Mediterráneo.
Estas interrogantes del proceso europeo han provocado cierta resistencia en la ciudadanía europea, que muestra sus temores frente a la ampliación, a la inmigración y a la globalización, lo cual ha generando una pausa reflexiva respecto a la velocidad con que se ha planteado la construcción comunitaria.
América Latina, por su parte, también evidencia un nivel de desajustes puesto que, a pesar de las reformas económicas, la pobreza y la desigualdad social siguen afectando a gran parte de su población. Los países latinoamericanos atraviesan nuevas inestabilidades, principalmente en el área andina, y enfrentan nuevos dilemas respecto al diseño de sus mecanismos de integración subregionales, pues ante la globalización y la regionalización no hay una posición única respecto a la forma de regular estos procesos.
En este contexto, en América del Sur emerge un nuevo referente que apuntaría a responder concertadamente los desafíos regionales y externos: la recién instituida Comunidad Sudamericana de Naciones, que propone objetivos más pragmáticos para una integración basada no sólo en la ampliación de una zona de libre comercio, sino también en la integración energética y en la creación de infraestructuras, para alcanzar el fin último del desarrollo social de la región.
A estas situaciones regionales se suman las dinámicas internacionales, con negociaciones de inciertos resultados en el ámbito de la regulación del comercio mundial en el marco de la OMC y con desalentadoras proyecciones en América Latina respecto a la posibilidad de alcanzar las metas del Milenio acordadas en Naciones Unidas para la reducción de la pobreza, así como del compromiso de las naciones desarrolladas en relación a la ayuda para el desarrollo establecido en Monterrey.
La Relación Unión Europea- América Latina
De estos escenarios se desprende la constatación de que América Latina, si bien es importante, no es hoy una prioridad sustantiva para Europa. No obstante, a pesar de las fuertes contingencias, la preocupación europea por América Latina sigue vigente.
Asimismo, la relación birregional sigue teniendo un sentido progresivo, que se demuestra, por ejemplo, en el impacto de los Acuerdos de Asociación que la UE ha concluido con México y Chile, que evidencian resultados altamente positivos, y en el avance logrado con la Comunidad Andina de Naciones (CAN) y Centroamérica en los ámbitos político y de cooperación.
De esta forma, y considerando que el contexto en el que se desarrollará la Cumbre de Viena es menos favorable que en Guadalajara, producto de que la situación en ambas regiones se ha complejizado, es necesario más que nunca ratificar la voluntad política respecto de la profundización de la Asociación Estratégica birregional, en los tres ámbitos en que ha sido planteada: político, económico-comercial y de cooperación.
La primera orientación a tener en cuenta es que el objetivo central de las cumbres entre la Unión Europea y América Latina y el Caribe, así como de todo el entramado de relaciones políticas, económicas comerciales, de cooperación y otros ámbitos en los que se desarrolla el proceso eurolatinoamericano, es la Asociación Estratégica entre ambas regiones.
Ésta fue la definición y el compromiso establecido en Río de Janeiro, en junio de 1999, en la I Cumbre que ha regido los distintos avances en los vínculos bilaterales y subregionales que se han sucedido progresivamente desde esa fecha.
Y este propósito entre las regiones tiene un elemento distintivo respecto a las demás relaciones de América Latina con otras zonas y países, que se desprende del significado de este concepto que rige la relación con la Unión Europea: la Asociación Estratégica es algo mucho más profundo que un lazo comercial, pues incluye la dimensión política y también la cooperación y los aspectos sociales, propiciando, en definitiva, la unidad de sus pueblos, en todas las áreas que pueden constituir una verdadera integración, configurando con ello un mundo multipolar.
Por lo tanto, todas las aproximaciones deben tener en su base esta directriz central: profundizar y reforzar la Asociación Estratégica birregional, observando además que, hasta el momento, el balance en la construcción de este objetivo ha sido altamente positivo:
Se han realizado ya tres cumbres eurolatinoamericanas, que reúnen hoy a 58 jefes de Estado y de Gobierno, representando prácticamente un tercio de los países que integran las Naciones Unidas, lo cual constituye un éxito sin precedentes en el ámbito de las alianzas entre regiones.
Se han suscrito y se encuentran en plena vigencia, con favorables impactos, Acuerdos de Asociación entre la UE y México y luego con Chile. El Mercosur se encuentra negociando igualmente un Acuerdo de Asociación con la UE, que debería concluirse en la Cumbre de Viena, en mayo de 2006. Centroamérica y la Comunidad Andina han concluido Acuerdos de Diálogo Político y de Cooperación con la UE, sendos pilares que forman parte de los Acuerdos de Asociación, y que deberán ser completados con la próxima negociación de zonas de libre comercio. El Caribe avanza, en el marco del Acuerdo de Cotonú, hacia la suscripción de Acuerdos de Asociación Económica. Sin embargo, es posible avanzar aún más, y si bien hay procesos que han mostrado cierta lentitud y temas que debieran profundizarse, esto se debe a diferentes factores en ambos lados del Atlántico, que deben superarse con una decidida voluntad política de las partes para profundizar la Asociación birregional. Para América Latina, la Asociación Estratégica con la UE es muy importante, lo que se demuestra en el interés por suscribir Acuerdos de Asociación, por lo cual la iniciativa de profundizar este relacionamiento debiera partir principalmente de la parte latinoamericana. Se trata entonces de encarar el desafío de recuperar el encantamiento de Europa hacia América Latina para ello, las cumbres eurolatinoamericanas son, sin duda, un factor vitalizante e impulsor de los avances en la relación birregional. Desde la perspectiva latinoamericana, el vínculo con Europa constituye, además, un estímulo para la construcción de una postura regional común, pues una de las debilidades del proceso latinoamericano es precisamente la falta de una interlocución definida en su relación con el mundo. América Latina requiere fortalecer su proceso de integración para aumentar su capacidad de interlocución con sus socios europeos, considerando que el diálogo en la relación eurolatinoamericana es asimétrico y, a veces, cacofónico, puesto que, a diferencia de la Unión Europea, no existe una organización latinoamericana común sino, más bien, una dispersión de organismos de integración. En este sentido, corresponde principalmente a América Latina avanzar en su proceso interno de concertación y, al mismo tiempo, proponer iniciativas preparatorias de las cumbres eurolatinoamericanas y no asistir a las cumbres sólo para la foto.
Si se considera la integración latinoamericana como una condición para procurar un diálogo más simétrico y eficiente con la Unión Europea, pero sobre todo como un requisito para el desarrollo e inserción de la región, debe plantearse necesariamente un cuestionamiento respecto a la forma que debe asumir esta dinámica. América Latina debe efectuar un proceso de diálogo previo, que concierte la posición de los países latinoamericanos para fijar una agenda, no sólo en sus relaciones con la Unión Europea, sino también con Asia-Pacífico o con Estados Unidos, distinguiendo, sin embargo, que la relación con Estados Unidos o con Asia no conduce a la unión latinoamericana, mientras que el interés de Europa es precisamente la integración regional.
Se han suscrito y se encuentran en plena vigencia, con favorables impactos, Acuerdos de Asociación entre la UE y México y luego con Chile. El Mercosur se encuentra negociando igualmente un Acuerdo de Asociación con la UE, que debería concluirse en la Cumbre de Viena, en mayo de 2006. Centroamérica y la Comunidad Andina han concluido Acuerdos de Diálogo Político y de Cooperación con la UE, sendos pilares que forman parte de los Acuerdos de Asociación, y que deberán ser completados con la próxima negociación de zonas de libre comercio. El Caribe avanza, en el marco del Acuerdo de Cotonú, hacia la suscripción de Acuerdos de Asociación Económica. Sin embargo, es posible avanzar aún más, y si bien hay procesos que han mostrado cierta lentitud y temas que debieran profundizarse, esto se debe a diferentes factores en ambos lados del Atlántico, que deben superarse con una decidida voluntad política de las partes para profundizar la Asociación birregional. Para América Latina, la Asociación Estratégica con la UE es muy importante, lo que se demuestra en el interés por suscribir Acuerdos de Asociación, por lo cual la iniciativa de profundizar este relacionamiento debiera partir principalmente de la parte latinoamericana. Se trata entonces de encarar el desafío de recuperar el encantamiento de Europa hacia América Latina para ello, las cumbres eurolatinoamericanas son, sin duda, un factor vitalizante e impulsor de los avances en la relación birregional. Desde la perspectiva latinoamericana, el vínculo con Europa constituye, además, un estímulo para la construcción de una postura regional común, pues una de las debilidades del proceso latinoamericano es precisamente la falta de una interlocución definida en su relación con el mundo. América Latina requiere fortalecer su proceso de integración para aumentar su capacidad de interlocución con sus socios europeos, considerando que el diálogo en la relación eurolatinoamericana es asimétrico y, a veces, cacofónico, puesto que, a diferencia de la Unión Europea, no existe una organización latinoamericana común sino, más bien, una dispersión de organismos de integración. En este sentido, corresponde principalmente a América Latina avanzar en su proceso interno de concertación y, al mismo tiempo, proponer iniciativas preparatorias de las cumbres eurolatinoamericanas y no asistir a las cumbres sólo para la foto.
Si se considera la integración latinoamericana como una condición para procurar un diálogo más simétrico y eficiente con la Unión Europea, pero sobre todo como un requisito para el desarrollo e inserción de la región, debe plantearse necesariamente un cuestionamiento respecto a la forma que debe asumir esta dinámica. América Latina debe efectuar un proceso de diálogo previo, que concierte la posición de los países latinoamericanos para fijar una agenda, no sólo en sus relaciones con la Unión Europea, sino también con Asia-Pacífico o con Estados Unidos, distinguiendo, sin embargo, que la relación con Estados Unidos o con Asia no conduce a la unión latinoamericana, mientras que el interés de Europa es precisamente la integración regional.
Sin duda, es el propio proceso de integración europeo el que mantiene permanentemente, como un reflejo, la idea de un proyecto latinoamericano de integración. Pero, por otra parte, corresponde a los países latinoamericanos dotarse de la suficiente fortaleza institucional para construir por sí mismos y de manera sinérgica una agenda propia de integración, contando para ello con el respaldo adicional al proceso que implica la Asociación con Europa
